Una filosofía cristiana es, para Heidegger, un hierro de madera y, por tanto, un malentendido. Con este breve párrafo despacha el problema en Introducción a la metafísica. Ciertamente -admite- existe una elaboración intelectual e interrogativa del mundo experimentado como cristiano, es decir, de la fe. Pero eso es teología. El pensador de Messkirch considera que el cristiano no puede filosofar verdaderamente sin cercenarse a sí mismo. Esta afirmación se deriva, en parte, de la quiebra originaria que Lutero estableció entre fe y razón. Para el teólogo de Eisleben, Dios es una entidad inexpugnable, ajena a toda especulación racional; todo intento de hablar del fundamento se convierte así en un exceso de soberbia. Heidegger no hace sino reproducir esta premisa luterana.
Según esta visión, el cristiano asume la revelación de modo no racional y, a partir de ahí, interpreta el mundo que se le abre. Dios es el fundamento del que se parte para acceder al conocimiento del resto de la realidad. Por eso el cristiano no puede filosofar: porque la filosofía es precisamente un movimiento hacia un fundamento que se desconoce y no es evidente por sí mismo. ¿Cómo va a buscar el fundamento quien cree haberlo encontrado ya?
La crítica de Heidegger debería hacernos pensar. Lo que nos reprocha es la incapacidad cristiana de fundar, desde la mera existencia, nuestra asunción teorética de la revelación. Se nos acusa de no haber abierto todavía un camino hacia el fundamento que comprometa la totalidad de la existencia. La pregunta metafísica, en Heidegger, es una búsqueda del fundamento desde la integridad de la existencia. Con frecuencia, la filosofía cristiana conoce de palabra el fundamento e incluso es capaz de asimilar intelectualmente gran parte de la doctrina que versa sobre él. Pero descuida algo decisivo: la inmersión existencial, y no solo intelectual, en ese fundamento.
El cristiano no deja de ser un hombre entre los hombres. La metafísica cristiana si quiere filosofar con honestidad, ha de ser capaz de renunciar a toda construcción meramente teorética para dar el salto existencial que le permita experimentar la naturaleza misma del fundamento. No puede pensarse correctamente aquello que no se ha vivido previamente.
Sin embargo, la fe católica precisamente es la que permite conciliar la fe con una razón que interroga hasta el fondo, dentro de sus límites, por el fundamento. El cristiano no puede renunciar a la pregunta filosófica por excelencia: ¿porqué es el ente y no más bien la nada? Renunciar a dilucidar esta cuestión equivaldría a abdicar del esfuerzo humano por comprender el misterio del ser. El cristiano no dispone de una respuesta que lo dispense de enfrentarse a ese misterio. Saber que el ente es fruto de un designio amoroso no lo exime de esta tarea existencial e intelectual; más bien, la fe, plenamente asumida, debe impulsarnos a abrir esos caminos que, en apariencia, se presentan como herméticos.
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