El ser es una composición de esencia y existencia. En efecto, todo lo que es (todo ente) existe y tiene un contenido inteligible. El bicondicional es indeclinable. Pensar la existencia sin esencia es imposible. El Dasein heideggeriano nace de la incompleta comprensión que el hombre tiene de sí mismo. Al no poder pensarse bajo la luz de la verdad, al no verse como hijo amantísimo de Dios, Heidegger quisó pensar el ser desde su univocidad y lo equiparó a la existencia. Pero ese paso no soluciona nada. Decir que el Dasein es la raíz del ser es limitarse a decir que el ser del hombre es impensable. Una formulación como la de Heidegger sólo evidencia la ausencia total de medios que el hombre por sí mismo tiene para pensar el ser. Al no saber ubicarse a sí mismo en el sentido global de la realidad, Heidegger hizó de ese sí mismo etéreo y difuso el principio de la realidad. La respuesta es insuficiente, aunque es la mayor a la que puede llegarse desde esa perspectiva. El hombre que no ha sido alumbrado por la luz de la fe todavía no alcanza a atisbar el sentido preciso y definido del ente humano. El ser del ente no es total, es limitado. Aunque no lo sepamos vislumbrar tiene una fisonomía concreta. Pero es Dios mismo el que nos lo tiene que revelar. Por nuestra cuenta no podemos alcanzar las cumbres de las mayores verdades del ser. Hombres hay muchos, pero Dios solo hay uno. Entes hay muchos, pero el Ser único e independiente donde esencia y existencia coinciden sólo pertenece a Dios.
La noción de ser requiere de una progresiva aclaración que tenemos que hacer de la mano de Dios, y que nunca llegará a ser completa. Fiémonos de Él y pongamos nuestro buen filosofar a su servicio. Haber dónde llegamos.
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