Hay nociones cuya mera formulación resulta, de por sí, un auténtico prodigio. Que el ser humano pueda abstraer el entendimiento hasta conceptos como el ser o la nada resulta un milagro patente. La pregunta metafísica es la más radical de todas las que puede albergar el hombre. ¿Todo lo que conozco, por qué?Podemos interrogar la totalidad de lo existente, poner en cuestión la globalidad de lo real.
Las cosas son, pero ¿porqué son? Lo que está dado, lo que está delante de nosotros ¿porqué esta ahí? ¿Qué es? ¿Cómo es? Lo evidente es siempre la puerta hacia el misterio. Aquello que tenemos que llegar a conocer no pasa por buscarlo, sino por interrogar con más profundidad e intensidad aquello que nos rodea.
¿Porqué es el ente y no más bien la nada? El ente que tengo ante mis ojos, ¿porqué? ¿Porqué es? Vemos así como la pregunta fundamental, que se interroga por la esencia de lo que el ente sea, nos conduce directamente a la noción de ser. Categoría que, dependiendo de cómo la llenemos, determinará la completa orientación existencial del preguntante. En este concepto ontológico se juega el resto de la comprensión vital de los hombres.
El ser requiere una explicación. Negársela implica ya una caída en el nihilismo, que terminará impregnando todas y cada una de nuestras facetas vitales. Ahora bien, toda comprensión del ser es, de por sí, limitada. El entendimiento humano no puede concebir el ser si no es a través del ente. Lo único que conocemos son entes que son. La especulación sobre el ser se hace forzosamente por analogía. El ser solo puede verse mediante su plasmación en el ente. Por eso decimos que la pregunta por el ente contiene todo el sentido del ser que el hombre puede llegar a conocer.
Pues bien, ¿cómo se llega a captar con profundidad el ser que se revela en los entes, pero que, a su vez, resulta el objeto último y separado de todo conocimiento humano? ¿cómo podemos sumergirnos en una correcta comprensión del ser de las cosas?...
El ser solo puede ser vivido desde su raíz. Sin una firme permanencia en el mismo fundamento, no es posible distinguir sus perfiles en las cosas. El fundamento del ser es el mismo ser, y este no puede ser esclarecido desde fuera. Para conocer la verdad, antes hay que estar dispuesto a sumergirse en ella.
Pues bien, ¿cómo es posible zambullirse en la verdad? ¿De qué manera podemos encontrar el acceso al ser? Por la misma condición de nuestro entendimiento y de nuestra existencia, tenemos que hacerlo de una manera humana, reconocible por todos. La verdad tiene que haber salido a nuestro encuentro con ropajes inteligibles.
El fundamento del ser es el amor, y el acceso al verdadero amor solo se encuentra en Jesucristo. Por las sendas inconfundibles de la verdad discurre quien vive en el amor del Señor. La intuición pura que emana de su bellísima mirada no deja pie a confusión. El hombre, por sí mismo, acaba enredado en razonamientos sin orientación radical. En cambio, quien espera que sea Dios quien le muestre el verdadero ser de las cosas termina profundizando en capas que solo el amor puede descubrir.
¿Porqué el ente? ¿Porqué este ente? ¿Cómo es? Son preguntas cuya respuesta última solo Jesucristo puede desvelar.
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