Ahora bien, ¿en base a qué criterio realizamos esta selección de lo múltiple (y potencialmente infinito) de los datos de nuestra experiencia? ¿Cómo opera la conciencia al ordenar jerárquicamente aquello que considera valioso y aquello que no?
El hombre unifica su experiencia en base a fines. Los propósitos de la persona, los bienes que persigue, constituyen los criterios rectores de su organización perceptiva, íntimamente unida con la acción. La experiencia se estructura en torno a los fines del sujeto que experimenta sentido. ¿Hacia qué bien me oriento? La respuesta a esta pregunta sera el parámetro que determine el sentido que soy capaz de captar. Mi mayor o menor unidad en la proyección de sentido indicará la calidad del bien que persigo.
¿Podría darse que el mecanismo de aprehensión de la realidad tuviera, en el fondo, una estructura religiosa? ¿Son los bienes más verdaderos aquellos que me permiten apreciar un mayor sentido? Si así fuera, en la búsqueda del bien más elevado (=Dios) encontraría el sentido que me permite unificar mi experiencia de la realidad. Lo que parece claro es que el sentido que experimentan las personas parece estar estrechamente unido con el fin o meta que se proponen: todos buscamos algo, la cuestión es qué. Tal vez la ausencia de sentido, así como las distintas formas de nihilismo, responda a una búsqueda incorrecta o mal orientada.
Volviendo a la atención, vemos que presenta una estructura de integración paulatina de lo real en un horizonte cada vez más amplio, capaz de integrar en sí más elementos. El hombre parece aspirar, en su proceso de conocimiento, a integrar la totalidad de los componentes de la realidad y a desvelar su verdadero sentido. Si pensamos que esta integración se realiza en base de los fines o bienes que perseguimos, entonces cabe preguntarse si no sería precisamente en la búsqueda de la fuente del sentido mismo (=Dios) donde podríamos incorporar más elementos y captar con mayor profundidad su verdadero sentido.
La realidad parece incapaz de explicarse completamente a sí misma. El sentido únicamente puede nacer y crecer en remisión a una trascendencia que siempre permanece allende. Para encontrar más sentido en mí mismo y en las cosas, he de seguir buscando más allá de ellas, aprendiendo a situarlas en un horizonte de relación con otros factores cada vez más amplio. Eso solo puede hacerse en relación a Dios.
Si el hombre no se propone a Dios como fin, no puede avanzar en la aprehensión del verdadero sentido de las cosas. No le es posible acceder a una percepción unitaria de la realidad, cada vez más amplia, sin una orientación existencial dirigida hacia Dios. De otro modo, el desplazamiento en profundidad de la atención quedaría bloqueado. Dios, y nuestra cercanía a Él, es la garantía de que podamos ir paulatinamente profundizando en el verdadero sentido de las cosas, en una hondura a la que, sin embargo, nunca terminamos de acceder del todo. Quitar a Dios de la ecuación significa renunciar a la cercanía de las cosas, los demás y uno mismo, dejar de integrar sus diferentes manifestaciones en una visión de las mismas cada vez más amplia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario