martes, 14 de abril de 2026

La filosofía que llevamos más de 5 siglos sin ver

 Con el nacimiento de la modernidad, una forma de filosofar se perdió entre los avatares del tiempo. La fe y la razón fueron desconectadas, la fibra equilibrada del pensamiento verdadero se quebró. El hombre abandonado a sus solas fuerzas se condenó a chocar con los imperturbables muros de la naturaleza. Cayó en el olvido una nota que recorrió el filosofar de todas las grandes mentes de la Edad Media: la indisolubilidad del nexo de su razón con la fe. Su pensamiento estaba abierto a la gracia, a la luz naciente que germinaba del suelo de la revelación. La experiencia natural que contrastaba su razón se hallaba sometida a la autoridad de Dios: fuente viva de la que emana toda verdad inmaculada. No buscaban descubrir la verdad autónomamente, sino hacerse dignos mediante una vida santa de la iluminación que solo Dios puede conceder.  


¿Por qué dejamos de filosofar cristianamente?, ¿Por qué perdimos nuestra ligazón con la verdad? El filósofo dejó de confiar a Dios sus propios pensamientos, de esperar la luz que proviene de la acción de su espíritu. Pensémoslo bien, abandonamos la raíz del Ser para perseguir sueños vanos de especulación constructiva. Nos cargamos encima un peso que no nos corresponde: la edificación en solitario de un sentido que no comprendemos. 


El filósofo cristiano tiene que aprender a convivir con el misterio. Su tarea consiste en aclarar la realidad y su sentido en la amplitud que Dios mismo le conceda. Su trabajo en ese sentido es dependiente: exige una fecundación externa que excede a su voluntad. 


¿Qué comparten filosofías tan dispares como las de Santo Tomás, San Agustín, Duns Scoto, San Buenaventura, Guillermo de Ockham…? Todas son el resultado de un pensamiento guiado por un mismo espíritu. El rasgo extinto en nuestros días: un pensamiento guiado por la caridad. Estos grandes pensadores sometían y contrastaban cada uno de sus pensamientos a la luz de la revelación. Entendían su filosofía como una misión apostólica: el uso de sus potencias intelectivas se ejercía conforme a la voluntad divina y estaba dispuesto al servicio de las almas. Esta característica hoy nos parece prácticamente inconcebible, pero esos hombres del pasado no dudaron en poner sus anhelos de claridad en manos de Dios. Siendo conscientes que solo la mano del Acto puro de Ser podía dar desvelar las penumbras que los envolvían. 


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