La escalera de Jacob es un gran símbolo del camino que tiene que recorrer la inteligencia. La verdad es siempre un ascenso que exige sacrificio y esfuerzo sostenido en su búsqueda. Dios es la voz de la conciencia que nos llama a subir. ¿A qué nos invita exactamente? A que lo situemos por encima de todo, a que lo pongamos en la cúspide de nuestra jerarquía de valores. Solo así podremos captar la verdad que nos quiere revelar.
La unidad de la conciencia depende de los propósitos que nos proponemos. En función de mis fines, la atención se orienta en una dirección u otra. La perspectiva que adoptamos es siempre consecuencia de los objetivos o metas que perseguimos: ¿apuntan a Dios o algún sucedáneo? Esta es una respuesta que solo cada uno puede dilucidar en su interior, y que determinará el rango de realidad que se es capaz de aprehender. Esta idea se corresponde con nuestra experiencia más básica: cuanto más alto se apunta, más se dilata la perspectiva consciente y más factores se integran. La percepción se configura desde los valores que el sujeto persigue. El camino que se abre en la realidad depende de lo que en ella buscamos. El objeto al que dirigimos nuestra atención es lo que determina nuestro rango de conocimiento y de acción en el mundo.
Vivimos en una época marcada por la ausencia de sentido. Se afirma que cada uno percibe el suyo, que no existe un relato de sentido unitario, sino una realidad está escindida en múltiples subjetividades.
Miremos, sin embargo, la realidad. El ser humano busca acceder a ella, conectar con lo auténtico, con lo real. Pero conviene preguntarse: ¿cuál es mi jerarquía de valores? ¿A qué presto atención? ¿Estoy priorizando verdaderamente mi conexión con la verdad por encima de todo lo demás? La verdad exige un sacrificio: una renuncia de lo inferior en favor de lo superior. Dios nos llama, pero nos pide abandonar nuestros relatos limitados para abrirnos a una realidad capaz de colmarnos. Sin esa renuncia y ese compromiso con lo real, es imposible percibirlo, pues la atención no estará orientada hacia ello. El sacrificio es un requisito ineludible para la unificación de perspectivas. La unidad de sentido exige renunciar a los propios relatos y sacrificar la perspectiva individual por la realidad misma.
El rechazo al relato cristiano, nace, en gran medida, de una profunda confusión, a menudo alentada por los propios cristianos. El cristianismo no es un ideal abstracto, sino una orientación existencial hacia la unificación de la realidad; es el inicio del ascenso hacia la verdad última. Cuando se reduce a un ideal, degenera en una ética normativa percibida como un modelo consensuado y, por tanto, reemplazable. En ese punto, pierde su fuerza. En cambio, en su esencia, el cristianismo es un movimiento integral hacia la verdad que tiende a Dios. El primer enfoque conduce a idolatrías basadas en normas sociales contingentes; el segundo impulsa hacia un bien cuya realidad última no podemos agotar, pero que moviliza todos nuestros anhelos. Solo desde ese movimiento íntegro hacia la verdad podemos acceder a formas morales auténticas: una moral enraizada en lo real.
El hombre busca siempre una mayor conexión con la realidad. En su anhelo más profundo, explora nuevas formas de acceder a la verdad de las cosas. La sinceridad impulsa a la expansión de la propia perspectiva para integrar más realidad y unificar la experiencia en un relato de sentido. Existe una relación implícita entre lo más amplio y lo más significativo. Pero cabe preguntarse: ¿cuál es la perspectiva más amplia que el hombre puede adoptar? ¿Existe una perspectiva capaz de unificar el sentido de todo lo real sin agotar sus posibilidades de manifestación? ¿Un centro que nos permita contemplar adecuadamente, en su verdad, el resto de realidades del mundo?
Desde la fe, ese centro es el Espíritu Santo. La búsqueda de una perspectiva unitaria culmina, para el cristiano, en la adopción de la mirada de Cristo. Solo desde ahí las realidades se despliegan en plenitud. Solo desde ese prisma inagotable de amor puede asumirse gozosa y comprensivamente todo lo existente.
Ahora bien, para recibir el Espíritu Santo, que nos muestra la verdad, es necesaria una transformación interior. No se puede recibir la verdad sin renunciar previamente a las falsas formas que hemos proyectado sobre ella. Es preciso abrirse a aquello que nos trasciende.
La realidad es un articulado inagotable de inteligibilidad. Nuestra comprensión de la verdad en esta vida nunca se completa. Por ello, la verdad que podemos recibir será proporcional a nuestra transformación interior. Cuanto mayor sea nuestro ascenso hacia Dios y nuestra renuncia a categorías estrechas, mayor será el orden que proyectemos sobre las cosas. La fe no es una simple aserción intelectual, sino la condición de posibilidad de toda recepción de la verdad. Solo mediante una apertura confiada a lo que vamos comprendiendo podemos empezar a conocer. La fe abre el camino a lo real. Y ese camino no tiene fin, al menos no en esta vida, aunque sabemos que aquello que nos trasciende -y nos llama a ascender- es amor, belleza y verdad.
La realidad no se impone, y Dios no fuerza. Somos libres de aceptar o rechazar lo que nos muestra. Sin embargo se trata de una voluntariedad necesaria: el orden dado, y podemos reconocerlo o negarlo. La realidad no puede ser apresada conceptualmente. O permanecemos abiertos a una significatividad siempre en revelación, o nos encerramos en categorías rígidas que nos empobrecen. La realidad nos llama a ascender, ¿la escuchamos?
El nihilismo contemporáneo se debe, en parte, a una resistencia a esa llamada. ¿Por qué? Porque implica acoger el sufrimiento como dimensión constitutiva de lo real. El sufrimiento plantea una disyuntiva: o se integra como parte del ascenso, o se convierte en fuente de resistencia y autodestrucción. Considerarlo como un error que debe ser eliminado conduce a negar la realidad y a refugiarse en construcciones ideales que lo excluyen. La incapacidad de abrirse a la trascendencia radica, en gran medida, en esa negativa a aceptar el sufrimiento.
Cabe preguntarse entonces: ¿me adapto a lo que la realidad me muestra? ¿Estoy dispuesto a sumergirme en ese proceso interior de reverencia hacia la verdad? Cada resistencia al cambio y a la realidad nos aleja de nuestra plenitud. El infierno no es una realidad intrínsecamente maligna, sino la resistencia a la realidad y a la gracia de Dios, que no deja de alcanzarnos. El infierno es, en última instancia, lejanía de Dios.
Nuestros procesos de conocimiento funcionan de esa manera. Insistir en que las cosas son de una determinada manera, resistirse a aceptar la realidad, es lo que procede a la caída. En cambio, el reconocimiento de nuestra propia ignorancia es lo que nos permite ascender hacia la verdad, acogiendo lo que la realidad nos presenta. La humildad es identificación con la trascendencia, camino de verdad.

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