lunes, 4 de mayo de 2026

Verdad y humildad: dos caras de una misma moneda

La pretensión de lograr un sistema de pensamiento sistemático y acabado es la última costra de la que un buen pensador debería desprenderse. Todo saber es necesariamente fragmentario. La idea de una doctrina de la verdad totalmente expuesta es simplemente falsa. 

El ser de las cosas y de uno mismo esconden un gran fondo inexpresable, muchísimos puntos ciegos que el entendimiento no puede aprehender. No es que el hombre no pueda conocerlas, sino que nunca acabará de hacerlo. Lo inagotable es precisamente la cognoscibilidad. 

A Dios no lo conoce nadie. La mayor parte de nuestra intelección racional sobre Él es puramente negativa, decimos lo que no es. Santo Tomás decía: "Este es el mayor conocimiento humano de Dios: saber que no sabemos a Dios". La mayor sabiduría consiste en reconocer que Dios permanece oculto y, no obstante, dedicar todas nuestras fuerzas a descubrirlo en las cosas.  

Del mismo modo, las cosas creadas también son insondables. Su creaturidad significa que solo a Dios resultan verdaderamente accesibles y que la razón de su existencia última no la podemos llegar desvelar. 

Sin aceptar esta realidad y limitación última, el hombre está condenado a quedar encerrado en idealismos lacerantes que le impedirán avanzar hacia la plenitud a la que la realidad le llama. La humildad se abre así como la única puerta que da a la verdad que Dios nos quiere ir revelando. Toda construcción intelectual humana se convierte en una autolimitación para el propio hombre cuando vuelve el rostro a la verdad. 

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