¿Cuál es el núcleo más valioso de la personalidad? ¿Qué hace de cada hombre algo único, especial e irrepetible? ¿Qué es? ¿Se trata de una consideración fundada sobre méritos y elecciones individuales o sobre algo más esencial?
Cada persona nace, vive y muere en una coyuntura concreta que determina la conformación de sus orientaciones vitales. Lo más básico, no lo más importante, consiste en hallarse confrontado a una contexto circunstancial intrínsecamente específico por el que la persona tiene que aprender a abrirse paso. A simple vista, no hay una ruta fija y claramente delimitada por la que el hombre tenga que discurrir. Antes bien, se dirá que el hombre es libre de tomar diferentes cursos de acción en función de las posibilidades que le presente la situación en la que se encuentre inmerso. Ese cara a cara con un mundo foráneo es el punto de partida del que arrancan todos los devenires vitales. El hombre puede desplegar su personalidad en tanto se halla expuesto a una realidad distinta de sí mismo.
Desplegar, desarrollar, realizar lo que está implícito... Ese es el principal favor que nos concede el marco de vivencias externas sobre el que nos movemos. La libertad mal entendida, pensada así por algunas corrientes cercanas al existencialismo, se concibe como la capacidad del hombre para trazar el perfil de su propio ser. Sin embargo, la verdadera textura de la situación humana consiste más en hacer patentes las posibilidades ya implícitas que en hacer de dramaturgo de la propia personalidad. El hombre no se diseña a sí mismo, no tiene en sí la potestad de pensar y fabricar su propia esencia. Si pensamos que podemos moldear nuestra vida como una masa informe, las tensiones y contradicciones enseguida empezarán a aflorar.
La libertad, verdadero núcleo de la personalidad humana, tiene más que ver con encontrar vías en la realidad que nos permitan perfeccionar y llevar a plenitud la semilla sustancial plantada en nuestro interior. "¿Quién soy?" es una pregunta que racionalmente desplegada nos lleva a la siguiente: ¿ Lo bueno y esencial que yo encuentro en mi interior cómo puede concretarse en mi realidad? Porque únicamente a través de plasmar mis posibilidades internas en la realidad que me rodea, puedo progresar en el conocimiento de mi mismo. La personalidad nunca es la premisa, sino la consecuencia de mi acción realizada conforme a las potencialidades que hallo inscritas en mi interior. En nada más y nada menos consiste la felicidad.
Ahora bien, ¿cómo conozco mi auténtica potencialidad? Es aquí dónde entra en juego el punto nuclear de la personalidad: la filiación divina. Únicamente descubriéndome a mi a través de los ojos del Dios que me ha creado puedo entender cuál es mi verdadera vocación. El camino del ser verdadero solo se le descubre al que confía su vida a la gracia de Dios. Pues Dios mismo, en su esencia más profunda, es persona y así nos lo ha mostrado en Jesucristo. Por lo tanto, la persona es más persona en tanto más conoce lo que Dios quiere para ella.
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