“Teólogo es aquel cuya oración es verdadera”
Uno de los mayores peligros que acechan a la fe es el de desvincular la oración personal de la verdadera naturaleza metafísica de las cosas. Si no se parte de la verdad de lo que las cosas sean, no es posible entablar un verdadero diálogo con Dios. Dios es intimidad, pero también es trascendencia objetiva. Profundizar en la amistad con Dios exige adecuarse a la naturaleza de la realidad, renovar constantemente la mente para captar la verdad que nos revela. Un buen orante será un pensador sincero con una disposición anímica de total apertura. La autocorrección intelectual forma parte del crecimiento en la vida de la fe. El pensamiento fue creado para ser una puerta de acceso constante de la verdad a través de sí; si se niega a cumplir su función, inmediatamente la oración se estanca. La teología es necesaria para la oración porque sienta las bases que permiten su fructificación. En Dios hay un orden, la oración tiene que aprender ajustarse a su medida.
Por otra parte, la teología no puede prescindir de la oración en el ejercicio racional de sus potencias. Una teología sin calor espiritual se hallaría desvinculada de la raíz que la alimenta. Santo Tomás fue un núcleo de calor vivo, la escuela que siguió sus pasos no sé si lo fue tanto. Lo que quiero decir es que la teología se distingue de la metafísica precisamente porque la confección de su telar interviene el soplo del espíritu santo. No tiene sentido hacer teología si no se está en gracia de Dios. La teología fría y árida hace más mal que bien. La teología debería ser un ejercicio de simplificación iluminador que permitiera a las almas con inquietud intelectual conciliar sus aspiraciones con los deseos de su corazón.
La iglesia si por algo se caracteriza es por la unidad. No podemos escindir la actividad orante y la pensante, es necesario reunirlas en un chorro de vida que salte hasta la vida eterna. Sin su conjunción plena, el amor no tendrá espacio en nosotros para asentar su reinado.
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