Santo Tomás nos dirá: todo lo que “es” es bajo la forma de ente. La realidad está unida transcendentalmente en la entidad. Vayamos a la grafía: (“trans”) - (“cendental”). Trans es un prefijo que normalmente significa “al otro lado”, “más allá”, “lo que trasciende”... Pero también tiene otra connotación que puede pasar desapercibida. Vemos las palabras transmitir, transformar, transportar, transferir… todas ellas trazan un mismo movimiento: “ir de fuera a dentro”. Nos hablan de un gesto de donación, remiten a una especie de insuflación. En todas vemos una materia que carece de algo fundamental que una palabra o acción viene a rellenar. “Trans” significa entonces atestar un vacío, recibir lo que no se tiene de por sí.
El término transcendental nos habla de lo que todo ente recibe precisamente por ser ente. Tras haberlo pensado largamente, he llegado a entenderlo de la siguiente manera: el ente es ente por algo que ha recibido de fuera. Transcendental se refiere a lo que va fuera a dentro del ente y lo constituye como tal. Pero, ¿qué es lo que va de fuera a dentro del ente, produciendo su entificación? Lo que el ente recibe para ser ente es precisamente el Ser. El Ser es lo que nutre al ente para ser ente.
¿Cómo explicamos entonces este movimiento de fuera a dentro que hace germinar la entidad? Pues con una trans-misión de Ser. En la operación hay dos polos involucrados: un transmisor y un receptor. Hemos visto que el que recibe el ser es el ente. Luego, el único que puede trans-ferir el Ser es Dios. Ningún ente puede generar otro ente, ya que lo propio del ente es recibir el Ser. El ente en tanto que ente no puede ser transmisor de Ser. Por lo tanto, el término trans-cendente hace referencia al hecho de que algo de Dios (que posee el Ser) va al ente. El ente sólo tiene Ser por participación, y si quiere entender la raíz de su entidad tiene que acudir a Dios.
No se ha entendido bien lo que quería decir Santo Tomás cuando hablaba del ente como acto de ser. La simplicidad de la fórmula resulta contraintuitiva. A veces le pedimos peras al olmo. El Aquinate simplemente quisó hacernos ver el ente como algo que por sí mismo no tiene Ser. Ente es todo aquello cuyo acto de ser le es trans-mitido. El ente no se entifica a sí mismo. El ente se encuentra siendo ente en tanto que tiene Ser, pero es incapaz de explicarse por sí mismo la razón de su condición. Más allá de lo que cada cosa sea, lo más elemental de todas ellas es que “son”. Ese acto de ser tiene una primacía radical y absoluta respecto a toda investigación posterior sobre la esencia. El Ser es vertido en el ente y después viene todo lo demás. No es baladí, la característica más fundamental de todo ente es recibir el Ser. Allí está el principio de todo desarrollo posterior. Yo soy ente en tanto que recibo el Ser.
Repitamos esta consecuencia tan luminosa y reveladora: el ente es ente porque recibe el Ser. El ente es ente porque sale de las manos de Dios.
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