El sentido del sufrimiento
Sin sentido, el sufrimiento se convierte en fuente de corrupción. Sin la capacidad de comprender y asimilar las formas en que lo divino reviste nuestros dolores, es imposible avanzar en pos de una existencia plena y realizada.
Me cuesta entender por qué la Iglesia no nos habla más del sentido profundo de nuestra vida. En el sufrimiento hallamos a Dios; en el sufrimiento hallamos sentido, el camino hacia nosotros mismos. Si no pasamos por ese cauce, nos quedamos estancados en la superficie, siempre soñando con lo que podríamos llegar ser.
No entiendo por qué la Iglesia no promulga con mayor claridad esta verdad, pues es la única que puede unirnos en el sentido más profundo y auténtico. Lo esencial es intentar orientar las cosas hacia el deseo divino, no camuflar la llamada a la verdad. No se trata de buscar el sufrimiento, sino de enseñar a extraer gracia del que inevitablemente nos alcanza.
¿Qué otra cosa podemos hacer? ¿No estamos siempre yendo de aquí para allá, buscando algo mejor? ¿Por qué no decidirnos de una vez por todas por el mayor de los bienes, aunque ello implique transformarnos y sufrir en el proceso? Ser Iglesia es embarcarse es embarcarse en la aventura de la propia vida, aceptarla con todas sus caras y facetas como una bendición que procede de Dios. Sin aceptar el dolor como parte que nos toca vivir -y como impulso hacia formas más plenas de ser- no podremos avanzar; y entonces el dolor se convertirá en motivo de escándalo, huida y, en último término, de corrupción.
Entiendo que no es fácil, pero creo profundamente que vale la pena. Todavía estoy asimilando esta intuición, casi revelación; me cuesta asumirla y hacerla verdaderamente mía, noto una clara resistencia interior. Sin embargo, a medida que camino, algo en mí me dice que tiene una base de razón muy firme. Dios no permite que nos alcance ningún mal si no es para hacer surgir de él algún bien.
Amor dentro de la verdad
Dios es amor dentro de la verdad. Esta frase la escuché en un episodio de la academia de Jordan Peterson, y me ha parecido una gran aproximación al misterio de Dios. El amor es realización, y el conocimiento más profundo de la realidad se adquiere precisamente en esa realización. En el conocimiento participativo es donde se revela el sentido más pleno de la verdad.
La solución al nihilismo de nuestro tiempo pasa por volver a amar la realidad y el ser. El gran desencantamiento de lo real ha venido de la mano de una reducción del conocimiento a un tipo meramente proposicional. Pero todos vivimos por encima de conocimientos proposicionales: los momentos más verdaderos de nuestra vida son aquellos en los que sentimos una conexión que apenas sabríamos traducir en palabras.
La verdad, en su sentido más profundo, es relacional y solo puede darse en la medida en que establecemos una reciprocidad con aquello que conocemos o se nos presenta. La verdad es la estructura del ser: amor en continua expansión y donación, reflejo del modelo de trinitario. Esa participación es posible porque llevamos el logos inscrito en nosotros y podemos responder a la llamada que la realidad nos dirige.
No podemos entendernos a nosotros mismos de manera individual y cerrada: estamos hechos para comprendernos en relación al todo. La verdad no es para unos pocos privilegiados, sino para todos, y cada uno posee una parte de verdad. El avance en el conocimiento pasa por un diálogo abierto, dispuesto a reconocer y aceptar la bondad de lo que se esconde en los demás.
Es importante subrayar que, para encontrar el sentido profundo de lo real, no basta con afirmar un conocimiento proposicional; es necesario dar todo nuestro ser a la realidad.
La profundidad del sentido de la vida de Cristo
¿Es la vida de Cristo el reflejo de la estructura fundamental del ser? En esta línea, sería nuestra imitación de Cristo lo que determinaría el florecimiento del ser.
En una época en la que nos gusta tanto hablar de narrativas y del carácter narrativo de la propia vida, conviene considerar esta verdad: ¿no está nuestra vida llamada a encarnar un ideal? Todas las personas se rigen por un ideal trascendente que tratan de alcanzar a través de algún tipo de imitación. Todo el mundo persigue una caracterización ideal llamada a plasmarse en un futuro: todo depende de la idea perseguida. Cuando nos movemos, siempre lo hacemos en pos de algo.
¿A qué responde ese patrón? ¿Qué relato buscamos escribir? Lo que está claro es que desearíamos encarnar un modelo perfecto. El cristianismo es algo más profundo de lo que nos pensábamos: es la plasmación real de la inercia ideal que guía nuestras vidas.
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