martes, 28 de abril de 2026

El nuevo gnosticismo

Vivimos un tiempo de pujante idealismo. Por encima de lo que parece, nos estamos desvinculando cada vez más de lo corpóreo. 

En nuestro afán de ajustar la experiencia a nuestros deseos, tratamos de llevar la realidad física a límites cuya factibilidad es únicamente producto de nuestra imaginación. Le pedimos cosas a la materia que son objetivamente inviables. A la vez, nos produce un enorme pavor comprobar el rechazo que lo material ofrece a nuestros ideas. No lo parece, pero el miedo al cuerpo se ha convertido en una plaga social, la materialidad se ha vuelto un ámbito del que se huye cuando deja de encajar con los esquemas que nos habíamos fabricado acerca de su naturaleza. Vivimos en un constante rechazo ante cualquier forma de indisponibilidad, y  precisamente no hay nada tan opaco e impenetrable como la materia física. Por eso, hemos optado por ignorar lo que se nos resiste. O lo que es lo mismo, preferimos apartar de nosotros aquella parte de la realidad cuya presencia comprometa la seguridad de nuestras premisas existenciales. El hombre contemporáneo, en su miedo a la corpóreo, se ha encerrado a sí mismo en un pequeño marco ideológico que le impide captar la verdadera textura de la realidad.  

Una nueva forma de gnosticismo se propaga por nuestra sociedad. Pero no lo olvidemos, un alma encarnada es más perfecta que una separada. Un alma capaz de asumir hasta el fondo su propia sustancia tiene mayor posesión de sí misma que otra que rehuye una parte irrenunciable de su ser. Tenemos que entender que interioridad y exterioridad en el hombre se retroalimentan mutuamente, dejar de lado una empobrece la otra. 

Hoy urge más que nunca volver a afirmar la bondad de todo lo real. 

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