En el génesis, el conocimiento del bien y el mal se define como aquello que separa al hombre del paraíso y de su caminar junto a Dios. Se trata de un conocimiento que lo aleja de la vida bienaventurada y lo sumerge en los dominios de la muerte. ¿Quieres ser consciente? Entonces caerás y te destruirás a ti mismo. Ese el mensaje que nos traslada Dios.
La inocencia e inconsciencia respecto a las fronteras que separan el bien y el mal es el único requisito que nos transmite Dios en aras de vivir en paz y gozar de la vida recibida. Tantear ese conocimiento es el inicio de todo el sufrimiento humano. El orden que ha sido dispuesto por Dios no admite réplica y pide ser respetado. Todo es bueno, todo es lícito para el hombre, menos jugar con la posibilidad de definir ese orden. Intentarlo solo generará dolor.
En un tiempo donde abunda tanto sufrimiento inexplicado es bueno recordar que no podemos arrogarnos la protestad de definir lo que es bueno y malo para nosotros. Debemos recordar que todo redundará para bien si nos abstenemos de esa forma retorcida de conciencia. La paz que buscamos se encuentra en volver a caminar junto a Dios, en vivir respetando la inocencia del corazón. Así lo hizo la Virgen, ella hizo de su corazón una preciosa morada sin mácula y de amistad con Dios. Todo lo aceptaba, sin cuestionarlo, sin replicar sobre su bondad o maldad, acogiéndolo en el corazón y meditando la voluntad de su creador. Fue la primera digna de volver a entrar en el reino de los cielos. El corazón inmaculado de María abrió la senda para los que vendría detrás.
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