sábado, 9 de mayo de 2026

¿Relativismo, moderno o cansino?

El relativismo no un invento contemporáneo: podemos encontrar un primer retoño relativista en las polis de la Antigua Grecia. Veamos el paralelismo y cómo los viejos errores son hoy enarbolados como banderas de progreso y libertad. 

El relativismo griego surgió como respuesta a la antigua filosofía presocrática. Esta era una manera de preguntarse por la verdad de las cosas basada en la contemplación de la physis como manifestación del orden inteligible del kosmos. Esta contemplación de la physis siempre se hacía a través de la consideración de las cosas inmediata y tangiblemente presentes ante el hombre: ta onta. Estudiar detenidamente las diferentes cosas que integraban la realidad los llevaba a preguntarse por el principio o arché de todo lo existente. El movimiento del pensamiento era natural y fluido, desembocaba armónicamente en la pregunta metafísica por excelencia: la de la naturaleza del fundamento de lo real. El hombre miraba admirado la presencia de las cosas frente a él y la pregunta por su raíz nacía de forma espontánea. 

La primera inquisición racional a la realidad tuvo como consecuencia la intuición de un ser necesario y permanente como suelo y garante de las cosas pasajeras presentes en la naturaleza. 

Es importante destacar cómo estos primeros filósofos y, en el fondo, todo buen pensador que se precie no iban a buscar el principio de las cosas en el vacío, sino que trataban de desvelar su naturaleza a través de una atenta y meticulosa contemplación de los entes existentes y verdaderamente observables. 

Sin embargo, esta reflexión fue empañándose con el paso del tiempo. Las polis empezaron a desarrollarse, la política y la retórica a ganar importancia en la vida de los hombres... la reflexión acerca de las cosas naturales, de manera casi inevitable, pasó a un segundo plano. 

En Heráclito encontramos ya un primer esbozo de la mentalidad sofista y relativista. Con su doctrina del panta rei  <<todo fluye>>  se asoma un primer retazo de esa visión que sostiene que, como el ser en el hombre siempre se presenta cambiando, en consecuencia el ser es devenir. El hombre empieza a darse una importancia desmedida en el orden del conocimiento. El razonamiento heraclitiano es el siguiente: como yo no puedo aprehender el ser de manera permanente, estable y manifiesta, entonces todo el ser tiene que ser, por necesidad, algo cambiante y sin una fisonomía estable. La percepción se vuelve ley del ser: el salto es completamente arbitrario. 

Pues bien, los sofistas, ya totalmente inmersos en un ambiente urbano como nosotros, desarrollan este modo de pensar desde el sujeto como punto de partida de toda reflexión acerca de la verdad alcanzable. El hombre, como nos dirá Protágoras, se convierte así en la medida de todas las cosas, y el escepticismo se vuelve entonces la consecuencia inevitable. 

La apertura presocrática, que utilizo como marco para hablar de una actitud sapiencial que puede llevar a cabo toda persona, cae en el olvido. El hombre deja de preguntar a las cosas para pasar a inquirirlas desde sí mismo. La negativa a renunciar a su limitada y parcial perspectiva es lo que le lleva a negar todo posible conocimiento acerca de la realidad de las cosas. 

Y sin preguntar a las cosas es inevitable que la pregunta por el fundamento también se desvanezca. La pérdida de la trascendencia horizontal y vertical van de la mano. Cuando el hombre se repliega en sí mismo, se cierra las puertas de lo allende; es decir, se niega a conocer la realidad. 

Es irónico que el lamento del sujeto relativista no tendría que ser a la verdad, sino a su persistente obcecación por medir el mundo desde sí mismo. ¿Hay cosas? Pues échales un vistazo y no seas cobarde ni orgulloso. 

Toda esta reflexión sobre el mundo griego, ¿no nos resulta inquietantemente cercana? Más que historia antigua, casi parece un espejo en el que nos estamos mirando. 

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