¿Dónde está la paz que anhela nuestro corazón? Buscamos un lugar en el que poder ser completamente nosotros mismos y despreocuparnos de todo lo demás: las opiniones de los demás, la amenaza de los miedos… Buscamos un sitio en el que no nos sintamos juzgados, en el que podamos jugar.
No nos engañemos: nos gustaría sentir la vida como un juego que podemos llegar a jugar, ganar y disfrutar. En todo juego hay momentos de alegría, de tensión e incertidumbre, de decepción. Encontramos luchas, victorias, derrotas… Pero, en todo momento, seguimos siendo nosotros. Somos los protagonistas que encaran los diferentes niveles y desafíos que presenta el juego. En nuestras manos está algo muy importante: jugar o abandonar.
Lo difícil es jugar sin confiar en la capacidad del protagonista para alcanzar el éxito. El propio personaje muchas veces no está seguro de su potencial para estar a la altura de lo que se le pide. Corre el riesgo de extralimitarse y buscar ganar por vías que no se corresponden a su verdadera habilidad. La tentación principal de todo jugador es hacer trampas, pensar que para ganar debe adoptar caminos extraños y ajenos a su propio ser. La trampa es siempre una forma de eludir la realidad.
La pregunta surge irremediablemente: ¿por qué habría de confiar en este conjunto de debilidades? ¿Por qué abandonarse a que sea este jugador frágil el que mueva las piezas? A las personas les cuesta mucho aprender a confiar en sí mismas, querer plenamente lo que son, saberse buenas y dignas de participar en el juego en el que se encuentran. No siempre están dispuestos a reconocer el papel que les corresponde: un papel único, maravilloso y casi mágico.
Nadie les ha dicho la frase que todo hombre debería escuchar: es bueno que tú existas. Es bueno que seas exactamente como eres, con todas tus fragilidades y miserias incluidas. No tienes que ser nadie especial, convertirte en alguien que, en el fondo, no eres. Al contrario, tienes que aprender a amarte a ti mismo para poder disfrutar del juego en el que estás. Las personas necesitan descubrir el valor que las hace únicas, irreemplazables, preciosas. Tienen que aprender a aceptarse, a reconocer la bendición que son para el mundo y para los demás.
No es fácil amarse sin antes sentirse incondicionalmente amado. No es fácil aceptarse sin antes experimentar que hay alguien que nos acoge totalmente, tal como somos. Tiene que haber alguien que desee con todo su corazón vernos jugar alegres y llenos de vida, alguien que espere a que nos decidamos a dar el paso de ser nosotros mismos.
Necesitamos descubrir la mirada de Dios sobre nosotros. No una mirada juzgadora, dura o distante, sino una mirada llena de amor, compasión y esperanza en lo que podemos llegar a ser. Dios nos ve en todas nuestras debilidades y no nos desprecia; quizá sea el único que no lo hace. Su mirada penetra hasta esa buena intención escondida en lo más profundo de nuestro corazón, debajo de tantas falsas pretensiones. Conserva la esperanza de que volvamos a sacar a la luz nuestros sueños: los deseos buenos e intactos de jugar de una determinada manera, aquellos que Él mismo puso en nuestro interior. Quiere que dejemos de escondernos de su presencia y que nos atrevamos a volver a jugar con Él, como un niño que pide a su padre que se ponga de portero. Quiere que recuperemos la ilusión por lo que somos, que nos libremos de todas esas falsas capas de identidad que nos oprimen y volvamos a jugar.
El corazón del hombre esta hecho para jugar delante fe Dios.
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