miércoles, 29 de abril de 2026

Discernir los anhelos

Todas las acciones pasan. No hay concreción fáctica que resulte de una decisión y actuación personal que no acabe perdiéndose en la marea del tiempo. El pensamiento que asocie el fin del hombre con el resultado causado por sus acciones estará estableciendo una peligrosa relación: la de situar su dignidad a la altura de la contingencia. En esa inercia social navegamos hoy. El ambiente nos induce a pensar que nuestra meta como personas se juega en el plano de lo eventual. Se intenta vincular la plenitud humana con la satisfacción empírica de un estado de hechos considerado, generando su irreconciliable articulación mucha frustración. 

¿No sentimos entonces un punzante aguijón que parece recordarnos que estamos rebajando una parte de nuestro ser cuya grandeza no acabamos de comprender? Lo que más duele al hombre es reconocer que ha perdido su corazón, que ha depositado su amor en un objeto cuya valor no estaba a la par. Hoy más que nunca necesitamos sustraernos de la dinámica social que nos arrastra, y volver a preguntarnos: ¿qué es lo que de verdad desea mi corazón? Correr de un lado a otro pegándose a las cosas no nos dará la respuesta, hace falta volver a inquirir con valentía al anhelo que aventa todas nuestras determinaciones. 


martes, 28 de abril de 2026

El nuevo gnosticismo

Vivimos un tiempo de pujante idealismo. Por encima de lo que parece, nos estamos desvinculando cada vez más de lo corpóreo. 

En nuestro afán de ajustar la experiencia a nuestros deseos, tratamos de llevar la realidad física a límites cuya factibilidad es únicamente producto de nuestra imaginación. Le pedimos cosas a la materia que son objetivamente inviables. A la vez, nos produce un enorme pavor comprobar el rechazo que lo material ofrece a nuestros ideas. No lo parece, pero el miedo al cuerpo se ha convertido en una plaga social, la materialidad se ha vuelto un ámbito del que se huye cuando deja de encajar con los esquemas que nos habíamos fabricado acerca de su naturaleza. Vivimos en un constante rechazo ante cualquier forma de indisponibilidad, y  precisamente no hay nada tan opaco e impenetrable como la materia física. Por eso, hemos optado por ignorar lo que se nos resiste. O lo que es lo mismo, preferimos apartar de nosotros aquella parte de la realidad cuya presencia comprometa la seguridad de nuestras premisas existenciales. El hombre contemporáneo, en su miedo a la corpóreo, se ha encerrado a sí mismo en un pequeño marco ideológico que le impide captar la verdadera textura de la realidad.  

Una nueva forma de gnosticismo se propaga por nuestra sociedad. Pero no lo olvidemos, un alma encarnada es más perfecta que una separada. Un alma capaz de asumir hasta el fondo su propia sustancia tiene mayor posesión de sí misma que otra que rehuye una parte irrenunciable de su ser. Tenemos que entender que interioridad y exterioridad en el hombre se retroalimentan mutuamente, dejar de lado una empobrece la otra. 

Hoy urge más que nunca volver a afirmar la bondad de todo lo real. 

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La tarea intelectual no puede ser una actividad de mera abstracción. Antes bien, el buen funcionamiento de las capacidades intelectivas está íntimamente condicionado a un sano vivir que permite su correcto desarrollo. Sin una vida anclada en la sinceridad interior que se abre a la virtud no se puede avanzar en el conocimiento de la verdad. Es imposible conocer la verdad si no se está dispuesto a aceptarla, adecuándose a sus designios. La verdad no es un objeto que resulte de nuestros deseos. Más bien, a lo que tenemos que forzarnos es a desear la verdad. La verdad está ahí, presente ante nuestra mirada, ¿la vemos? 


lunes, 27 de abril de 2026

Del Ser al ente

Todo lo que es "es". El ser es lo más básico y palmario de toda realidad. No hay ente que no sea. Ya no hablo de pensamientos, pues todo pensar sería inviable sin antes haber aprehendido antes entes que "son". Diremos entonces que el ser es el fundamento de toda construcción ulterior sobre los entes. 

Ahora bien, el ser no se nos ofrece al desnudo. No podríamos concebir el ser sin antes verificarlo en los entes. La palabra "ente" aquí la entiendo como "aquello que tiene ser".  Nuestro pensamiento del ser está condicionado a la figura de lo ente. Es inevitable que el pensar humano esté sometido a esa estructura de aprehensión de la realidad. El límite del discurrir racional está marcado por la frontera impuesta por lo ente. 

Toda reflexión sobre el puro ser no tiene cabida en el ámbito de lo humano. Precisamente que las cosas "sean" es el principal recuerdo de nuestra finitud e intrínseca limitación a la hora de comprender la realidad. Vemos lo que las cosas sean, pero el hecho de que "sean" no podemos explicarlo desde nuestras meras facultades. La constante profundización en el carácter siempre inacabado de lo ente nos da muchas pistas acerca de la verdadera fisonomía del ser. Ahora bien, el ser en sí mismo no puede ser apreciado inteligiblemente. 

Vemos que hay un Ser que sostiene todas las cosas. Pero qué sea ese Ser permanece siendo un misterio. Tenemos que asumirlo y preguntar sin miedo a los entes por lo que en el fondo sea, pues no existe otro método o manera de acercarse a investigarlo. Pensamos las cosas porque nos hablan del "Ser". ¿No sería entonces conveniente acercarse a los entes cuya significación del Ser es más profunda? 

¿Podría darse el hecho de que el Ser se hubiera hecho ente para que pudiéramos conocerlo sin naufragar en el limbo de lo inefable? Si no fuera así, entonces sí estaríamos encerrados en el cerrajón de lo ente sin explicación causal que lo justificase. La pregunta está allí, si Dios existiese la única manera de llegar a comprender su fisonomía es que se hubiese dado a conocer de una manera que el entendimiento de los hombres fuera capaz de asimilar. ¿No es Cristo precisamente la encarnación de todos los objetos de nuestra búsqueda metafísica? En Él encontramos al Dios escondido hecho presente ante los hombres. Tal es su presencia que se nos ofrece en la forma del pan de cada día. En Jesús la filosofía está llamada a dar el siguiente paso y hacerse vida. 

sábado, 25 de abril de 2026

La esencia del cristianismo

 Hasta ahora lo he estado enfocando mal Señor. Inconscientemente trataba de desentrañar el mensaje de tu predicación desde mi mismo. Pero eso no es posible, solo tu espíritu es capaz de comprenderse a sí mismo. Aquí no hay esfuerzos que valgan. O se tiene tu espíritu, o no se entiende absolutamente nada. Para entender desde ti antes hace falta renunciar a cualquier comprensión meramente humana, hay que permitir que sea tu luz la que nos guíe. Al amor perfecto no se entra con sucedáneos de cosecha propia. La vida en la verdad exige la humildad como actitud esencial. Lo propio del cristianismo en su raíz más original es que su revelación prescinde de todo componente humano. Su valor reside precisamente en la capacidad que tiene de librar al hombre de sí mismo. Lo que comunica la Iglesia rebasa su propia capacidad. Aquello de lo que son portadores los cristianos desborda toda facultad humana. El cristiano lleva oro puro en vasijas de barro. 


El cristiano vive de Jesucristo porque esa es la esencia del cristianismo. Él es el principio, el relato entero y el final. En Jesús se concentra todo el mensaje cristiano. Fuera de Él todo acaba diluyéndose en mentiras. Por eso la pregunta más fundamental que el creyente debería formularse es: ¿está el Señor conmigo?, ¿estoy haciendo espacio en mi vida para que el Señor se haga presente? 

¿Qué cristianismo practicamos si no buscamos sin cesar la presencia del Señor?  


Ahora bien, volvamos a la perspectiva de quien contempla el fenómeno cristiano desde fuera. ¿Cómo puede una persona llegar a abarcarlo todo? ¿No es acaso la mayor de las paradojas afirmar que todo hombre está llamado a vivir desde uno solo? No es extraño el hecho de que a muchas personas el mensaje predicado por la Iglesia les resulte sospechoso y coartador. Un juicio rápido sería suficiente para considerar su contenido como algo restrictivo para el desarrollo de la persona. Pero eso se debe a que no estamos viendo a Cristo, sino sólo el ropaje externo que envuelve su mensaje. Para comprender la verdadera esencia del cristianismo uno tiene que conocer al propio Cristo. Nadie puede asumir verdaderamente el contenido del evangelio sin haber tenido un encuentro íntimo con Aquél que constituye su esencia. 


El tallo que asoma

¿Cuál es el núcleo más valioso de la personalidad? ¿Qué hace de cada hombre algo único, especial e irrepetible? ¿Qué es? ¿Se trata de una consideración fundada sobre méritos y elecciones individuales o sobre algo más esencial?

Cada persona nace, vive y muere en una coyuntura concreta que determina la conformación de sus orientaciones vitales. Lo más básico, no lo más importante, consiste en hallarse confrontado a una contexto circunstancial intrínsecamente específico por el que la persona tiene que aprender a abrirse paso. A simple vista, no hay una ruta fija y claramente delimitada por la que el hombre tenga que discurrir. Antes bien, se dirá que el hombre es libre de tomar diferentes cursos de acción en función de las posibilidades que le presente la situación en la que se encuentre inmerso. Ese cara a cara con un mundo foráneo es el punto de partida del que arrancan todos los devenires vitales. El hombre puede desplegar su personalidad en tanto se halla expuesto a una realidad distinta de sí mismo. 

Desplegar, desarrollar, realizar lo que está implícito... Ese es el principal favor que nos concede el marco de vivencias externas sobre el que nos movemos. La libertad mal entendida, pensada así por algunas corrientes cercanas al existencialismo, se concibe como la capacidad del hombre para trazar el perfil de su propio ser. Sin embargo, la verdadera textura de la situación humana consiste más en hacer patentes las posibilidades ya implícitas que en hacer de dramaturgo de la propia personalidad. El hombre no se diseña a sí mismo, no tiene en sí la potestad de pensar y fabricar su propia esencia. Si pensamos que podemos moldear nuestra vida como una masa informe, las tensiones y contradicciones enseguida empezarán a aflorar. 

La libertad, verdadero núcleo de la personalidad humana, tiene más que ver con encontrar vías en la realidad que nos permitan perfeccionar y llevar a plenitud la semilla sustancial plantada en nuestro interior. "¿Quién soy?" es una pregunta que racionalmente desplegada nos lleva a la siguiente: ¿ Lo bueno y esencial que yo encuentro en mi interior cómo puede concretarse en mi realidad? Porque únicamente a través de plasmar mis posibilidades internas en la realidad que me rodea, puedo progresar en el conocimiento de mi mismo. La personalidad nunca es la premisa, sino la consecuencia de mi acción realizada conforme a las potencialidades que hallo inscritas en mi interior. En nada más y nada menos consiste la felicidad. 

Ahora bien, ¿cómo conozco mi auténtica potencialidad? Es aquí dónde entra en juego el punto nuclear de la personalidad: la filiación divina. Únicamente descubriéndome a mi a través de los ojos del Dios que me ha creado puedo entender cuál es mi verdadera vocación. El camino del ser verdadero solo se le descubre al que confía su vida a la gracia de Dios. Pues Dios mismo, en su esencia más profunda, es persona y así nos lo ha mostrado en Jesucristo. Por lo tanto, la persona es más persona en tanto más conoce lo que Dios quiere para ella. 








Volver a sentir la verdad

 La verdad es, a la verdad hay que dejarle ser. Porque lo que es “es”. Estas consideraciones de puro sentido común que parecen tan triviales constituyen el primer latido del conocimiento. Todo sentir viene precedido de una forma de ser, sea externa o interna. 

Muy significativamente el diccionario nos ofrece esta primera definición de la palabra “sentir”: Experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas. Algunos sinónimos podrían ser experimentar, padecer o percibir. El vocablo latino sentire ya nos habla de esta estructura intencional de la experiencia humana, lo propio del hombre es darse cuenta de algo. Repito, esa referencia puede ser interna o externa, pero siempre se dirige hacia algo que no es el hombre. Todo sentir se orienta a un ser, y ese ser es verdadero en tanto de otra manera no habría sentir posible. 

Ahora bien, no hay sentir neutral. Si para conocer la verdad ser y sentir tienen que converger, hay que determinar qué forma de sentir es la adecuada para experimentar el verdadero ser de las cosas. El sentir no es una entidad separada, el sentir es ante todo un sentimiento. El sentimiento es el hecho o efecto de sentir. Todo lo que sentimos nos produce un sentir, una sensación, un estado de ánimo. La multiplicidad está servida. Hay tantos sentires como objetos que recalan en sujetos. Si hay ser parece quedar difuminado por la gran policromía de sentires. ¿Cómo podemos aclarar el verdadero ser entre tantas afecciones distintas de las cosas que son? 

Escalemos los sentires en referencia al ser. Hemos dicho que el ser tiene precedencia sobre cualquier tipo de sentir. Pues bien, lo que nos interesa es descubrir qué sentir realiza plenamente esa subordinación al ser que permite la manifestación de la verdad. ¿Qué sentir es el que me garantiza un verdadero conocimiento de la cosa tal cómo es?  ¿Qué sentir es el que nos permite esa sumisión al ser? 

El amor es el sentir más pleno. En eso todos los hombres coinciden. Las experiencias amorosas son las reliquias preciosas que guardamos en los cajones más selectos de nuestra memoria. En el amor parece que sentimos al otro exactamente como es y nos complacemos en esa visión. En una súbita aparición nos sentimos conectados con todo lo que nos rodea y tenemos la indubitable convicción de que comprendemos en profundidad su auténtico ser. En el amor se revela la esencia de lo que existe. ¿Puede comprenderse el ser de algo si no se ama, si no se acoge su sustancia con todos sus contrastes? A diferencia de lo que se ha defendido en la modernidad, la experiencia de la verdad no es aséptica. Viene siempre teñida por un determinado sentimiento. Lo que aquí defiendo es que el sentimiento que nos permite conocer algo en su verdad más profunda se llama amor. 

Pero sigamos ahondando en la cuestión. Hay muchos tipos de amores. Cada persona seguramente nos contará una versión diferente de lo que entiende por amor. Parece entonces que el amor también admite gradación. Por lo que sería conveniente preguntarnos: ¿Qué amor es el más verdadero?, ¿Hay amores con la pureza suficiente para penetrar en el núcleo más íntimo de la realidad?, ¿Cuáles son mejores y cuáles son peores? El desencanto que ha generado en nosotros la desorientada filosofía idealista de la modernidad nos ha hecho pensar que no existe una forma de amor que nos permita conocer las cosas en su meollo esencial. Su racionalización fracturada que aparta la experiencia integral de la realidad, ha normalizado cosas que la experiencia más básica y común de cualquiera de los mortales desmiente. El hombre es una unidad armoniosa que merece ser defendida frente a este pensamiento desnaturalizado. Hay que volver a abrir al hombre a todas las posibilidades que contiene en sí. Somos criaturas que pueden sentir el ser, aunque muchos quieran olvidarlo. 

Voy a servirme de la clásica categorización que se ha hecho de los amores para llegar hasta la forma más elevada conocida como ágape donde encontramos plenamente realizado el sentido de la apertura al ser. Porque de una manera u otra, todas las filosofías defienden una apertura al ser que nos permita un acceso al conocimiento de lo que las cosas son. Pero es una evidencia que el hombre no puede abrirse a lo que no ama. Los prejuicios son losas que solo caen con el amor. Pero, ¿puede el hombre experimentar un amor tan grande en el que todas las cosas tengan cabida y lugar? ¿Puede su amor dilatarse con esa amplitud? Veremos que no, veremos que el ágape que nos permite progresivamente ahondar y conocer la esencia de las cosas es un don divino. Solo mediante participación en la infinita extensión del amor de Dios puede el hombre hacer suyas todas las cosas y amar su verdadero estatuto ontológico. 

La primera forma de amor, la más básica e instintiva es el eros. El eros nace de una pasión embriagadora que seduce al que la padece. Es un sentir profundamente vinculado a nuestra faceta más animal y al deseo erótico. Lo más característico de esta forma de amor es su conexión con la búsqueda del placer y la libidinización. Su sensualidad y fuerza arrebatadora hacen que sea la forma de amor más evidente, pero eso no significa que sea la más verdadera. Sin duda es uno de los síntomas más claros que atestiguan el deseo de saciedad y plenitud que se esconde en el corazón del hombre, pero lo propio de esta modalidad amorosa es su fugacidad. El eros dura más o menos en función de la experiencia, pero se acaba apagando con el tiempo. El eros siempre deja insatisfecho. 

Un segundo sentir amoroso es la philia, también conocida como amistad. Aristóteles le otorgó un papel central en la construcción del carácter y la vida buena de la persona. Tanto es así que la consideró como una de las más elevadas formas de virtud. Este amor fraternal que nos lleva a tejer lazos con nuestros semejantes es una de las piedras angulares sobre las que edificaremos nuestra manera de ser. Quien ha tenido un verdadero amigo entiende el valor y el tesoro que constituye esa relación, es consciente del bien incalculable que se ha recibido del otro. La verdadera amistad nos ayuda a descubrirnos a nosotros mismos, a ser queridos por lo que somos, a forjar una auténtica autoestima. Yo diría que la philia es la base de todo ágape, la amistad es la mejor escuela de amor que tenemos a nuestro alcance. 

Antes de entrar en el ágape como amor total que nos permite adentrarnos en el conocimiento verdadero de lo que las cosas son, conviene resaltar las limitaciones de las dos otras formas de amor como sentires que nos permiten entender la realidad. En primer lugar, el eros es una pasión. Cuando lo padecemos nuestra percepción queda distorsionada por la megalomanía del deseo. El sentir erótico es demasiado instintivo, incluso en muchos casos demasiado egoísta. Es imposible formarse ideas claras y distintas en medio del torbellino pasional. Por lo tanto, el eros no nos permite una auténtica comprensión y profundización en el ser de las cosas. Por otro lado, la philia también tiene sus limitaciones. La amistad es intrínsecamente selectiva. Nos hacemos amigos de aquellas personas con las que tenemos cierta afinidad, incluso aunque al principio no lo pareciera. Tenemos amigos porque más o menos conscientemente entendemos que nos reportan un provecho. La amistad discrimina sin querer, deja de lado aquellas facetas de la realidad que no nos gustan o sirven de ayuda. Esa parte calculadora hace de la philia una forma de amor limitada. No todas las personas nos gustan, no todas nos sirven como amigos. La amistad es una divinidad fragmentada. 

Vayamos, ahora sí, al ágape como forma amorosa por la que podemos dirigirnos a la esencia de las cosas. En el evangelio de San Juan encontramos el siguiente pasaje: "Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él". De la misma manera, Dios es verdad; y el que permanece en la verdad, permanece en Dios, y Dios en él. ¿Se puede conocer el ser prescindiendo de la raíz que lo sostiene? La modernidad es la prueba fallida de que no. El pensamiento contemporáneo trata de tomar aire tras la impotencia y la confusión resultantes de ese fracaso. El hilo irreductible que une verdad y amor quedó opacado, confundiendo a tantos hombres que se embarcaron en una búsqueda de la verdad desconectada de su fundamento. Esa desconexión respecto a la lógica y la racionalidad del amor han ido progresivamente ensombreciendo la vida del hombre hasta sumirlo en un estado de desesperación natural respecto a sí mismo y lo que le rodea. 

Pero se me dirá: ¿puede el hombre tener un sentimiento de amor tan pleno que el acceso a la verdad quede por fin al descubierto?, ¿cómo puede uno encontrar esa vereda?, ¿qué camino le adentra en esa vivencia (Erlebnis)? Desde fuera sé que puede parecer incomprensible la afirmación de que existe una experiencia interior que permite al hombre hacerse receptor del amor de Dios y acceder a la verdad. ¿Porqué Dios iba a conceder a unos privilegiados ese don y al resto no?, ¿Acaso tiene algún tipo de favoritismo? Y la respuesta es un no rotundo. El don de la fe que insufla amor a la razón y le permite elevarse al conocimiento de la verdad iluminada bajo el favor divino está presto a concederse a todo aquél que deje espacio interior suficiente para recibir dicha gracia. 

El hombre desde su reducida perspectiva no es capaz de comprender la abismal dependencia que su pobre alma tiene respecto a su creador y redentor. El Ser de Dios recorre y sondea amorosamente cada uno de nuestros pensamientos, acciones y deseos. Lo que pasa es que la mayoría de las veces optamos por ser nosotros mismos los fundantes de la verdad, y por eso lo más fundamental queda oculto a nuestra mirada. El hombre en su proceso de acceso a la verdad tiene que estar dispuesto a aprender a vivir desde el Amor de Dios porque solo Él puede sostener y hacer fructificar el proceso emprendido por el mismo. ¿Qué menos que para obtener la verdad el dejarse iluminar por su raíz? ¿No hay que perder todo lo falso para poseer en plenitud lo verdadero? Hace falta depositar nuestra esperanzas de éxito no en nosotros mismos, sino en la luz que proviene de Dios. Sin una creencia y confianza total en el Ser que nos ha creado por amor el hombre no puede internarse por las sendas de la verdad. La fe es el camino más racional porque permite al que sabe más que nadie educarnos en la verdad. Pidamos la fe para comprender. Para conocer hace falta admitir la propia ignorancia. 

Para acabar, me gustaría hablar del principal efecto que engendra la fe: el amor. Dios está ahí donde el amor sincero se hace presente. Las cosas tienen estratos de profundidad insondables, en muchos casos yo diría inimaginables. Volved sobre vosotros mismos, ¿no sois para vosotros un misterio que nunca acaba de aclararse del todo?, ¿puede alguien presumir de conocerse perfectamente a sí mismo? Pues bien, tenemos que entender que la esencia de las cosas admite siempre una mayor profundización, todo puede amarse más y mejor. El amor de Dios es un océano inacabable por el que nos tenemos que dejar mecer para comenzar a entender el verdadero ser de las cosas. No existe la contemplación “estática” de esencias, más bien el hombre tiene que aprender a contemplar y asimilar paulatinamente el amor que teje y entrelaza todas las cosas. Esto es algo que no puede hacer solo.


jueves, 23 de abril de 2026

El abandono ontológico


Uno de los principales problemas filosóficos que trajo consigo la modernidad fue la confusión de niveles entre la verum logicum (verdad lógica) y la verum ontologicum (verdad ontológica). Se perdió de vista un matiz importante: la necesaria subordinación de nuestra lógica humana a lo que las cosas sean por sí mismas. La inteligencia absorbió al ente y pusó fecha de caducidad a la metafísica.

Todo ente tiene dos dimensiones: una que da a Dios y otra que confluye hasta recalar en la inteligencia humana. La parte que nos remite a Dios es la primaria y fundamental, la propiamente constitutiva. La relación intelectiva que el hombre entabla con la cosa es siempre algo subordinado y secundario, y pesa sobre ella el mandato de adecuarse a la primera. Solo mediante participación en el entendimiento divino podemos acceder a la verdad ontológica de las cosas. En caso de no aceptar la prerrogativa divina, quedaremos enclaustrados en el estrecho y deformante recinto de una verdad lógica desviada. La existencia de cada entidad responde a un acto amoroso de donación de ser procedente de Dios, resistir lo que la cosa sea equivale a apartar la mirada de su Creador. ¿Porqué tantas veces decimos no ver a Dios?, ¿No será por nuestra negativa a aceptar la realidad que se nos plantea? Cuando miramos de frente a las cosas y perseveramos en el esfuerzo sincero de captar su verdad,  enseguida notamos como éstas nos hablan de algo más. Es infalible, cuando no nos resistimos a lo que ellas sean, Dios mismo empieza a hablarnos a través suyo. 

En la semilla de la modernidad filosófica encontramos precisamente esta resistencia del intelecto a conformarse con la verdad querida por Dios en las cosas. El hombre empieza a huir de las cosas, a recluirse y no querer salir de su propia subjetividad. La filosofía moderna es el intento por parte del hombre para medir el grado de conocimiento que puede adquirir por sí mismo, prescindiendo de Dios y de la realidad. Se tomó por avance lo que constituye un grave retroceso. En el momento en que desconectas la lógica de la ontología el laberinto del conocimiento empieza a estrecharse. Y no sólo eso, si no que las posibilidades de una libertad real quedan sepultadas. La libertad como utopía es uno de los últimos delirios del hombre moderno que se niega a actuar sobre lo que sí está en su mano. 

Mírese por donde se mire, la metafísica es la rama vertebradora de todo conocimiento humano asentado en la verdad. No porque sí los antiguos la consideraban la madre de todas las ciencias. Etimológicamente significa algo así como la ciencia de "más allá de lo físico" o la ciencia de lo "allende a la naturaleza". Y es que bien miradas, las cosas nos hablan de algo que está más allá de ellas. Todo parece indicar que por sí mismas no pueden dar razón de sí. La especulación metafísica es necesaria no tanto por sus resultados y avances mensurables, sino por la fidelidad de la inteligencia humana a sí misma en su camino de discernimiento respecto a los dictados de la realidad. Si las cosas por su intrínseca fisonomía me remiten a un más allá, no cejaré en el camino de esa búsqueda.


miércoles, 22 de abril de 2026

Tomás y Escoto: entre sutilezas se esconde el fundamento

 Me gustaría abordar comparativamente la idea de Ser de Santo Tomás y del Beato Duns Escoto. 


Santo Tomás fundamenta su metafísica sobre la distinción radical que media entre el Ser finito y el Ser de Dios. División muy opacada en la filosofía escotista y moderna. El ente en tanto ente es finito, criatura y contingente. En el ente hallamos la distinción real entre esencia (lo qué algo sea) y existencia (actus essendi). En cambio, en Dios esencia y existencia coinciden; Dios es Acto puro de Ser. El ser de los entes “es” por participación del Ser por excelencia. La diferencia ontológica es muy importante: los entes constituyen un orden cerrado de ser concedido por Dios (Ser trascendente que posee toda forma de Ser). Esta unidad trascendental que es el mundo de los entes no se sostiene por sí sola, sino que brota del único Ser que es Dios. Es fundamental entender bien esto. La diferencia es radicalmente ontológica: el ser de los entes (todo lo que podemos conocer) pende del hilo del Ser de Dios. Conocemos criaturas, pero no podríamos conocerlas si Dios no les diera el Ser como donación de sí. Dios no es una pieza más, Dios es el fundamento de todo lo demás. El ente tiene Ser en tanto Dios se lo concede y le permite mantenerse en sí. Santo Tomás fue Santo, y esto nos cuesta de entender. Su amistad con Jesucristo le hizo tomar conciencia de la radical dependencia de la criatura respecto de su creador. Nosotros, tráfagos en un mundo embotado, somos incapaces de hacernos a la idea de en qué medida somos seres necesitados de Dios. Tratamos de edificarnos sobre la autosuficiencia, pero bastaría el más leve revés para hacernos caer en la cuenta de la vacuidad de todos nuestros esfuerzos. Santo Tomás conoció la verdad, y por eso vió la intrínseca dependencia de todo lo creado. Santo Tomás fue Santo, y por eso llegó más lejos en el conocimiento del amor y la verdad. Lo fácil es cuestionarlo, lo difícil es supeditar todos nuestros logros y avances en ese camino a la benevolencia de nuestro creador.


Aunque de Dios solo podamos hablar analógicamente, para el Aquinate eso ya es mucho. El ente es tan dependiente del Ser que recibe de su creador, que conocer entes ya nos proporciona mucho conocimiento acerca de Dios. Todo lo que vemos trasluce su perfectísimo Ser. Podemos conocer mucho de Dios a base de conocer lo que tenemos delante. La santidad de Tomás tuvo mucho que ver con su capacidad de conocer a Dios a través de todas las cosas. Si siempre estaba en silencio, si su mutismo era tan exagerado, era porque Dios mismo se le estaba revelando en cada instante. ¿Haríais otra cosa si el origen de todo lo real no dejará de hablaros? Claro que no. Santo Tomás pilló la sintonía de la voz de Dios, y una vez captada no la dejó escapar. 


Perdóname Escoto, esto no va por ti. Pero que tantos hombres no hayan sido capaces de comprender la metafísica de Santo Tomás se debe en parte a que no han aceptado el orden de conocimiento en el que su santidad le colocó. Tomás entregó su vida a Jesús y a cambio obtuvo el ciento por uno. Nadie avanza en la verdad, si Dios no se lo concede. Santo Tomás entendió muy bien esta prerrogativa. Pero si nos saltamos el orden que luego no nos extrañe nuestra desorientación. Conocer la verdad prescindiendo del principio de lo real es simplemente absurdo. Todo por no aceptar que la verdad y el amor más fundamental se haya hecho tan cercano. 


Pero volvamos al tema. Duns Escoto provocó una pequeña fisura, muy humana por cierto, que más tarde desencadenó un follón que todavía arrastramos. El admirable Beato, gran defensor de nuestra santísima madre, partió de una noción de Ser estrictamente lógica que perdió un poco de vista el abismo ontológico que hay entre el Ser de Dios y del ente. Concibiendo el ser como un concepto unívoco e unitario aplicable a todo por igual difuminó sin querer un detalle que después nos costaría caro con el inicio de la modernidad. 


La analogía en su filosofía no tiene un papel tan fundamental. La lógica humana en Escoto no puede disertar sobre Dios. El Ser es el ens commune que aúna el discurso racional entre el Ser de Dios y del ente. Al concebir el Ser como una noción trascendental unívoca borró la dicotomía esencial tomista entre esencia y acto de ser. Dios dejó de ser el Ser del que todo ente no es sino una participación que lo revela, para convertirse en una realidad inexpugnable. Introdujo un principio muy peligroso: Dios como el Ser totalmente trascendente al lenguaje del ente. No vió con radicalidad la verdadera caracterización de lo real: el ente intrínsecamente remitido al Ser que lo fundamenta. 


La mística negativa es en alguna medida un poco de ceguera ante el Dios que se me revela en lo que tengo delante. Santo Tomás habló mucho de Dios porque vió mucho a Dios; no hay otra. Lo veía en un trozo de pan, en el fraile de al lado, en el libro que tenía entre manos, en la florecilla que crecía al borde del muro del convento, en los pupilos que acudían a su aula universitaria… Todo se vuelve revelación para quien está en comunión con Cristo. Todo se convierte en una invitación para mirar hacia el cielo: la gratitud en la bondad y la súplica en la necesidad. 


El fundamento se caracteriza por ser el fundamento de todo lo demás (perdón por la redundancia). Pensar que las cosas se sostienen a sí mismas eso sí es absurdo. Santo Tomás fue un pensador de ir siempre a la raíz. Creo que el tío fue tanto a la raíz que acabó un poco aturullado. Le parecía un contrasentido empezar a preguntarse por las cosas sin antes tenerse en claro sobre el fundamento en el que reposaban. Él lo tuvo claro: en Dios halló la clave de nuestros interrogantes. La tontería le pareció que se encontraba en ir a buscarlos a cualquier otro sitio.


¿Rescatar el acto de ser?

 Santo Tomás nos dirá: todo lo que “es” es bajo la forma de ente. La realidad está unida transcendentalmente en la entidad. Vayamos a la grafía: (“trans”) - (“cendental”). Trans es un prefijo que normalmente significa “al otro lado”, “más allá”, “lo que trasciende”... Pero también tiene otra connotación que puede pasar desapercibida. Vemos las palabras transmitir, transformar, transportar, transferir… todas ellas trazan un mismo movimiento: “ir de fuera a dentro”. Nos hablan de un gesto de donación, remiten a una especie de insuflación. En todas vemos una materia que carece de algo fundamental que una palabra o acción viene a rellenar. “Trans” significa entonces atestar un vacío, recibir lo que no se tiene de por sí. 


El término transcendental nos habla de lo que todo ente recibe precisamente por ser ente. Tras haberlo pensado largamente, he llegado a entenderlo de la siguiente manera: el ente es ente por algo que ha recibido de fuera. Transcendental se refiere a lo que va fuera a dentro del ente y lo constituye como tal. Pero, ¿qué es lo que va de fuera a dentro del ente,  produciendo su entificación? Lo que el ente recibe para ser ente es precisamente el Ser. El Ser es lo que nutre al ente para ser ente. 


¿Cómo explicamos entonces este movimiento de fuera a dentro que hace germinar la entidad? Pues con una trans-misión de Ser. En la operación hay dos polos involucrados: un transmisor y un receptor. Hemos visto que el que recibe el ser es el ente. Luego, el único que puede trans-ferir el Ser es Dios. Ningún ente puede generar otro ente, ya que lo propio del ente es recibir el Ser. El ente en tanto que ente no puede ser transmisor de Ser. Por lo tanto, el término trans-cendente hace referencia al hecho de que algo de Dios (que posee el Ser) va al ente. El ente sólo tiene Ser por participación, y si quiere entender la raíz de su entidad tiene que acudir a Dios. 


No se ha entendido bien lo que quería decir Santo Tomás cuando hablaba del ente como acto de ser. La simplicidad de la fórmula resulta contraintuitiva. A veces le pedimos peras al olmo. El Aquinate simplemente quisó hacernos ver el ente como algo que por sí mismo no tiene Ser. Ente es todo aquello cuyo acto de ser le es trans-mitido. El ente no se entifica a sí mismo. El ente se encuentra siendo ente en tanto que tiene Ser, pero es incapaz de explicarse por sí mismo la razón de su condición. Más allá de lo que cada cosa sea, lo más elemental de todas ellas es que “son”. Ese acto de ser tiene una primacía radical y absoluta respecto a toda investigación posterior sobre la esencia. El Ser es vertido en el ente y después viene todo lo demás. No es baladí, la característica más fundamental de todo ente es recibir el Ser. Allí está el principio de todo desarrollo posterior. Yo soy ente en tanto que recibo el Ser. 


Repitamos esta consecuencia tan luminosa y reveladora: el ente es ente porque recibe el Ser. El ente es ente porque sale de las manos de Dios. 


viernes, 17 de abril de 2026

Otear los horizontes de Cristo

Uno de los mayores retos que la filosofía cristiana tiene en nuestros días es el de alcanzar una verdadera comprensión de la realidad del hombre contemporáneo. ¿Dónde está? ¿Desde qué perspectiva interpreta el mundo? ¿Qué noción de ser rige su vida? Sin asimilar su mirada metafísica es imposible que hallemos caminos de diálogo que nos permitan acercar posturas. Hay que ser capaz de identificar el punto existencial en el que se encuentran. Hace falta una rica y matizada comprensión de nuestro tiempo histórico, sustraerse a la dispersión discursiva que nos aturde para movernos hacia enclaves vitales que puedan servirnos de puente. 


No seamos ingenuos, la posición del hombre contemporáneo es el resultado de una serie de torsiones históricas, muchas ellas de carácter filosófico, que han atentado contra el significado último de la realidad. El principal regalo del cristianismo que fue brindarnos un suelo existencial seguro sobre el que pisar se ha venido abajo. La sencilla verdad de Dios se ha ido empolvando con el tiempo. La acumulación de discursos inconexos ha cubierto el único hecho que en el fondo nos interesa: Dios se hizo carne y murió por cada uno de nosotros. Por el inconmensurable amor que nos tiene nos abrió otra vez el camino de la vida. Y mientras nos perdemos entre griteríos humanos esa puerta sigue abierta. El umbral sigue pacíficamente aguardando a que recapacitemos. 


Pero volvamos, la filosofía cristiana tiene hoy sobre todo una tarea de desbrozo: la maleza humana ha vuelto a cubrir la sabiduría de Dios accesible a todos bajo el tierno abrazo de la fe resguardado por la Iglesia. Tiene que sacar toda la paja que impide al hombre perseguir los anhelos profundos de su corazón. Pero eso también implica internarse en la densidad de los desvíos contemporáneos de la mano del Señor que quiere buscar caminos para continuar su tarea de redención. Hay que ser valientes otra vez: confrontarlo todo, acogerlo todo para purificarlo de nuevo. 


miércoles, 15 de abril de 2026

El Ser que Heidegger no vió

El ser es una composición de esencia y existencia. En efecto, todo lo que es (todo ente) existe y tiene un contenido inteligible. El bicondicional es indeclinable. Pensar la existencia sin esencia es imposible. El Dasein heideggeriano nace de la incompleta comprensión que el hombre tiene de sí mismo. Al no poder pensarse bajo la luz de la verdad, al no verse como hijo amantísimo de Dios, Heidegger quisó pensar el ser desde su univocidad y lo equiparó a la existencia. Pero ese paso no soluciona nada. Decir que el Dasein es la raíz del ser es limitarse a decir que el ser del hombre es impensable. Una formulación como la de Heidegger sólo evidencia la ausencia total de medios que el hombre por sí mismo tiene para pensar el ser. Al no saber ubicarse a sí mismo en el sentido global de la realidad, Heidegger hizó de ese sí mismo etéreo y difuso el principio de la realidad. La respuesta es insuficiente, aunque es la mayor a la que puede llegarse desde esa perspectiva. El hombre que no ha sido alumbrado por la luz de la fe todavía no alcanza a atisbar el sentido  preciso y definido del ente humano. El ser del ente no es total, es limitado. Aunque no lo sepamos vislumbrar tiene una fisonomía concreta. Pero es Dios mismo el que nos lo tiene que revelar. Por nuestra cuenta no podemos alcanzar las cumbres de las mayores verdades del ser. Hombres hay muchos, pero Dios solo hay uno. Entes hay muchos, pero el Ser único e independiente donde esencia y existencia coinciden sólo pertenece a Dios. 


La noción de ser requiere de una progresiva aclaración que tenemos que hacer de la mano de Dios, y que nunca llegará a ser completa. Fiémonos de Él y pongamos nuestro buen filosofar a su servicio. Haber dónde llegamos. 


martes, 14 de abril de 2026

La filosofía que llevamos más de 5 siglos sin ver

 Con el nacimiento de la modernidad, una forma de filosofar se perdió entre los avatares del tiempo. La fe y la razón fueron desconectadas, la fibra equilibrada del pensamiento verdadero se quebró. El hombre abandonado a sus solas fuerzas se condenó a chocar con los imperturbables muros de la naturaleza. Cayó en el olvido una nota que recorrió el filosofar de todas las grandes mentes de la Edad Media: la indisolubilidad del nexo de su razón con la fe. Su pensamiento estaba abierto a la gracia, a la luz naciente que germinaba del suelo de la revelación. La experiencia natural que contrastaba su razón se hallaba sometida a la autoridad de Dios: fuente viva de la que emana toda verdad inmaculada. No buscaban descubrir la verdad autónomamente, sino hacerse dignos mediante una vida santa de la iluminación que solo Dios puede conceder.  


¿Por qué dejamos de filosofar cristianamente?, ¿Por qué perdimos nuestra ligazón con la verdad? El filósofo dejó de confiar a Dios sus propios pensamientos, de esperar la luz que proviene de la acción de su espíritu. Pensémoslo bien, abandonamos la raíz del Ser para perseguir sueños vanos de especulación constructiva. Nos cargamos encima un peso que no nos corresponde: la edificación en solitario de un sentido que no comprendemos. 


El filósofo cristiano tiene que aprender a convivir con el misterio. Su tarea consiste en aclarar la realidad y su sentido en la amplitud que Dios mismo le conceda. Su trabajo en ese sentido es dependiente: exige una fecundación externa que excede a su voluntad. 


¿Qué comparten filosofías tan dispares como las de Santo Tomás, San Agustín, Duns Scoto, San Buenaventura, Guillermo de Ockham…? Todas son el resultado de un pensamiento guiado por un mismo espíritu. El rasgo extinto en nuestros días: un pensamiento guiado por la caridad. Estos grandes pensadores sometían y contrastaban cada uno de sus pensamientos a la luz de la revelación. Entendían su filosofía como una misión apostólica: el uso de sus potencias intelectivas se ejercía conforme a la voluntad divina y estaba dispuesto al servicio de las almas. Esta característica hoy nos parece prácticamente inconcebible, pero esos hombres del pasado no dudaron en poner sus anhelos de claridad en manos de Dios. Siendo conscientes que solo la mano del Acto puro de Ser podía dar desvelar las penumbras que los envolvían. 


Camino a la verdad

Hay dos maneras de concebir la relación que media entre fe y razón en el corazón del hombre. Únicamente una de ellas discurre por la senda de la verdad. Aunque no lo pueda parecer, la disyuntiva es más clara de lo que aparece a simple vista. Me gustaría abrir la reflexión a partir de una famosa frase de San Juan Pablo II: "La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad". Para penetrar en el campo de la verdad se requiere de la colaboración de ambas potencias. El santo padre no da pie a tergiversaciones: o las dos o ninguna. El hombre que trate de separarlas estará alejándose de la verdad, es decir, de sí mismo y de Dios. 


La desviación errónea consiste en tratar de distinguir un orden de preferencia o jerarquía. Cuando la discusión se orienta a identificar las fronteras que separan ambos campos algo empieza a chirriar. He aquí que el problema se engendra en la raíz: ¿tiene sentido demarcar el espacio que ocupan cada una de las dos facultades? 


En el hombre todo se da a la vez. Un vendaval de inspiraciones interiores van y vienen sin permitirle ver su fondo. A ratos reflexiona y se entrega al exclusivo uso de su razón. En  otros momentos, le embargan las pasiones y se vuelve incapaz de pensar con claridad. También hay veces, que el miedo y la duda le empujan a buscar algo más, un objeto difuminado que no alcanza a atisbar con precisión. En el seno de su interioridad, las caricias y dolores del tiempo fluyen en un mismo curso. Del mismo modo, el hombre puede creer y razonar conjuntamente. Es más, puede hacerlo de tal manera que lo aparentemente diferenciado se diluya una armoniosa corriente. La profundización en uno mismo siempre conlleva una constatación de la esterilidad de las formas que se imponen desde fuera. El espíritu se resiste siempre a ser clausurado. No puede dejar de reivindicar su dignidad: ninguna forma conceptual puede hacer honor a su misterio. 


La bifurcación es clara: adentrarse guiado por la caridad en una profundización siempre constante de los misterios insondables del hombre o conformarse con formas que tratan de reducir y contener un amor que siempre pugna por brotar. La verdadera fe es católica porque la verdad en sí es católica: no admite fórmulas del tipo “hasta aquí y ya no más". El hombre cegado por la verdad siempre acaba por reconocer que no ama lo suficiente, que todavía no es consciente de la grandeza que encierra su corazón. El hombre que vive de la verdad sabe que siempre puede acercarse más a Dios. Al saberse amado hasta el final, pierde todo el miedo a sumergirse en los océanos de su intimidad, a convertir lo bueno de sí en algo mejor.  


El abrazo filosófico de la teología

 El abrazo filosófico de la teología 


El teólogo no puede renunciar a su faceta filosófica. Si no fuera filósofo, no podría comprender a los hombres, ponerse en su piel. ¿Cómo descender de Dios a las criaturas si no se está dispuesto a adoptar la perspectiva que ellas tienen de la realidad? La teología no puede descartar doctrinas como Dios no hace acepción de personas. La teología tiene que corregir los errores de las teorías con las que se enfrenta para llevarlas a su plenitud en la verdad como Dios ama nuestras debilidades y nos da la gracia para superarlas. La teología que no esté dispuesta a imbuir misericordia en cada una de las construcciones conceptuales con las que se encuentra ha perdido el carácter divino que le otorga su razón de ser. Todas las filosofías apuntan a la misma verdad, el teólogo tiene que ser capaz de comprender el impulso que las alimenta y señalar la senda a la que se orientan. La bancarrota de la verdad en la modernidad se debe, en parte o completamente, a la abismal desligación entre razón teológica y razón natural. Hacer de la teología y la filosofía dos campos herméticos y separados ha interpuesto una barrera infranqueable en la comprensión y la búsqueda que el hombre tiene de la verdad. La teología tiene la tarea de mostrar la racionalidad de la revelación. Su misión consiste en mostrar al resto de hombres que sus proyectos de conceptualización convergen en la verdad y el amor revelados por Jesucristo. La teología conoce la plenitud de todos los anhelos, también de los filosóficos, por eso no puede quedarse de brazos cruzados viendo como tantos hombres se descalabran en su pesquisa de la verdad. La teología tiene la responsabilidad moral de adoptar perfiles filosóficos para colaborar en la salvación de las almas. Eludir esa tarea puede tener consecuencias muy dañinas para muchos hombres. 


Bajar al terreno filosófico no deteriora la dignidad de la ciencia teológica. Más bien, la hace semejante a su maestro.


lunes, 6 de abril de 2026

La verdad no es un cuento

 “La era de la interpretación” es el nombre con el que muchos filósofos han designado  la época surgida en el siglo XX tras la caída de los grandes relatos metafísicos. La muerte de Dios liberó al hombre de todo discurso esencialista vinculado a una visión objetiva de la verdad. Ha pasado ya casi un siglo desde que las primeras formas de esta nueva cosmovisión empezaron a imponerse. Hoy, el hombre contemporáneo vive relativamente cómodo en un mundo fragmentario, donde la razón y la verdad se conciben como cuestiones puramente interpretativas y privadas. Un mundo construido a medias se ha convertido en nuestro enclave permanente. 


Sin embargo, salta a la vista que algo está fallando: las piezas del engranaje chirrían por todos lados. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿dónde se halla la avería?  


Releyendo “Las confesiones” de San Agustín, podemos ver reflejada la trampa en la que ha caído nuestro tiempo – una trampa que acecha al hombre de todas las épocas en su camino hacia sí mismo y hacia la verdad. En este libro, el obispo de Hipona narra cómo recorrió la senda de acceso a la verdad abierta por Jesucristo, un camino hacia Dios que implica la liberación de la propia estrechez y subjetividad. La pregunta que se dimana de sus íntimas confesiones se concentra en un punto esencial: ¿Por qué el hombre, de manera natural, no halla el acceso a la verdad? 


La respuesta es sencilla, pero requiere una honda consideración: el hombre, por inercia, tiende a desviarse. No nacemos correctamente orientados; más bien, nacemos pecadores. Para ser injertados en el campo de la verdad tenemos que renunciar a nuestro propio criterio torcido y dejar que sea Dios mismo quien nos conduzca a la plenitud de sus cauces. La verdad comienza con el reconocimiento del error propio; tenemos que aceptar la condición menesterosa en la que nos hallamos de manera originaria. Sólo dando este paso podemos esperar que Dios nos libere y nos lleve a la plena luz y a la vida sin cadenas. 


Puede doler reconocer que la ruta de la verdad ha sido abierta por otro – y que ese otro se llama Jesucristo – pero aceptarlo es el primer paso hacia una acogida colmada de gozo. Podemos poseer la verdad, sí, pero un interrogante acuciante nos estremece: ¿queremos? 


La propuesta filosófica de la posmodernidad consiste, en el fondo, en un enclaustramiento en la subjetividad y el relativismo, en una negativa a renunciar a nuestros falsos caminos. Quedarse en la interpretación equivale negarse a reconocer la propia condición; significa eludir la vida misma. La complejidad teórica en la que nos hemos enredado hunde sus raíces en el lodazal vital en el que nos hemos ido sumergiendo. Lo que paradójicamente se presenta como liberación no es más que un estrechamiento autoimpuesto: un repliegue sobre uno mismo que aparta la mirada de nuestra verdadera situación. 


Construimos el mundo a base de perder el corazón. Los síntomas de nihilización de la posmodernidad, en el fondo, remiten a la misma problemática de siempre: el hombre que se resiste a entregar el corazón a ese amor más grande que es el único capaz de revelarle la verdad. La interpretación dura hasta que el corazón se pone ante Dios; entonces, la intimidad se abre en toda su amplitud. El ocultamiento en el que creemos que se esconde la verdad no es más que nuestra resistencia a acogerla. Nos falta la humildad necesaria para descender a la verdad de nuestro propio corazón.


Una aproximación a la unidad del sentido

El hombre recibe una inconmensurable multiplicidad de datos a través de la experiencia. La cantidad es tan elevada que, inevitablemente, se ...