domingo, 3 de mayo de 2026

Mamá

María es el camino a Jesús. Ella lo llevó en su vientre, lo crió y educó, se admiró de su sencillo misterio. En su mirada encontramos la sabiduría más profunda que el hombre puede alcanzar. Su alma fue un remanso de paz perfectamente acompasado con el latido de su hijo. Dios mismo buscó cobijo junto a ella, tan preciosa era a sus ojos. Nuestra madre nos mostró el gozo de vivir con el corazón enteramente volcado en el amor, atado con todas las cadenas a la voluntad cuyo seguimiento nos garantiza la libertad. 

María no lo entendió todo, pero no separó en ningún momento de Jesús. Su confianza en la promesa hecha por Dios le bastaba para dar con amor todo lo que tenía. María fue el recipiente más bonito en el que Dios ha sido vertido, en su alma no encontró traba alguna. Todo le servía a María para mirar con más ardor al cielo. María ha sido la única con valentía suficiente para afirmarlo todo, para amarlo todo. 

Ella es Reina porque ama con la misma ternura de Dios todo lo creado. Es nuestra madre porque nos cuida con el todo el mimo y cariño con el que se ocupó del niño Jesús. Como nunca dejó de amar, Dios le ha concedido ser fuente de amor que salta a la eternidad para todo aquél que se refugia en sus brazos. La inmaculada pureza de su corazón no conoció límite alguno y se expande ahora entre todas las criaturas que han salido del seno del creador. 

Volvamos a Dios por ella, nazcamos de nuevo al amparo de su manto. Ella es el amor escondido de nuestra vida, la madre que nuestros miedos reclaman. 

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