A través de su análisis etimológico del vocablo griego φύσις, que se traduce como ente o naturaleza, Heidegger propone un recorrido metafísico en torno al Ser. Desde su perspectiva, el lenguaje constituye la premisa o punto de partida que hace posible toda reflexión ulterior.
El lenguaje se erige así como el problema filosófico por excelencia del siglo XX. Todos los pensadores que aspiraron a desarrollar una filosofía rigurosa hubieron de enfrentarse previamente al interrogante lingüístico. La célebre afirmación que dice <<El lenguaje es la morada del ser>> parte de la idea de que, sin esclarecer la naturaleza del fenómeno lingüístico, no es posible acceder al ámbito de lo que es.
Pero aquí se revela propiamente la incorrección del planteamiento: el lenguaje no es una realidad estática ni inerte. No constituye una terminología cerrada susceptible de ser diseccionada de forma aislada. Un lenguaje muerto no puede hablar las palabras del ser.
El lenguaje es, en esencia, una realidad comunicativa viva que se despliega en un contexto histórico y natural determinado. Su carácter contingente, arraigado en una forma de ser concreta, viva e histórica, es lo que determina primariamente su significado. Sostener que el uso deteriora el significado es absurdo. Más bien la práctica lingüística da vida al lenguaje, lo perfecciona y contribuye a revelar marices que ni las propias palabras, en su origen, estaban en condiciones de manifestar. Pretender retrotraerse al significado originario es privarse de toda la riqueza que las palabras han ido acumulando.
Hay que desconfiar de toda terminología purista, ya sea en sentido analítico o etimológico. En las palabras las cosas no llegan a ser ni acontecen su ser. Más bien al contrario: porque las cosas son, las palabras tienen lugar. Toda nomenclatura filosófica bebe, en último término, del lago del lenguaje histórico y natural.
No importa la desvirtuación o la ambigüedad generadas por los múltiples usos del lenguaje; es, de hecho, esa vaguedad creciente es la que nos permite atisbar el sentido de una realidad que nunca se deja apresar del todo. La significatividad de lo real está repleta de correctas incomprensiones, las mismas que nos acompañan en nuestro ejercicio lingüístico cotidiano.
Al denominar las cosas hay que ir con los muchos, porque lo verdaderamente importante del lenguaje es su uso. En ese uso, cada persona se sirve de los vocablos para tratar de esclarecer un objeto que ninguna perspectiva puede abarcar por completo. En la práctica lingüística de cada tiempo histórico, sea el que sea, el ser hecha sus raíces, muchas veces a través de personas que no son eruditos o técnicos del lenguaje.
La pregunta realmente importantes: ¿qué quieren decir los hombre cuando dicen <<x>>? La multiplicidad de respuestas es precisamente lo que intensifica la pregunta y nos obliga a buscar la luz entre las distintas posibilidades. Las cosas son un misterio y el lenguaje humano es su principal testigo.
La búsqueda de la verdad no termina nunca; no pertenece a unos hombres ni a otros, a una tiempo histórico ni a otro. ¿Qué es una vida para conocer un poco mejor la verdad? Hay que sumergirse en la significado vivo de las palabras que hemos heredado para que tratar de iluminar lo que todavía no alcanzamos a comprender. No seamos fetichistas: el lenguaje está para ir a la realidad.
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