jueves, 23 de abril de 2026

El abandono ontológico


Uno de los principales problemas filosóficos que trajo consigo la modernidad fue la confusión de niveles entre la verum logicum (verdad lógica) y la verum ontologicum (verdad ontológica). Se perdió de vista un matiz importante: la necesaria subordinación de nuestra lógica humana a lo que las cosas sean por sí mismas. La inteligencia absorbió al ente y pusó fecha de caducidad a la metafísica.

Todo ente tiene dos dimensiones: una que da a Dios y otra que confluye hasta recalar en la inteligencia humana. La parte que nos remite a Dios es la primaria y fundamental, la propiamente constitutiva. La relación intelectiva que el hombre entabla con la cosa es siempre algo subordinado y secundario, y pesa sobre ella el mandato de adecuarse a la primera. Solo mediante participación en el entendimiento divino podemos acceder a la verdad ontológica de las cosas. En caso de no aceptar la prerrogativa divina, quedaremos enclaustrados en el estrecho y deformante recinto de una verdad lógica desviada. La existencia de cada entidad responde a un acto amoroso de donación de ser procedente de Dios, resistir lo que la cosa sea equivale a apartar la mirada de su Creador. ¿Porqué tantas veces decimos no ver a Dios?, ¿No será por nuestra negativa a aceptar la realidad que se nos plantea? Cuando miramos de frente a las cosas y perseveramos en el esfuerzo sincero de captar su verdad,  enseguida notamos como éstas nos hablan de algo más. Es infalible, cuando no nos resistimos a lo que ellas sean, Dios mismo empieza a hablarnos a través suyo. 

En la semilla de la modernidad filosófica encontramos precisamente esta resistencia del intelecto a conformarse con la verdad querida por Dios en las cosas. El hombre empieza a huir de las cosas, a recluirse y no querer salir de su propia subjetividad. La filosofía moderna es el intento por parte del hombre para medir el grado de conocimiento que puede adquirir por sí mismo, prescindiendo de Dios y de la realidad. Se tomó por avance lo que constituye un grave retroceso. En el momento en que desconectas la lógica de la ontología el laberinto del conocimiento empieza a estrecharse. Y no sólo eso, si no que las posibilidades de una libertad real quedan sepultadas. La libertad como utopía es uno de los últimos delirios del hombre moderno que se niega a actuar sobre lo que sí está en su mano. 

Mírese por donde se mire, la metafísica es la rama vertebradora de todo conocimiento humano asentado en la verdad. No porque sí los antiguos la consideraban la madre de todas las ciencias. Etimológicamente significa algo así como la ciencia de "más allá de lo físico" o la ciencia de lo "allende a la naturaleza". Y es que bien miradas, las cosas nos hablan de algo que está más allá de ellas. Todo parece indicar que por sí mismas no pueden dar razón de sí. La especulación metafísica es necesaria no tanto por sus resultados y avances mensurables, sino por la fidelidad de la inteligencia humana a sí misma en su camino de discernimiento respecto a los dictados de la realidad. Si las cosas por su intrínseca fisonomía me remiten a un más allá, no cejaré en el camino de esa búsqueda.


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