Nuestra época ha invertido esta base indeclinable de toda concepción temporal. En la mentalidad contemporánea predomina una asunción del tiempo como concatenación de instantes separados e independientes sin ningún hilo conductor. Se parcela el tiempo de una manera que resulta imposible discernir el mismo impulso vital que alienta todos los instantes. Los acontecimientos fragmentarios poco a poco van desgastando la conformación natural de una conciencia unitaria.
Porque, ante todo, es necesario entender que el tiempo siempre desde la perspectiva de un hombre concreto. La línea temporal no es una realidad separada que discurre allende a las formas conscientes. Todo tiempo es tiempo para un hombre con una tendencia marcada hacia un futuro que se abre. Sin ese horizonte personal que hace discurrir el tiempo no habría posibilidad de concebirlo.
El olvido de la temporalidad viene acompañado de un desgaste de la persona como horizonte de sentido. El tiempo azaroso y fragmentario que sacude y enturbia el ser más íntimo del hombre se esgrime hoy como vivencia social de la que no es posible sustraerse. El espíritu, único recipiente de la temporalidad, ha sido socavado en sus raíces.
Esta reducción del presente a instante aislado, enclave de una serie inconexa de islas temporales, ha ensombrecido el sentido de la libertad del hombre y su proyección en una circunstancia dada. Sus efectos más notorios son la pérdida de la memoria y la incapacidad de proyectar un futuro de sentido.
La memoria es expectativa realizada en el presente que ingresa en el pasado. Eso quiere decir, que todo el almacén de vivencias que guarda la memoria fue en un primer momento futuro. La memoria es futuro sedimentado. Todo esto nos indica que la capacidad del hombre de proyectar su futuro y encauzarse hacia un mayor grado de libertad depende, en gran parte, de lo retenido previamente en su memoria. Una sociedad de personas sin memoria es la culminación de una forma esclavitud que ata al hombre a un presente ante al que nunca sabe cómo reaccionar. Un hombre sin memoria es alguien sin capacidad para abrir el curso de su libertad en el mundo.
Por otro lado, vivimos en una sociedad con un temor sin precedentes hacia el futuro. El futuro paraliza a muchísimos hombres que se sienten impotentes a la hora de proyectar una respuesta hacia delante. La muerte es la cima de esa pirámide de angustia, se la visualiza como un precipicio con un fondo oscuro e insondable. De nuestra incapacidad de interpretar lo pasado y lo vivido nace el miedo al borroso telón de lo advenedizo. En definitiva, una grueso telón cubre la lejanía temporal y eso genera en nosotros una angustiosa impotencia que nos rompe interiormente.
Esta incapacidad para lo pasado y lo futuro, genera en nosotros un desmembramiento del presente. El instante se convierte en una comarca temporal aislada que enseguida se disuelve entre las manos. El nihilismo es la consecuencia necesaria de este erosión de la temporalidad. La libertad se convierte como decía Sartre en una pulsión inútil.
A todo este panorama, solo cabe oponer la libertad que nace de la comunión con Cristo. La libertad cristiana es la única capaz de realizar el sentido del curso unitario de la temporalidad. Solo ella apunta a la unidad total que anhelamos y buscamos alcanzar. La libertad se proyecta así en un horizonte temporal que sirve como vía de aproximación a Dios. Nuestro tránsito por el mundo se abre así como una oportunidad de amar más, de acercarnos más a nuestro ser querido por Dios y de abrazar con mayor verdad la idea original que nos conduce a la plenitud existencial. El hombre que ama más, abraza con más intensidad la temporalidad y puede orientar todo su ser a una mejor asunción de la eternidad. La creencia es la puerta de acceso al presente, actitud que nos permite abrazar todo el pasado y mirar al futuro con esperanza. El camino de la fe es la cercanía temporal de la divinidad y la aproximación al amor pleno.
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