martes, 12 de mayo de 2026

Humanismo cristiano

Cada época tiene su propio humanismo. El hombre es un ser que especula sobre sí mismo, que busca un modelo o imagen de sí que le ayude a orientarse en el mundo. El gran interrogante de la libertad versa sobre nuestra propia condición: ¿qué es lo propiamente humano? Nos parece que, sin desentrañar ese enigma, no podemos formarnos una idea completa y adecuada sobre el papel de la libertad y nuestra relación con el mundo. 

La vida y capacidad ética dependen, precisamente, del tipo de imagen que el ser humano de cada momento histórico propone como respuesta. El modelo humano, el humanismo imperante, constituye la base del desarrollo moral de la sociedad. Las crisis históricas más significativas -como las del siglo XV o del siglo XX- discurren en paralelo a las grandes crisis de identidad acerca de lo humano. Todos los grandes desastres, como el nazismo o el comunismo, nacieron en culturas que asumieron una falsa imagen del ser humano. 

Pero no es solo eso: una falsa imagen del hombre está, forzosamente, unida a una falsa concepción del ser. No hay concepción antropológica que no sea, en el fondo, metafísica. La noción de ser humano y la concepción sobre el principio fundante de lo real están íntima e indisolublemente asociadas. Partir de una falsa o inconcreta ontología constituye uno de los mayores peligros para el hombre. 

¿Por qué? Porque, como nos demuestra nuestra contemporaneidad, partir de la inexistencia de una naturaleza humana, es decir, de un nihilismo antropológico, conduce a la negación de toda valorización universal. O, lo que es lo mismo, conduce al oscurecimiento y a la progresiva desaparición de las formas morales. 

Ser es obrar. En función de cómo se conciba la propia realidad existencial el hombre estará condicionado, y muchas veces esclavizado, a una determinada manera de orientar su libertad. Vemos cómo la tríada es inexcusable: ser, hombre y libertad son tres nociones inseparables. Las tres remiten a una misma realidad: el misterio que sondea nuestra interioridad. 

El hombre es un ser que busca abrirse camino interiormente, y lo hace relacionándose con el exterior; ambas dimensiones se retroalimentan y se necesitan. El hombre busca fuera las herramientas que le permitan explicarse a sí mismo, es decir, volver sobre sí y aclarar lo que en él permanece velado. Busca una imagen externa con la que realizar una interpretación completa y acabada de sí mismo. 

Pero la impotencia siempre vuelve a aflorar. Nada extrínseco y visible puede colmar la sed de esclarecimiento que el ser humano tiene de sí. Nada hace justícia a un fondo de dignidad que él entiende como irreductible. Su verdad rechaza cualquier estandarización imaginaria. La indagación sobre su realidad última le pone al borde de un abismo: la ausencia de formas o asideros sobre los que reposar. 

Esta situación, pone al hombre ante una tesitura: ¿la respuesta tiene que ser dada o preguntada? El peligro consiste en que la incapacidad que tiene de darse forma a sí mismo le lleven a desesperanzar. La insuficiencia de cualquiera de las imágenes que se atribuye, pueden fácilmente llevarle a un desquite y abandono de sí. 

La otra vía consiste en preguntar, buscar, llamar... ¿a quién? Utilicemos la inteligencia, ¿quién es el único capaz de dar respuesta a los interrogantes que el hombre impotente alberga?  Necesitamos una imagen que esté a nuestra altura: ¿dónde podemos encontrarla? Nos encontramos con que el hombre no puede dar una razón última de sí mismo, pero que, aún así, no por eso puede dejar de buscarla. 

¿Tenemos el valor de preguntarle a Dios? ¿Hemos probado a comunicarle sincera y transparentemente nuestra incapacidad interior? A lo mejor, Dios se encuentra en esa intimidad que no sabemos descifrar. A lo mejor, Dios nos espera en nuestra oscuridad y misterio interior. Tendemos a buscarlo en cualquier otro sitio menos en nosotros mismos. ¿Por qué nos da tanto miedo? ¿A qué se debe el temor a descubrirle en lo más cercano? Se debe, esencialmente, a que no le conocemos. Si lo conocieramos, otro gallo cantaría. 

En el libro del génesis, encontramos el siguiente pasaje: dijo Dios "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, conforme a nuestra naturaleza." Dios confirió al hombre su propia imagen, le concedió riqueza interior inagotable. Si Dios donó algo de sí al hombre, eso ya nos tiene que sacudir completamente. Aunque solo entre en nuestra cabeza como mera posibilidad. Esta frase encierra una verdad profunda y desbordante. No solo eso: "Y vio Dios que era muy bueno". Dios se complació en el hombre, lo hizo la corona de su creación. El humanismo posmoderno que trata de igualar al hombre con el resto de especies de la naturaleza está cometiendo una falta de respeto hacia la propia humanidad: está tratando de rebajar algo que Dios quiso que fuese divino. La imagen que buscamos por todos lados, es la que Dios nos donó al comienzo de todo. Esa imagen es ilimitada: puede crecer tanto como la libertad del hombre quiera, tanto como sea capaz de amar. 

Me gusta resaltar la palabra Hagamos. Nos dice mucho acerca de la naturaleza e imagen divina, que de paso coincide con la nuestra. Dios es relación. En eso consiste esencialmente la santísima trinidad: en ser relación. El individualismo contemporáneo es incapaz de percibir el murmullo divino porque ha creado sujetos estancos y aislados, incapaces de entrar en verdadera comunión con los demás. Si amaramos más, conoceríamos más a Dios. "No es bueno que el hombre esté solo". El pecado no es más que la renuncia a nuestra naturaleza relacional interior. Lo que hace daño al hombre es la búsqueda de sí mismo separado de los otros y de Dios. El miedo a preguntar a Dios coincide con el temor a salir de uno mismo y contactar con lo allende. 

La imagen cayó en tinieblas con el primer pecado de soberbia y autoaislamiento, pero volvió a ser restaurada por nuestro Señor Jesucristo. No en vano dice San Pablo que Jesucristo es el hombre nuevo. Jesucristo es el perfecto hombre: nos devolvió nuestra humanidad perdida, abriendo la senda del único humanismo que conduce a la vida. 

"Y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad." La verdad es santa, nuestra verdad es que somos imagen de Dios. Nuestra verdadera naturaleza y condición consiste en ser templos del espíritu santo, en tener la capacidad de volver a ser semejantes a Dios. Podemos llegar a ser otros Cristos. 

Dios volcó toda su plenitud en el hombre, le hizo digno heredero de su semejanza. ¿Cómo? Uniéndonos a Cristo, y grabando su imagen a fuego en nuestro corazón. ¿Le hemos dado gracias por ello? ¿Nos hemos atrevido a aceptar el precioso regalo que nos hizo? 

Sería una estupidez conformarse con un humanismo que rebaja al hombre a mero organismo natural, incapaz de toda verdad y durabilidad. ¿Hasta cuándo rehuiremos nuestra condición? ¿Hasta cuándo vamos permitir que nos denigren y nos igualen a maquinas o constructos ideológicos? 

El verdadero humanismo vive en Cristo. Solo él es capaz de llevarnos a Dios, a nosotros mismos y a los demás, de mostrarnos el camino de la verdadera libertad. 


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