Los cristianos no tenemos que conseguir adeptos, personas sumisas que acepten de manera explícita una doctrina. Los cristianos tenemos que lograr que la gente alce la mirada a Dios, que sientan la necesidad de buscar aquello que, sin ser conscientes, llevan tiempo anhelando. El cristiano es un espejo que me confronta con mis propias carencias y deseos; es un reflejo de la vida misma. Si la fe se transmite únicamente como un conjunto de fórmulas, pierde el núcleo esencial que le confiere su sentido.
La fe no es una teoría moral que me propongo para ser mejor; la fe no es una serie de proposiciones trabadas de manera convincente. La fe es un reconocimiento, una asunción plena de mi persona. La fe me lleva a reconocerme pecador, frágil, necesitado del amor y la misericordia de Dios para hallar sentido. La fe es el permiso que otorgamos a Dios para que nos sane y cambie interiormente.
El alejamiento que provocamos se debe a nuestra propia incapacidad para encarnar el sentido profundo de la fe, para determinarnos a caminar en las promesas de Jesús. Cristo nos llama a que hagamos carne nuestra fe; nos da su ejemplo en la Eucaristía y su gracia para que se cumpla. ¿La acogemos en plenitud o nos reservamos cosas? Él se da plenamente, ¿hacemos nosotros lo mismo? En función de nuestra inclinación interior se revelará el sentido a los demás.
La fe no puede renunciar a su riqueza inagotable por convencimientos abstractos. "Por sus frutos los conoceréis", el Señor lo dice claro. Si una forma de transmisión no da frutos, es porque el árbol no es bueno; y el árbol no es bueno si no está arraigado en la única vid que tiene vida: Cristo. Porque, antes de la palabra esta la encarnación; antes de la proclamación, la conversión del corazón. Tenemos que ser hombres nuevos para propagar el mensaje de la vida; tenemos que dejar que Dios nos cure para poder ayudar a los demás a sanar. De lo que se trata no es de que seamos grandes portavoces, sino de que cambiemos nuestro corazón. El resto se hace solo.
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