miércoles, 22 de abril de 2026

Tomás y Escoto: entre sutilezas se esconde el fundamento

 Me gustaría abordar comparativamente la idea de Ser de Santo Tomás y del Beato Duns Escoto. 


Santo Tomás fundamenta su metafísica sobre la distinción radical que media entre el Ser finito y el Ser de Dios. División muy opacada en la filosofía escotista y moderna. El ente en tanto ente es finito, criatura y contingente. En el ente hallamos la distinción real entre esencia (lo qué algo sea) y existencia (actus essendi). En cambio, en Dios esencia y existencia coinciden; Dios es Acto puro de Ser. El ser de los entes “es” por participación del Ser por excelencia. La diferencia ontológica es muy importante: los entes constituyen un orden cerrado de ser concedido por Dios (Ser trascendente que posee toda forma de Ser). Esta unidad trascendental que es el mundo de los entes no se sostiene por sí sola, sino que brota del único Ser que es Dios. Es fundamental entender bien esto. La diferencia es radicalmente ontológica: el ser de los entes (todo lo que podemos conocer) pende del hilo del Ser de Dios. Conocemos criaturas, pero no podríamos conocerlas si Dios no les diera el Ser como donación de sí. Dios no es una pieza más, Dios es el fundamento de todo lo demás. El ente tiene Ser en tanto Dios se lo concede y le permite mantenerse en sí. Santo Tomás fue Santo, y esto nos cuesta de entender. Su amistad con Jesucristo le hizo tomar conciencia de la radical dependencia de la criatura respecto de su creador. Nosotros, tráfagos en un mundo embotado, somos incapaces de hacernos a la idea de en qué medida somos seres necesitados de Dios. Tratamos de edificarnos sobre la autosuficiencia, pero bastaría el más leve revés para hacernos caer en la cuenta de la vacuidad de todos nuestros esfuerzos. Santo Tomás conoció la verdad, y por eso vió la intrínseca dependencia de todo lo creado. Santo Tomás fue Santo, y por eso llegó más lejos en el conocimiento del amor y la verdad. Lo fácil es cuestionarlo, lo difícil es supeditar todos nuestros logros y avances en ese camino a la benevolencia de nuestro creador.


Aunque de Dios solo podamos hablar analógicamente, para el Aquinate eso ya es mucho. El ente es tan dependiente del Ser que recibe de su creador, que conocer entes ya nos proporciona mucho conocimiento acerca de Dios. Todo lo que vemos trasluce su perfectísimo Ser. Podemos conocer mucho de Dios a base de conocer lo que tenemos delante. La santidad de Tomás tuvo mucho que ver con su capacidad de conocer a Dios a través de todas las cosas. Si siempre estaba en silencio, si su mutismo era tan exagerado, era porque Dios mismo se le estaba revelando en cada instante. ¿Haríais otra cosa si el origen de todo lo real no dejará de hablaros? Claro que no. Santo Tomás pilló la sintonía de la voz de Dios, y una vez captada no la dejó escapar. 


Perdóname Escoto, esto no va por ti. Pero que tantos hombres no hayan sido capaces de comprender la metafísica de Santo Tomás se debe en parte a que no han aceptado el orden de conocimiento en el que su santidad le colocó. Tomás entregó su vida a Jesús y a cambio obtuvo el ciento por uno. Nadie avanza en la verdad, si Dios no se lo concede. Santo Tomás entendió muy bien esta prerrogativa. Pero si nos saltamos el orden que luego no nos extrañe nuestra desorientación. Conocer la verdad prescindiendo del principio de lo real es simplemente absurdo. Todo por no aceptar que la verdad y el amor más fundamental se haya hecho tan cercano. 


Pero volvamos al tema. Duns Escoto provocó una pequeña fisura, muy humana por cierto, que más tarde desencadenó un follón que todavía arrastramos. El admirable Beato, gran defensor de nuestra santísima madre, partió de una noción de Ser estrictamente lógica que perdió un poco de vista el abismo ontológico que hay entre el Ser de Dios y del ente. Concibiendo el ser como un concepto unívoco e unitario aplicable a todo por igual difuminó sin querer un detalle que después nos costaría caro con el inicio de la modernidad. 


La analogía en su filosofía no tiene un papel tan fundamental. La lógica humana en Escoto no puede disertar sobre Dios. El Ser es el ens commune que aúna el discurso racional entre el Ser de Dios y del ente. Al concebir el Ser como una noción trascendental unívoca borró la dicotomía esencial tomista entre esencia y acto de ser. Dios dejó de ser el Ser del que todo ente no es sino una participación que lo revela, para convertirse en una realidad inexpugnable. Introdujo un principio muy peligroso: Dios como el Ser totalmente trascendente al lenguaje del ente. No vió con radicalidad la verdadera caracterización de lo real: el ente intrínsecamente remitido al Ser que lo fundamenta. 


La mística negativa es en alguna medida un poco de ceguera ante el Dios que se me revela en lo que tengo delante. Santo Tomás habló mucho de Dios porque vió mucho a Dios; no hay otra. Lo veía en un trozo de pan, en el fraile de al lado, en el libro que tenía entre manos, en la florecilla que crecía al borde del muro del convento, en los pupilos que acudían a su aula universitaria… Todo se vuelve revelación para quien está en comunión con Cristo. Todo se convierte en una invitación para mirar hacia el cielo: la gratitud en la bondad y la súplica en la necesidad. 


El fundamento se caracteriza por ser el fundamento de todo lo demás (perdón por la redundancia). Pensar que las cosas se sostienen a sí mismas eso sí es absurdo. Santo Tomás fue un pensador de ir siempre a la raíz. Creo que el tío fue tanto a la raíz que acabó un poco aturullado. Le parecía un contrasentido empezar a preguntarse por las cosas sin antes tenerse en claro sobre el fundamento en el que reposaban. Él lo tuvo claro: en Dios halló la clave de nuestros interrogantes. La tontería le pareció que se encontraba en ir a buscarlos a cualquier otro sitio.


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