La ontología contemporánea se caracteriza por su fragilidad. Inmersos en un idealismo exacerbado, las concepciones que nos formamos de la realidad se derrumban al menor contratiempo. La desesperanza aflora de inmediato: basta un leve imprevisto para poner de manifiesto la ausencia de contenido real sobre la que construimos nuestra mirada sobre el mundo.
Se nos ha inculcado la idea de que la realidad debe ajustarse a nuestras proyecciones y deseos; cuando no lo hace, el abismo del vacío recobra toda su fuerza. El ritmo de la mente se encuentra completamente desacompasado respecto del de la realidad. El efecto es nefasto: el cansancio de perseguir lo imposible que termina por desembocar en el hastío de vivir. La felicidad no puede construirse sobre la nada o sobre escenarios imaginarios, sino que debe anclar su fundamento en la realidad.
En el esquema de las ontologías de la fragilidad que arrastran muchos de los hombre de nuestro tiempo, el sufrimiento no debería existir ni desempeñar papel alguno en la existencia. El dolor con el que nos encontramos en el día a día se oculta: buscamos evadirnos de su presencia. De la misma manera, intentamos encubrir el mal que notamos en nuestra propia piel; esta actitud, o bien nos vuelve herméticos e insensibles ante la realidad, o bien origina en nosotros un principio de alienación que genera profundos desequilibrios. En lugar de integrar todo en nuestra concepción de la realidad para tratar de hallar una solución, optamos por escindir lo existente conforme a parcelaciones ideales que, de algún modo, nos resultan atractivas.
En un mundo como el nuestro, ¿de dónde sacaremos las fuerzas para aunar todas las cosas, ideas y relatos en un mismo núcleo de sentido? ¿Puede volver a amalgamarse toda la realidad hasta formar una única cosmovisión verdadera? La tarea parece humanamente imposible, y lo es. La fragilidad es un síntoma de la impotencia.
¿Cómo lo haremos entonces? Únicamente volviendo a Aquel que es fuente y motivo de todo lo existente. El embrollo en el que nos hemos metido solo Dios puede salvarlo. Mirando las cosas desde Él podremos volver a reunir lo que aparentemente parece irreconciliable. Que no nos extrañe que el hombre sin Dios ande perdido: ¿podría una oveja encontrar por sí sola el redil y entrar en él sin la ayuda del pastor?
En nuestros días, una metafísica del Ser es algo que, dada la situación, solo puede volver a engendrarse desde Dios.
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