lunes, 11 de mayo de 2026

La cárcel del yo

Existe una limitación intrínseca en las diversas tentativas de la filosofía moderna. No es un error consciente; más bien, es una necesidad epistemológica de primer orden: la imposibilidad de salir del paradigma del yo como única fuente de conocimiento. El sujeto no puede sustraerse a sí mismo; el ego constituye la posición cognoscitiva natural en la que se encuentra el ser humano.   

Desde el cogito cartesiano, pasando por la mónada en Leibniz, el sujeto trascendental con sus estructuras a priori en Kant, el yo absoluto en Ficte, el Geist hegeliano, la intencionaldad en Husserl o el Dasein heideggeriano, todas estas propuestas parten del yo como frontera infranqueable del conocimiento. Sus planteamientos filosóficos no pueden renunciar a la pura subjetividad como inicio y final de cualquier pretensión de verdad. 

En todos resuena una secreta impotencia: la incapacidad de trascenderse a sí mismos y acceder a la cosa en sí, a la realidad tal como es en sí misma, libre de cualquier interferencia interesada o distorsionante del sujeto. 

La pérdida de Dios y la realidad, especialmente la del prójimo, es el principal atolladero de la filosofía moderna, cuyos efectos todavía percibimos en la época contemporánea. La pura horizontalidad ha llevado a la filosofía al solipsismo, esto es, a la clausura del pensamiento en la propia consciencia. Un conocimiento sin referencia vertical, sin posibilidad de apertura a lo que trasciende al hombre, termina enredado en los laberintos de un pensar estrictamente autorreferencial, sin apoyo externo. 

El hombre que quiere pensar y conocer la verdad tiene que ser asistido por ella. Sin esa rendición íntima a lo que se impone desde fuera, el conocimiento permanece enclaustrado en sí mismo, revolcándose en productos que nunca llegan a estar a la altura del original. 

El acceso a la realidad exige una disposición interior profunda a postrarse ante lo que nos excede. El sujeto no tiene tensarse a sí mismo para conocer, forzándose a razonamientos muy complicados y sutiles sobre la naturaleza de las cosas; tiene, más bien, que aprender a renunciar a dominar y fundar un orden que ya le precede y le es dado. 

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