¿Cómo se puede llegar a tanta ceguera autoconvencida? Vivimos en un mundo que proclama su autosuficiencia a voz en grito, un mundo que huye en estampida de la región del corazón, un mundo en el que el maligno se viste bajo el ropaje de profeta ético.
Uno de los principales peligros de nuestra época es el de erigirse a uno mismo como baluarte del bien, tomar proyectos en apariencia convenientes por finalidades en sí mismas. Construimos ilusiones de bondad irrealizables. Porque hay tener en cuenta que el bien solo procede de Dios: santo solo hay uno, Jesucristo. Después nos extrañamos de nuestros descalabros: apartarse de Dios es quedar a merced de las tentaciones del demonio.
Una de las estrategias más utilizadas por aquel que más nos odia consiste en esbozar en nuestro interior falsos proyectos de bondad que, en realidad, nos apartan del verdadero bien que sí estamos llamados a realizar. De hecho, el auténtico bien se ve entonces distorsionado. Un ejemplo: la persona que, renegando de cualquier compromiso familiar, se lanza por completo a la consecución de un proyecto profesional o a la satisfacción de sus propios deseos. Esa persona, arquetipo de nuestra época, toma como finalidad última de su vida un fin caduco que, por mucha euforia y placer que puede proporcionarle, terminará pasando. Enfrascada en su propia realización, ha abandonado a sus seres queridos, ha descuidado la construcción de relaciones de amor y amistad duraderas, capaces de brindarle verdadera felicidad, y ha perdido el horizonte de sentido de cualquier otra realidad. Al final, los bienes del ego acaban siendo paja de la que uno termina arrepintiéndose.
Vivimos en la sociedad de la ingratitud. En vez de dar gracias por las maravillas que Dios nos ha regalado y constantemente nos procura, vamos en busca de falsos bienes proyectados por un ego exacerbado. Nuestra incapacidad para gozar de lo que tenemos es el resultado de un profundo proceso de distorsión del bien.
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