sábado, 25 de abril de 2026

Volver a sentir la verdad

 La verdad es, a la verdad hay que dejarle ser. Porque lo que es “es”. Estas consideraciones de puro sentido común que parecen tan triviales constituyen el primer latido del conocimiento. Todo sentir viene precedido de una forma de ser, sea externa o interna. 

Muy significativamente el diccionario nos ofrece esta primera definición de la palabra “sentir”: Experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas. Algunos sinónimos podrían ser experimentar, padecer o percibir. El vocablo latino sentire ya nos habla de esta estructura intencional de la experiencia humana, lo propio del hombre es darse cuenta de algo. Repito, esa referencia puede ser interna o externa, pero siempre se dirige hacia algo que no es el hombre. Todo sentir se orienta a un ser, y ese ser es verdadero en tanto de otra manera no habría sentir posible. 

Ahora bien, no hay sentir neutral. Si para conocer la verdad ser y sentir tienen que converger, hay que determinar qué forma de sentir es la adecuada para experimentar el verdadero ser de las cosas. El sentir no es una entidad separada, el sentir es ante todo un sentimiento. El sentimiento es el hecho o efecto de sentir. Todo lo que sentimos nos produce un sentir, una sensación, un estado de ánimo. La multiplicidad está servida. Hay tantos sentires como objetos que recalan en sujetos. Si hay ser parece quedar difuminado por la gran policromía de sentires. ¿Cómo podemos aclarar el verdadero ser entre tantas afecciones distintas de las cosas que son? 

Escalemos los sentires en referencia al ser. Hemos dicho que el ser tiene precedencia sobre cualquier tipo de sentir. Pues bien, lo que nos interesa es descubrir qué sentir realiza plenamente esa subordinación al ser que permite la manifestación de la verdad. ¿Qué sentir es el que me garantiza un verdadero conocimiento de la cosa tal cómo es?  ¿Qué sentir es el que nos permite esa sumisión al ser? 

El amor es el sentir más pleno. En eso todos los hombres coinciden. Las experiencias amorosas son las reliquias preciosas que guardamos en los cajones más selectos de nuestra memoria. En el amor parece que sentimos al otro exactamente como es y nos complacemos en esa visión. En una súbita aparición nos sentimos conectados con todo lo que nos rodea y tenemos la indubitable convicción de que comprendemos en profundidad su auténtico ser. En el amor se revela la esencia de lo que existe. ¿Puede comprenderse el ser de algo si no se ama, si no se acoge su sustancia con todos sus contrastes? A diferencia de lo que se ha defendido en la modernidad, la experiencia de la verdad no es aséptica. Viene siempre teñida por un determinado sentimiento. Lo que aquí defiendo es que el sentimiento que nos permite conocer algo en su verdad más profunda se llama amor. 

Pero sigamos ahondando en la cuestión. Hay muchos tipos de amores. Cada persona seguramente nos contará una versión diferente de lo que entiende por amor. Parece entonces que el amor también admite gradación. Por lo que sería conveniente preguntarnos: ¿Qué amor es el más verdadero?, ¿Hay amores con la pureza suficiente para penetrar en el núcleo más íntimo de la realidad?, ¿Cuáles son mejores y cuáles son peores? El desencanto que ha generado en nosotros la desorientada filosofía idealista de la modernidad nos ha hecho pensar que no existe una forma de amor que nos permita conocer las cosas en su meollo esencial. Su racionalización fracturada que aparta la experiencia integral de la realidad, ha normalizado cosas que la experiencia más básica y común de cualquiera de los mortales desmiente. El hombre es una unidad armoniosa que merece ser defendida frente a este pensamiento desnaturalizado. Hay que volver a abrir al hombre a todas las posibilidades que contiene en sí. Somos criaturas que pueden sentir el ser, aunque muchos quieran olvidarlo. 

Voy a servirme de la clásica categorización que se ha hecho de los amores para llegar hasta la forma más elevada conocida como ágape donde encontramos plenamente realizado el sentido de la apertura al ser. Porque de una manera u otra, todas las filosofías defienden una apertura al ser que nos permita un acceso al conocimiento de lo que las cosas son. Pero es una evidencia que el hombre no puede abrirse a lo que no ama. Los prejuicios son losas que solo caen con el amor. Pero, ¿puede el hombre experimentar un amor tan grande en el que todas las cosas tengan cabida y lugar? ¿Puede su amor dilatarse con esa amplitud? Veremos que no, veremos que el ágape que nos permite progresivamente ahondar y conocer la esencia de las cosas es un don divino. Solo mediante participación en la infinita extensión del amor de Dios puede el hombre hacer suyas todas las cosas y amar su verdadero estatuto ontológico. 

La primera forma de amor, la más básica e instintiva es el eros. El eros nace de una pasión embriagadora que seduce al que la padece. Es un sentir profundamente vinculado a nuestra faceta más animal y al deseo erótico. Lo más característico de esta forma de amor es su conexión con la búsqueda del placer y la libidinización. Su sensualidad y fuerza arrebatadora hacen que sea la forma de amor más evidente, pero eso no significa que sea la más verdadera. Sin duda es uno de los síntomas más claros que atestiguan el deseo de saciedad y plenitud que se esconde en el corazón del hombre, pero lo propio de esta modalidad amorosa es su fugacidad. El eros dura más o menos en función de la experiencia, pero se acaba apagando con el tiempo. El eros siempre deja insatisfecho. 

Un segundo sentir amoroso es la philia, también conocida como amistad. Aristóteles le otorgó un papel central en la construcción del carácter y la vida buena de la persona. Tanto es así que la consideró como una de las más elevadas formas de virtud. Este amor fraternal que nos lleva a tejer lazos con nuestros semejantes es una de las piedras angulares sobre las que edificaremos nuestra manera de ser. Quien ha tenido un verdadero amigo entiende el valor y el tesoro que constituye esa relación, es consciente del bien incalculable que se ha recibido del otro. La verdadera amistad nos ayuda a descubrirnos a nosotros mismos, a ser queridos por lo que somos, a forjar una auténtica autoestima. Yo diría que la philia es la base de todo ágape, la amistad es la mejor escuela de amor que tenemos a nuestro alcance. 

Antes de entrar en el ágape como amor total que nos permite adentrarnos en el conocimiento verdadero de lo que las cosas son, conviene resaltar las limitaciones de las dos otras formas de amor como sentires que nos permiten entender la realidad. En primer lugar, el eros es una pasión. Cuando lo padecemos nuestra percepción queda distorsionada por la megalomanía del deseo. El sentir erótico es demasiado instintivo, incluso en muchos casos demasiado egoísta. Es imposible formarse ideas claras y distintas en medio del torbellino pasional. Por lo tanto, el eros no nos permite una auténtica comprensión y profundización en el ser de las cosas. Por otro lado, la philia también tiene sus limitaciones. La amistad es intrínsecamente selectiva. Nos hacemos amigos de aquellas personas con las que tenemos cierta afinidad, incluso aunque al principio no lo pareciera. Tenemos amigos porque más o menos conscientemente entendemos que nos reportan un provecho. La amistad discrimina sin querer, deja de lado aquellas facetas de la realidad que no nos gustan o sirven de ayuda. Esa parte calculadora hace de la philia una forma de amor limitada. No todas las personas nos gustan, no todas nos sirven como amigos. La amistad es una divinidad fragmentada. 

Vayamos, ahora sí, al ágape como forma amorosa por la que podemos dirigirnos a la esencia de las cosas. En el evangelio de San Juan encontramos el siguiente pasaje: "Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él". De la misma manera, Dios es verdad; y el que permanece en la verdad, permanece en Dios, y Dios en él. ¿Se puede conocer el ser prescindiendo de la raíz que lo sostiene? La modernidad es la prueba fallida de que no. El pensamiento contemporáneo trata de tomar aire tras la impotencia y la confusión resultantes de ese fracaso. El hilo irreductible que une verdad y amor quedó opacado, confundiendo a tantos hombres que se embarcaron en una búsqueda de la verdad desconectada de su fundamento. Esa desconexión respecto a la lógica y la racionalidad del amor han ido progresivamente ensombreciendo la vida del hombre hasta sumirlo en un estado de desesperación natural respecto a sí mismo y lo que le rodea. 

Pero se me dirá: ¿puede el hombre tener un sentimiento de amor tan pleno que el acceso a la verdad quede por fin al descubierto?, ¿cómo puede uno encontrar esa vereda?, ¿qué camino le adentra en esa vivencia (Erlebnis)? Desde fuera sé que puede parecer incomprensible la afirmación de que existe una experiencia interior que permite al hombre hacerse receptor del amor de Dios y acceder a la verdad. ¿Porqué Dios iba a conceder a unos privilegiados ese don y al resto no?, ¿Acaso tiene algún tipo de favoritismo? Y la respuesta es un no rotundo. El don de la fe que insufla amor a la razón y le permite elevarse al conocimiento de la verdad iluminada bajo el favor divino está presto a concederse a todo aquél que deje espacio interior suficiente para recibir dicha gracia. 

El hombre desde su reducida perspectiva no es capaz de comprender la abismal dependencia que su pobre alma tiene respecto a su creador y redentor. El Ser de Dios recorre y sondea amorosamente cada uno de nuestros pensamientos, acciones y deseos. Lo que pasa es que la mayoría de las veces optamos por ser nosotros mismos los fundantes de la verdad, y por eso lo más fundamental queda oculto a nuestra mirada. El hombre en su proceso de acceso a la verdad tiene que estar dispuesto a aprender a vivir desde el Amor de Dios porque solo Él puede sostener y hacer fructificar el proceso emprendido por el mismo. ¿Qué menos que para obtener la verdad el dejarse iluminar por su raíz? ¿No hay que perder todo lo falso para poseer en plenitud lo verdadero? Hace falta depositar nuestra esperanzas de éxito no en nosotros mismos, sino en la luz que proviene de Dios. Sin una creencia y confianza total en el Ser que nos ha creado por amor el hombre no puede internarse por las sendas de la verdad. La fe es el camino más racional porque permite al que sabe más que nadie educarnos en la verdad. Pidamos la fe para comprender. Para conocer hace falta admitir la propia ignorancia. 

Para acabar, me gustaría hablar del principal efecto que engendra la fe: el amor. Dios está ahí donde el amor sincero se hace presente. Las cosas tienen estratos de profundidad insondables, en muchos casos yo diría inimaginables. Volved sobre vosotros mismos, ¿no sois para vosotros un misterio que nunca acaba de aclararse del todo?, ¿puede alguien presumir de conocerse perfectamente a sí mismo? Pues bien, tenemos que entender que la esencia de las cosas admite siempre una mayor profundización, todo puede amarse más y mejor. El amor de Dios es un océano inacabable por el que nos tenemos que dejar mecer para comenzar a entender el verdadero ser de las cosas. No existe la contemplación “estática” de esencias, más bien el hombre tiene que aprender a contemplar y asimilar paulatinamente el amor que teje y entrelaza todas las cosas. Esto es algo que no puede hacer solo.


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