El nihilismo contemporáneo ha tenido como principal efecto la exacerbación de la imaginación. El ser ha dado paso a la imagen. El pensamiento que asume que toda concepción sobre el sentido del hombre y del mundo es una fabulación imaginaria sucumbe inevitablemente a la tiranía de la superficialidad ontológica. El ser se vuelve leve, frágil e intercambiable. La imagen subjetiva se vuelve absoluta y sustituye al fundamento.
El sujeto actual es el resultado de una voluntad encerrada y supeditada a la imaginación. Ha vertido toda su esperanza en imágenes, de las que espera que sean capaces de colmar su carencia ontológica. Somos angustia imaginativa: proyectamos nuestro deseo de ser en imágenes y dejamos de lado el único ser que verdaderamente poseemos. En vez de afrontar los deseos existenciales que llevamos encima por el hecho de ser, construimos imágenes en las que ese vacío no exista.
El yo se convierte así en imagen que proyecto. Da igual lo que yo sea en el fondo; lo único importante es la imagen que el propio sujeto y los demás tienen de él. La ontología se vuelve espectrología. La vida es despojada de todo contenido o peso.
El mundo entonces pasa a ser un obstáculo o medio al servicio de las imágenes finalísticas que proyecto. Todo se convierte en terapia: pasamos a establecer una relación de utilidad con las cosas, esperando a que estas alivien el vacío existencial del que no puedo sustraerme.
Porque el hombre solo tiene dos posibilidades: creencia o nihilismo. O fe y razón se conjugan en la búsqueda del conocimiento de la verdad, o acaban degenerando mutuamente en idealismo y fideísmo, cuya consecuencia inevitable es el nihilismo. El <<imaginacionismo>> es la última etapa del proceso de decadencia de las facultades congnoscitivas del hombre.
El sujeto contemporáneo ya no piensa, no es capaz de articular con sentido común la fe y la razón. El hombre actual solo imagina. Las ideas siempre inacabadas que nos formamos de las cosas son sustituidas por imágenes subjetivas cuya pretendida semejanza con la realidad resulta, en el fondo, simplemente ridícula. El tiempo, medio espiritual en el que las ideas van forjándose, ha sido eclipsado por la pura espacialidad, que eleva las imágenes a cánones sagrados de lo real.
Pero, ¿por qué las imágenes son tiránicas y nos impiden ver la realidad? Vayamos paso por paso. Hoy las imágenes se estampan en sujetos sin memoria, incapaces de contrastarlas con otras anteriores. La desaparición de la temporalidad ha generado que la imagen proyectada en el instante presente se convierta en el sentido último de la realidad. Pero no es solo eso: las imágenes se construyen con una cantidad ingente de influjos distorsionadores. El sujeto que produce la imagen lo hace bajo el torrente de impulsos, deseos y miedos desordenados que acaban determinando el perfil final de lo imaginado. Además, realiza la proyección de la imagen midiendo el efecto imaginativo que esta causará en las otras personas. En la formación de una imagen hay tantas interferencias que es prácticamente un milagro que coincida en algún aspecto con la realidad que trata de copiar.
El narcisismo que asola nuestra sociedad no es otra cosa, que la adoración que tributamos a falsas imágenes, aparentemente atractivas, que proyectamos de nosotros mismos. El sujeto pasa entonces a venerar un falso yo imaginario que le ayuda a soportar una carencia ontológica que, en la angustia, siempre amenaza con volver a salir a flote. Se rinde culto a la imagen porque si no la nada se volvería insoportable.
Pero, ¿qué solucionamos con este falso juego? ¿Dónde queda nuestra verdad, que en ningún momento nos ha sido arrebatada? Lo único que puede volver llenar al hombre contemporáneo es abandonar el enjambre de imágenes y volver a confrontar, sin miedo, su propia realidad: ese yo misterioso que pensamos que es digno de ser amado. Las imágenes nos laceran, no hacen honor a nuestra gran dignidad. Distorsionan la percepción que tengo de mí mismo y de los demás, todo ello porque están proyectadas desde una falsa superficie.
La cura para las imágenes que nos tienen atrapados pasa por volver a percibir la realidad desde su sentido último: Dios. La metafísica no es imaginación: el fundamento es lo único que evita que nos descarrilemos. La fe sostiene a la razón y perfecciona nuestro conocimiento de la verdad. Sin Dios, todo se vuelve insoportable, una cárcel de imágenes absurdas. Hoy lo único que nos puede salvar es volver a descubrir que Dios sostiene y garantiza el sentido a través del amor; solo eso puede devolvernos la confianza ontológica que mendigamos en vanas imágenes. Lo que el hombre necesita es descubrir en Jesucristo a un Dios cercano que ama, da sentido y lleva a plenitud una existencia que, de otro modo, se perdería en la carestía.
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