La autoconciencia se halla en el origen del pecado, y es la raíz de todo el sufrimiento que padecen los hombres.
En el génesis se nos dice que Dios había permitido a los hombres comer de todos los árboles frutales excepto del árbol del conocimiento del bien y del mal. De ese debían abstenerse si querían evitar la muerte. Ese árbol representaba un orden de conocimiento que los hombres no eran capaces de asimilar, era la base inapelable que solo Dios podía establecer. Porque nadie que no sea Dios tiene la capacidad para determinar lo que está bien y lo que está mal. El hombre no tiene competencia en ese ámbito. El respeto a la prerrogativa divina era la defensa que protegía la integridad del hombre, lo que mantenía su unidad consigo mismo. La voluntad de Dios, en el fondo, era el mínimo necesario que el hombre tenía que aceptar para ser feliz.
El mal entra en el mundo cuando el hombre se asigna una facultad de conocimiento que no tiene. Cuando orgulloso se cree capaz de enjuiciar lo que le rodea, separando lo bueno de lo malo. Porque, en el fondo, no hay nada malo, solo realidades más o menos apartadas de la voluntad de Dios.
Lo que garantiza al hombre la paz y la alegría es la abstención de dicho enjuiciamiento, la acogida del orden bueno creado por Dios desde el principio. Esa sencilla asunción es la premisa que nos encamina a la plenitud de nosotros: la libertad que tenemos cuando nos decidimos a vivir perpetuamente en esa bondad originaria. Cuando nuestro Señor nos invita a ser como niños lo hace pensando en una disposición del alma que acepta sin dudas el orden dispuesto, que acepta desarrollarse dentro del marco de ese núcleo de verdad y verdad inamovible. Volver a ser un niño es algo maravilloso, hace que uno vuelva a vivir despreocupadamente, dejándose en las manos de su Padre que le cuida. Uno ya no tiene que volver constantemente sobre sí mismo, angustiado por la tarea de tener que trazar los perfiles morales de la realidad, sino que lo único a lo que debe entregarse es a descubrir la latencia de la voluntad divina detrás de cada acto o persona. El reino de Dios entre nosotros es el retorno del hombre a lo que puede verdaderamente puede hacer: completar la obra de Dios en las cosas. Esa es toda su libertad.
Todo mi proceso de conocimiento de Dios me ha llevado en esa dirección: la progresiva liberación de mi autoconciencia, la recuperación de la confianza en lo existente. Bendito sea Jesucristo que me ha devuelto a mi mismo!
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