miércoles, 20 de mayo de 2026

Aprender a dar

Lo que uno recibe es proporcional a lo que es capaz de dar. El único verdaderamente rico es aquel que no posee nada en propiedad, aquel que todo lo que recibe lo devuelve. En su devolución vuelve a encontrar nuevas gracias. 

El latido del alma bombea sangre con más fuerza cuanto mayor es la que recibe. El pensamiento recibe mayor número de ideas, y más luminosas, a medida que las comparte con los demás y las vierte hacia fuera. Es una realidad contagiosa: la vida siempre llama a más vida. 

La pregunta fundamental que debemos plantearnos es la siguiente: ¿qué puedo dar? ¿Qué tengo que ofrecer a los demás? Solo respondiendo a esa pregunta podremos encontrar aquello que verdaderamente buscamos y deseamos. 

Creo, con toda el alma, que esto es así en un plano ontológico. La base de la realidad es una donación de ser, un flujo constante de vida que llama a otra vida a florecer. La Santísima Trinidad, el espíritu santo, recorre el mundo entero buscando corazones dispuestos a transmitir la vida que quiere entregarles. La gratuidad del don divino ha de movernos a la gratuidad con los demás. Esa vida es maravillosa: una fuente amorosa que no se agota nunca. El espíritu que se deja llenar por la verdad comienza a percibir el murmullo del amor por todas partes. ¿Puede ser que, en el fondo del ser, esté teniendo lugar una fiesta y no nos demos cuenta? Tenemos que despertar al corazón, empezar a dar lo que tenemos para recibir lo que anhelamos. 

El Espíritu Santo desciende siempre sobre aquel que, en el fondo de su corazón, está dispuesto a poner el amor por encima de todo. Para amar hay que entregarlo todo, dejar que purifique nuestras intenciones. 

Hay un orden en la verdad. La donación tiene sus fases.  

Primero hay que darle al Espíritu de Dios nuestras miserias, toda nuestra debilidad, las oscuridades que encontramos en nosotros. Necesitamos pasar por un proceso de sanación que solo Dios puede llevar a cabo. Es preciso que se lo entreguemos todo, sin reservas. Él, en la medida de nuestra docilidad, irá sanando nuestras heridas, arrojando luz en los lugares de nuestra vida que antes invadían las sombras, reconciliándonos con nosotros mismos, mostrándonos la verdadera naturaleza de la realidad y de los demás. 

La purificación puede ser dolorosa. Estará llena de momentos en los que pensemos en abandonar al no ver con claridad. Las resistencias interiores a reconocer la verdad muchas veces nos violentarán; buscaremos entregarnos a cualquier otra inspiración antes que seguir la voz de Dios. Tendremos que sacar de nosotros todas las capas que cubrían nuestra verdadera persona y no nos dejaban respirar. 

Que no nos extrañen las dificultades, el enemigo redoblará sus insinuaciones. Tratará de hacernos ver con buenos ojos cualquier otra realidad que no sea la voluntad amorosa de Dios; contra ella dirigirá todos sus ataques. Pero no os rindáis. La sencilla resolución interior de aprender a amar basta para que Dios haga el resto. 

Vayamos a la Virgen. Ella es nuestra madre y nos acogerá cuando el miedo asome en el horizonte. Este es el primer paso de la donación: dárselo todo al Amor. Si queremos amar, primero debemos dejar que el amor saque de nosotros todo lo que resulte incompatible con sus designios. 

El segundo paso es que aprendamos a convivir con Dios. En eso estoy yo ahora. 

Veremos con claridad como en nosotros habían muchas tendencias desordenadas que el Señor, poco a poco, irá reconduciendo. Nos hará ver con ternura todo lo que el egoísmo había manchado con sus impulsos. Con sencillez, tendremos que aprender a aceptar las correcciones de Aquel que, sabiendo más, nos ha liberado de nuestros pecados. 

Paralelamente, se iniciará en nosotros un proceso de redescubrimiento del otro. Dios nos abrirá a aceptar a los demás tal como son, haciéndonos ver que también ellos son hijos amados y que, por tanto, merecen la misma compasión que nosotros. Tendremos que soltar todos los prejuicios anteriores que tuviéramos para seguir profundizando en el amor divino. 

El siguiente paso, una vez instruidos y moldeados conforme a la voluntad divina, será salir a proclamar la Buena Noticia, ¿Llegaré? Solo Dios lo sabe. 

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