Uno de los mayores retos que la filosofía cristiana tiene en nuestros días es el de alcanzar una verdadera comprensión de la realidad del hombre contemporáneo. ¿Dónde está? ¿Desde qué perspectiva interpreta el mundo? ¿Qué noción de ser rige su vida? Sin asimilar su mirada metafísica es imposible que hallemos caminos de diálogo que nos permitan acercar posturas. Hay que ser capaz de identificar el punto existencial en el que se encuentran. Hace falta una rica y matizada comprensión de nuestro tiempo histórico, sustraerse a la dispersión discursiva que nos aturde para movernos hacia enclaves vitales que puedan servirnos de puente.
No seamos ingenuos, la posición del hombre contemporáneo es el resultado de una serie de torsiones históricas, muchas ellas de carácter filosófico, que han atentado contra el significado último de la realidad. El principal regalo del cristianismo que fue brindarnos un suelo existencial seguro sobre el que pisar se ha venido abajo. La sencilla verdad de Dios se ha ido empolvando con el tiempo. La acumulación de discursos inconexos ha cubierto el único hecho que en el fondo nos interesa: Dios se hizo carne y murió por cada uno de nosotros. Por el inconmensurable amor que nos tiene nos abrió otra vez el camino de la vida. Y mientras nos perdemos entre griteríos humanos esa puerta sigue abierta. El umbral sigue pacíficamente aguardando a que recapacitemos.
Pero volvamos, la filosofía cristiana tiene hoy sobre todo una tarea de desbrozo: la maleza humana ha vuelto a cubrir la sabiduría de Dios accesible a todos bajo el tierno abrazo de la fe resguardado por la Iglesia. Tiene que sacar toda la paja que impide al hombre perseguir los anhelos profundos de su corazón. Pero eso también implica internarse en la densidad de los desvíos contemporáneos de la mano del Señor que quiere buscar caminos para continuar su tarea de redención. Hay que ser valientes otra vez: confrontarlo todo, acogerlo todo para purificarlo de nuevo.
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