domingo, 10 de mayo de 2026

Una interioridad velada

Consideremos qué es lo que vemos cuando miramos en nuestro interior. Negarse a dar el paso de preguntarse a uno mismo, con sinceridad y sin reservas, por la profundidad de las propias vivencias constituye una de las principales fuentes de desasosiego de nuestra época. Hoy tenemos la sensación de que el acceso a la propia intimidad es algo desagradable que conviene evitar. Intuimos en esa interiorización un proceso doloroso, de resultado incierto, del que no sabemos si saldremos indemnes. 

¿Porqué qué es lo que emerge de esa mirada? En primer lugar, una capa acumulada de preocupaciones, miedos y angustias que han ido formándose en la superficie de nuestra interioridad. En nuestro camino hacia nosotros mismos siempre se interpone una niebla de inquietud antes formas del mundo que no sabemos cómo interpretar y que nos dan miedo. Muchas veces ese enclave parece insuperable y, lamentablemente, lo es: muchas personas se pierden en esa comarca del alma. En ese primer paso, la desesperanza puede alcanzar niveles muy altos de densidad. Lo difícil es seguir profundizando, sin rechazar esa dificultad, en busca de algo que se extienda más allá del sufrimiento sin sentido. Las voces se entrecruzan, las sugestiones nos dividen, los miedos adquieren dimensiones desproporcionadas... Todo parece indicar que la oscuridad y la confusión son el destino inevitable de la persona. En esa región, se da uno cuenta de su intrínseca limitación, de la ingente cantidad de cosas y padecimientos que escapan a su comprensión. La sinceridad con uno mismo nos lleva a reconocer lo poco que, en verdad, nos conocemos a nosotros mismos. Hay tantos paisajes que no sabemos cómo interpretar, tantos sufrimientos que no sabemos integrar, tantas corrientes interiores que nos arrastran en contra de nuestra voluntad... En ese primer acceso a nuestra alma, siempre nos acompaña la sensación de que estamos padeciendo una injusticia, un agravio que no deberíamos experimentar. Podemos intentar explicar lo que vivimos desde un prisma meramente humano, pero eso no nos libra del sufrimiento. La verdadera sinceridad interior, que acepta, reconoce y trata de afrontar esas tinieblas que encuentra en sí, comprende que tiene que dar otro paso, que no sirve de nada resistirse a entregar su corazón herido. 

Se pueden buscar evasiones, cosas exteriores que nos distraigan de dar ese paso. Uno puede encallar en la propia soberbia y negarse a aceptar la realidad de esa zona oscura. También puede volver hacia atrás y olvidar el recorrido caminado. El hombre tiene libertad para afrontar la verdad de diversas maneras, pero eso no quita que solo exista una forma adecuada para avanzar. 

Desde la razón más objetiva, el reconocimiento de la realidad interior nos exige dar otro paso para convertir lo que nos inquieta. La lealtad a la vivencia nos tiene que llevar a pedir ayuda. Callarse y no hacer nada es relativamente fácil; lo que exige valentía es exteriorizar que se está perdido. El solipsismo es la muerte de la interioridad: la soledad se convierte inevitablemente en un laberinto sin salida. La oscuridad cerciora su reinado cuando nos rendimos a no encontrar un acceso a la realidad que nos permita respirar. Sucumbir ante lo incomunicable es renunciar a encontrar una solución. Hoy vemos cómo tantas personas se hunden bajo el peso de la incomprensión; pensando que nadie puede entenderlas, se aíslan y se vuelven herméticas para los demás. 

El hombre es un ser relacional: su naturaleza está pensada para comunicar y exteriorizar la intimidad. Una sociedad que niega a los hombres el derecho a revelar su fragilidad interior se vuelve totalmente inhumana, inhabitable. En nuestros días, hemos asumido como algo positivo ser sujetos estancos e impenetrables; pensamos que esconder nuestra vulnerable condición nos hace mejores. Pero es todo lo contrario: nos vuelve incapaces de acoger lo único que puede ayudarnos. El miedo que nos produce la mirada de los otros sobre nosotros se debe a que nos recuerda la indignidad del agujero en el que nos hemos escondido. 

Así que el primer paso para hallar un camino hacia la plena interioridad es la confección de una red relacional sincera con las personas que nos rodean. La comunicación con los otros es el primer paso para hacer inteligible lo que vivimos en la propia piel. 

Ahora bien, este no es el paso definitivo que nos llevará a la auténtica intimidad, al gozo de entender con verdadera profundidad su sentido. Para llegar a ser más uno mismo hace falta dar otro paso. La comprensión que los demás tengan de nuestra propia vivencia, de nuestros sufrimientos, miedos y oscuridades será siempre limitada. El otro nunca podrá suplantarnos poniéndose en nuestra propia piel. Nos verá desde fuera y tratará de enjuiciar lo más certeramente posible a partir de su experiencia y los efectos tangibles de lo que le mostremos, pero siempre quedará ese punto ciego al que no puede acceder, por muy buena voluntad que tenga. 

La forma de plenitud relacional solo puede alcanzarse con Dios. Y qué suerte hemos tenido de que nuestro Dios sea precisamente eso: relación. Dios es una perfecta y continua donación de amor, que siempre nos hace receptáculos de recibir una comprensión más profunda. "Deus intimior intimo meo". Desde el conocimiento que Dios tiene de mí puedo encontrar la luz que me permita iluminar cada una de las facetas de mi vida y descubrir el sentido de todo lo que me sucede. Solo a través de la comprensión y la asunción de nuestra filiación divina podemos alumbrar todas las formas que alberga la intimidad. 

La fe, ese paso y encuentro que nos lleva a tejer una relación con Dios, pasa por la confianza: por el reconocimiento, desde lo más profundo del corazón, de toda la realidad de nuestra alma, con sus luces y sombras, sin negar u ocultar nada. Dios es la transparencia absoluta que saca todo a la luz y lo vivifica en el amor. Dios es el único que nos puede guiar a una intimidad sana y verdadera. Él no rechaza nada, lo perdona todo, lo ama todo: nos da las herramientas necesarias para curar nuestra relación con nosotros mismos, para comprendernos y aprender a mirarnos con su mismo cariño y ternura. Dios es la plenitud de una interioridad rescatada por el amor. 




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