“La era de la interpretación” es el nombre con el que muchos filósofos han designado la época surgida en el siglo XX tras la caída de los grandes relatos metafísicos. La muerte de Dios liberó al hombre de todo discurso esencialista vinculado a una visión objetiva de la verdad. Ha pasado ya casi un siglo desde que las primeras formas de esta nueva cosmovisión empezaron a imponerse. Hoy, el hombre contemporáneo vive relativamente cómodo en un mundo fragmentario, donde la razón y la verdad se conciben como cuestiones puramente interpretativas y privadas. Un mundo construido a medias se ha convertido en nuestro enclave permanente.
Sin embargo, salta a la vista que algo está fallando: las piezas del engranaje chirrían por todos lados. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿dónde se halla la avería?
Releyendo “Las confesiones” de San Agustín, podemos ver reflejada la trampa en la que ha caído nuestro tiempo – una trampa que acecha al hombre de todas las épocas en su camino hacia sí mismo y hacia la verdad. En este libro, el obispo de Hipona narra cómo recorrió la senda de acceso a la verdad abierta por Jesucristo, un camino hacia Dios que implica la liberación de la propia estrechez y subjetividad. La pregunta que se dimana de sus íntimas confesiones se concentra en un punto esencial: ¿Por qué el hombre, de manera natural, no halla el acceso a la verdad?
La respuesta es sencilla, pero requiere una honda consideración: el hombre, por inercia, tiende a desviarse. No nacemos correctamente orientados; más bien, nacemos pecadores. Para ser injertados en el campo de la verdad tenemos que renunciar a nuestro propio criterio torcido y dejar que sea Dios mismo quien nos conduzca a la plenitud de sus cauces. La verdad comienza con el reconocimiento del error propio; tenemos que aceptar la condición menesterosa en la que nos hallamos de manera originaria. Sólo dando este paso podemos esperar que Dios nos libere y nos lleve a la plena luz y a la vida sin cadenas.
Puede doler reconocer que la ruta de la verdad ha sido abierta por otro – y que ese otro se llama Jesucristo – pero aceptarlo es el primer paso hacia una acogida colmada de gozo. Podemos poseer la verdad, sí, pero un interrogante acuciante nos estremece: ¿queremos?
La propuesta filosófica de la posmodernidad consiste, en el fondo, en un enclaustramiento en la subjetividad y el relativismo, en una negativa a renunciar a nuestros falsos caminos. Quedarse en la interpretación equivale negarse a reconocer la propia condición; significa eludir la vida misma. La complejidad teórica en la que nos hemos enredado hunde sus raíces en el lodazal vital en el que nos hemos ido sumergiendo. Lo que paradójicamente se presenta como liberación no es más que un estrechamiento autoimpuesto: un repliegue sobre uno mismo que aparta la mirada de nuestra verdadera situación.
Construimos el mundo a base de perder el corazón. Los síntomas de nihilización de la posmodernidad, en el fondo, remiten a la misma problemática de siempre: el hombre que se resiste a entregar el corazón a ese amor más grande que es el único capaz de revelarle la verdad. La interpretación dura hasta que el corazón se pone ante Dios; entonces, la intimidad se abre en toda su amplitud. El ocultamiento en el que creemos que se esconde la verdad no es más que nuestra resistencia a acogerla. Nos falta la humildad necesaria para descender a la verdad de nuestro propio corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario