El hombre es el único viviente que mira sin ver, el único que se esfuerza en no ver o en ver solamente lo que quiere ver. La mirada humana es inteligente, mezcla en su visión conceptos, imágenes, recuerdos y deseos. Son tantos los cruces posibles entre las diferentes fuerzas que actúan en el hombre, que es prácticamente un milagro el que, por un momento, sea capaz de dirigir su atención de manera neutral hacia un objeto o persona. Esa disposición ecuánime ante la realidad requiere un nivel de humildad y repliegue de sí que hace nuestro acceso a la verdad sea insólito y complicado.
Lo es, porque además, exige un proceso temporal dilatado y de muchas renuncias interiores. En una época donde los procesos experienciales han caído en el olvido y reina la inmediatez de los deseos, cultivar esa inclinación en el alma es una tarea que parece prácticamente imposible.
La cosa es que cuánto más se avanza uno por ese camino de purificación interior, únicamente fecundo por la gracia, más se da cuenta de lo poco que conoce y de la gran riqueza que todavía le permanece oculta.
¿Cómo podía obstinarme tanto en reducir realidades que me desbordan? ¿Por qué tenía tanto miedo a postrarme ante los velos que cubren lo real? Ahora vivo rendido ante lo que interior y exteriormente se me presenta. Confiado en la presencia de Dios, no temo reconocer mi completa ignorancia y dejar que su amor y la realidad me vayan instruyendo.
Cada prejuicio es una sombra que tapa un designio de amor. Solo quien esté dispuesto a renunciar a todos ellos puede hacer de la verdad su morada.
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