martes, 14 de abril de 2026

Camino a la verdad

Hay dos maneras de concebir la relación que media entre fe y razón en el corazón del hombre. Únicamente una de ellas discurre por la senda de la verdad. Aunque no lo pueda parecer, la disyuntiva es más clara de lo que aparece a simple vista. Me gustaría abrir la reflexión a partir de una famosa frase de San Juan Pablo II: "La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad". Para penetrar en el campo de la verdad se requiere de la colaboración de ambas potencias. El santo padre no da pie a tergiversaciones: o las dos o ninguna. El hombre que trate de separarlas estará alejándose de la verdad, es decir, de sí mismo y de Dios. 


La desviación errónea consiste en tratar de distinguir un orden de preferencia o jerarquía. Cuando la discusión se orienta a identificar las fronteras que separan ambos campos algo empieza a chirriar. He aquí que el problema se engendra en la raíz: ¿tiene sentido demarcar el espacio que ocupan cada una de las dos facultades? 


En el hombre todo se da a la vez. Un vendaval de inspiraciones interiores van y vienen sin permitirle ver su fondo. A ratos reflexiona y se entrega al exclusivo uso de su razón. En  otros momentos, le embargan las pasiones y se vuelve incapaz de pensar con claridad. También hay veces, que el miedo y la duda le empujan a buscar algo más, un objeto difuminado que no alcanza a atisbar con precisión. En el seno de su interioridad, las caricias y dolores del tiempo fluyen en un mismo curso. Del mismo modo, el hombre puede creer y razonar conjuntamente. Es más, puede hacerlo de tal manera que lo aparentemente diferenciado se diluya una armoniosa corriente. La profundización en uno mismo siempre conlleva una constatación de la esterilidad de las formas que se imponen desde fuera. El espíritu se resiste siempre a ser clausurado. No puede dejar de reivindicar su dignidad: ninguna forma conceptual puede hacer honor a su misterio. 


La bifurcación es clara: adentrarse guiado por la caridad en una profundización siempre constante de los misterios insondables del hombre o conformarse con formas que tratan de reducir y contener un amor que siempre pugna por brotar. La verdadera fe es católica porque la verdad en sí es católica: no admite fórmulas del tipo “hasta aquí y ya no más". El hombre cegado por la verdad siempre acaba por reconocer que no ama lo suficiente, que todavía no es consciente de la grandeza que encierra su corazón. El hombre que vive de la verdad sabe que siempre puede acercarse más a Dios. Al saberse amado hasta el final, pierde todo el miedo a sumergirse en los océanos de su intimidad, a convertir lo bueno de sí en algo mejor.  


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