Si no llegamos se debe a que no comprendemos. Si de verdad comprendiéramos, llegaría solo. El mensaje ha perdido sentido porque los mismos cristianos no hemos sido capaces de atisbar su verdadera profundidad e inagotable riqueza. Formulemos la pregunta con claridad: ¿estamos dispuestos a adentrarnos en la verdadera hondura del amor de Dios? ¿Estamos dispuestos a realizar la creencia en nosotros? ¿Dejamos que el mensaje de Cristo vaya calando poco a poco en nuestras vidas hasta impregnarlo todo? La falta de eficacia tiene que ser una llamada a la comprensión.
La fe cristiana no debe ser transmitida como un mensaje teórico más, sino como una forma de participación en el ser. ¿Nos lo creemos? ¿Dejamos que la profundidad de todo lo existente nos interpele de manera íntima? El problema que siempre acecha a la Iglesia es el de convertirse en un instrumento de argumentación, raciocinio y afán de convencimiento, olvidando su componente esencial: el amor que produce la integración de toda existencia y que permite a las personas unirse a Dios, a sí mismas y a los demás.
Tenemos que confiar en que la fe cristiana responde a los patrones esenciales del ser, en que la fe es vida, verdad, belleza y bondad. Estas fuerzas no admiten argumentación en contra, imponen el significado e iluminan las dudas de las personas. Hay que volver a explicitar la radical coherencia de nuestro mensaje: la entera conformidad entre la fe y el ser. El valor de nuestra fe está sin explotar, ¿somos conscientes de que nuestras creencias sirven como respuesta y nos revelan la verdad de toda circunstancia, situación o realidad?
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