María no es un añadido más en la historia de Cristo. María es el núcleo vívido y cándido de su mensaje. Allí donde ella falta, mengua nuestro calor espiritual. No puede entenderse el mensaje de Dios sin contemplar la sencillez y la ternura de su madre. Las grandes divisiones en el cristianismo, y dentro de nosotros, tienen mucho que ver con la ausencia o la pérdida de nuestra relación con María.
María es la madre a cuyos brazos te lanzas cuando el miedo te rodea. En su regazo recuperas la seguridad perdida. Bajo su manto, el cariño por nuestro Padre Dios vuelve a cobrar ardor.
El hombre, aunque que crezca, no deja de necesitar que lo acunen y consuelen. Nos sentiremos desamparados, niños desorientados toda nuestra vida. ¿De verdad pensáis, que Dios nos lanzaría al mundo sin darnos una Madre que cuidará siempre de nosotros? Él nos ha dado a su Madre, la mayor concentración de ternura. Para experimentarla basta con creer como un niño que llora asustado en medio de una noche cerrada, buscando un abrazo que lo calme.
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