domingo, 3 de mayo de 2026

¿Cómo volver a las cosas?

El nihilismo es, a menudo, consecuencia de la quiebra de un idealismo. Nos acercamos a la realidad con unas expectativas que hemos construido interiormente; al comprobar que no encajan, regresamos a nosotros mismos decepcionados. Entonces lo intentamos de nuevo: corregimos el elemento que ha hecho tambalear la teoría y repetimos ese movimiento expansivo de conquista que parte de nosotros mismos. De esta manera, se asume el pensamiento como el punto de partida que nos permite acceder a toda verdad susceptible de ser conocida. 

El constante rechazo que la realidad opone a los esquemas con los que nos movemos hacia ella nos lleva a pensar, de manera irreflexiva, que el problema reside en el mundo, que la estructura de la realidad es deficiente. Sin embargo, en ningún momento se nos pasa por la cabeza cuestionar los propios moldes mentales con los que la abordamos. 

El desencanto que acompaña a toda forma de nihilismo es fruto de una resistencia interior a reformar lo propio. Es la lógica del ego frustrado que, al no ser capaz de fundar la verdad desde sí mismo, opta por despreciar la realidad. 

Si se ha dado a la metafísica por muerta ha sido porque se ha producido una transvaloración injusta: se ha asumido que todo movimiento en pos de la verdad parte de una relación dentro-fuera que el pensamiento pretende producir. Sin embargo, la auténtica metafísica plantea la relación inversa: el horizonte de sentido se abre a partir de la renuncia a las propias categorías y de la contemplación de las cosas tal como son. 

El ocaso filosófico que presenciamos en nuestros días se basa, sobre todo, en una negativa del pensamiento a afirmar la realidad. El sujeto está demasiado aferrado a sí mismo como para ceder el paso a las cosas. 

¿A qué se debe esta resistencia? ¿Porqué el hombre contemporáneo es incapaz de no rebelarse contra la realidad? La respuesta es paradójica, pero no por ello menos cierta: porque se niega a aceptarse a sí mismo. Cuando el hombre entra de verdad en sí, descubre la ausencia total de categorías para explicarse lo que acontece en su interior. La falta de certidumbre sobre la propia intimidad es lo que genera temor y nos empuja a identificarnos con yos desdoblados que nunca hacen justicia al verdadero misterio que late en nuestro interior. 

El desmembramiento ontológico de la realidad se debe a una huida del centro vital del hombre. Porque resulta que la realidad de las cosas y la insondable intimidad del hombre comparten un mismo fondo: un Dios amoroso que concede a la existencia la posibilidad de florecer. 

¿Cómo va el hombre a leer con el entendimiento la realidad de sí mismo y de las cosas si se niega a aceptar su fundamento? ¿Si se niega a conocerlo? La vida sería como asistir a una película sin comprender lo que ocurre en la pantalla. Si no me entero de que soy hijo de Dios, ¿entonces de qué narices va todo esto? Nos enredaremos en mil planteamientos teóricos, pero sin llegar de verdad a ninguna parte. 

Pero, ¿cómo vamos a Dios? ¿Dónde descubriremos la indiscutible claridad de su presencia? Si existe ese fundamento, ¿dónde se esconde? Si está en todos, y de todo es la base existencial, ¿por qué no logro captar su presencia? 

¿Porqué? Porque nos apartamos de su presencia y quedamos atrapados en el pecado. El principal efecto del pecado consiste precisamente en desviarnos del camino de plenitud y verdad que Dios concedió a los hombres al principio de la creación. Estamos en lo cierto al pensar que el mundo no debería ser tal como lo conciben los hombres, que nuestros esquemas son inadecuados para percibir la verdad de las cosas. La deformación ontológica es uno de los síntomas del pecado. 

Pero la pregunta que nos preocupa es esta: ¿cómo percibir de nuevo el fundamento? ¿Dónde se me revelará con nitidez ese amor que Dios no ha dejado de profesarnos? ¿Es clara la respuesta? El objeto escondido de nuestros anhelos en esta tierra, el único que puede mostrarnos con indudable certeza el amor del Padre, es Jesucristo. 

Jesús de Nazaret es la única palabra de Dios Padre. Él fue precisamente el enviado para librarnos de nuestros pecados y, en su ejemplo, volver a encontrar la senda del amor y la verdad. Probemos a creer en Él de verdad, comprometiendo la existencia al verdadero Dios y verdadero hombre, y veremos. Dejemos hablar a la realidad. A lo mejor, caminando con Él en su Iglesia, todo vuelva a su lugar. Lo que está claro es que la verdad no puede contradecir a la verdad. 

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