El nihilismo no existe. La falta de sentido responde siempre a una priorización equivocada del significado que se nos presenta. La atención, ese foco unitario que irradia nuestra percepción, es lo que determina el sentido o su ausencia. Si sentimos que el sinsentido opaca nuestra mirada sobre el mundo, se debe a que no estamos priorizando adecuadamente los estímulos significativos. ¿Qué busco cuando aprehendo el mundo? La respuesta a esa pregunta es lo que determinará el sentido que somos capaces de recibir. El sentido que emana de la verdad resulta de una apertura total a la realidad, permitiendo que sea ella la que configure nuestras prioridades. Es lo que Santo Tomás llamaba Adaequatio rei et intellectus: permitir que sea la realidad la que dirija el movimiento de atención propio de nuestro entendimiento.
El nihilismo es siempre una frustración, el síntoma caído de un idealismo: el de un sujeto que ha creído que la atención es un factor voluntario. La atención, ese movimiento que dirige la percepción, no es voluntaria, al menos no de manera constitutiva. Nuestra percepción está esencialmente constituida para dejarse conformar por los valores que percibe en la realidad. Estamos hechos para dejarnos guiar por lo real. Resistirse a esa estructura y afirmar que es la propia configuración perceptiva la que proyecta el sentido sobre la realidad es el movimiento que acaba hundiéndonos en alguna forma de nihilismo.
¿Acepto que sea la realidad la que me muestre su sentido u opto por imponerle mis limitadas proyecciones? Esta pregunta debería acompañarnos durante toda nuestra vida. Sin una percepción correctamente orientada, no podemos avanzar hacia nuevas perspectivas de belleza, bondad y verdad. Todo depende de esa humildad, de esa identificación con lo que nos trasciende.
Ahora bien, para dilucidar adecuadamente el sentido y situarnos en la senda correcta de aprehensión de significado, es necesario adoptar la perspectiva adecuada, priorizar la atención conforme a la realidad última. El conocimiento de la verdad es un camino que requiere un guía, alguien que conozca sus entresijos y sea capaz de aclarar los interrogantes con los que nos encontramos. Sin ese punto de apoyo, ¿cómo podríamos afrontar las infinitas disyuntivas que la realidad nos plantea?
Esto lo vivimos a diario: vemos a tantas personas que no saben a qué conviene prestar atención, a tantos hombres que se pierden en un sinfín de callejones cuyo significado se sienten incapaces de desentrañar. Corremos el riesgo de perdernos en la superficie, de conformarnos con escalas de prioridades equivocadas. En una sociedad como la nuestra, donde abunda tanta información y los significados que se propugnan son múltiples y diversos, el hombre se ve continuamente amenazado por el torrente de significados inconexos y la confusión.
Cuando, en el fondo, se trata de una más sencilla operación: yo, aquí y ahora, ¿qué busco? ¿hacia qué me oriento? No se trata de encontrar una fórmula mágica que resuelva los problemas de toda la humanidad, sino de tomar conciencia de cuál es mi orden de prioridades. Seguramente caeré en la cuenta de que no es el correcto, o al menos de que no es el que me hace feliz, el que me permite ser plenamente yo mismo. Veré que necesito ayuda para estructurar mis prioridades. Pero ¿adónde acudir? ¿Acaso puede otro hombre ponerse en mi piel y decirme qué ha de hacerme feliz? ¿Puede adoptar mi perspectiva? Evidentemente no, ¿Estoy entonces perdido, entregado a un orden de prioridades que no sé corregir? Mi corazón busca algo pleno, real y auténtico: ¿qué es? Y, teniendo en cuenta que soy yo quien debe encontrarlo, ¿puedo hacerlo?
Si lo que busco no me hace feliz, ¿cómo debo buscar? ¿Qué merece toda la atención de mi alma? ¿Qué me ayudará a separar lo valioso de lo que no lo es? Buscamos, muchas veces sin ser plenamente conscientes de ello, un criterio rector que nos ayude a organizar la inmensa cantidad de sentido que amenaza con saturarnos. Necesitamos ayuda para procesar el significado de una realidad cuyo verdadero calado apenas alcanzamos a vislumbrar. Solos nos sentimos desbordados, superados por el miedo y la incertidumbre. Mi atención busca a tientas un objeto que le permita unificar la experiencia y evitar el eclipse de lo real. Mi corazón busca un espíritu que lo oxigene y le permita tomar distancia respecto de cualquier otra realidad. ¿Puede encontrarse esa ayuda?
Aquí es donde me veo obligado a hablar desde mi experiencia y a alabar a Aquel que me salvo. Dios es el único que puede devolvernos a esa vida unitaria y dotada de sentido que todos parecemos intuir. Es el único capaz de dilatar nuestra mirada y elevarla hacia formas más plenas de verdad. Solo Dios puede guiarnos en ese proceso que va desde la caverna de uno mismo hasta la contemplación de la realidad. La atención ha de mostrarse receptiva a la presencia de Aquel que busca únicamente nuestro mayor bien y la restitución de nuestra unidad.
¿Cómo transitar hacia Él? Esa es una pregunta que cada uno debe plantearse en la sinceridad de su interior. Lo que parece claro es que el camino discurrirá en paralelo a lo que la realidad nos revele: debemos estar atentos a ella y dispuestos a ordenar nuestras prioridades en función de lo que nos muestre. La verdad tiene dispuesto un lugar para nosotros, un lugar que seguro que nos hará felices. Lo encontraremos en la medida en que nos abramos a ella.
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