¿Qué es pensar? ¿Cuál es la naturaleza de esta función vital que no podemos dejar de ejercitar?
Las explicaciones que han tratado de dilucidar este fenómeno elemental han sido muchas y planteadas desde muy diversos registros: psicológico, filosófico, científico, artístico, teológico... Pero ninguna ha conseguido aclarar del todo la esencia del pensamiento.
El pensamiento tiene un componente último irreductible, parece brotar de una hondura sin fondo.
Pero, ¿en qué consiste pensar?
En primer lugar, pensar consiste en recibir. Los pensamientos vienen, aparecen en un momento dado ante nosotros. La función más básica del pensamiento consiste en revelar. Todas las personas reciben pensamientos. La confrontación con un contenido mental es lo primario y más elemental.
Asimismo, los pensamientos generan efectos en nosotros. Se encuentran en la raíz de nuestra manera de percibir las cosas. Ningún pensamiento es inicuo, siempre desencadena una serie de consecuencias en nuestro interior. De manera que conviene filtrar la entrada de los pensamientos en nosotros en función de cómo queramos afrontar la realidad. La persona que consiente el acceso a todo tipo de pensamientos acaba hundiéndose en una pasividad paralizante, y la persona que se vuelve permeable a los malos pensamientos acaba inevitablemente obrando el mal.
El pensamiento es el primer cribado moral, el muro por el que se entra al bastión de nuestra alma. El discernimiento del pensamiento es la condición de posibilidad para una vida moral.
Pero sigamos: el pensamiento recibe, pero conserva una libertad para retener o no lo presentado ante él. El pensamiento se da siempre acompañado de una voluntad. El sujeto pensante puede decidir con qué pensamientos entrar o no en diálogo.
Es inevitable que recibamos, lo haremos en función de la experiencia del mundo que tengamos y el bagaje de nuestra memoria. Pero lo recibido puede descartarse o ser escuchado, ahí entra la voluntad de la persona y tiene comienzo el auténtico pensamiento.
Las personas que no piensan, lo hacen bajo la presunción de que los pensamientos que aparecen ante ellos son, de manera axiomática, verdaderos. Lo recibido sin voluntad se convierte para ellos en ley universal y no merece ser objeto de mayor consideración. El no-pensamiento es sumisión incondicionada ante los pensamientos.
Todo pensamiento arranca, pues, de un problema, de una incapacidad personal para resolver una interrogante que se nos presenta. El pensamiento recibe diferentes pensamientos contradictorios sobre una misma realidad y no sabe qué hacer con ellos. La disyuntiva es donde se incoa del pensamiento. Lo que nos impele a pensar es la falta de claridad acerca de la verosimilitud que pueden tener o dejar de tener diferentes opciones.
La actividad pensante arranca, propiamente, en el cotejo de pensamientos. La persona busca una luz interior que le indique cuál de las posibilidades que se le ofrecen es la adecuada o verdadera. Lo recibido pasa el filtro del sujeto y vuelve sobre sí mismo o se pierde en la bruma de la que procede.
Tenemos, pues, que se produce una recepción de pensamientos que pasa el filtro de la voluntad y da lugar a una serie de efectos. En la selección de los pensamientos es donde encontramos la clave de su curso.
El principal de los efectos es la generación de nuevos pensamientos. Un pensamiento es la raíz sobre la que crecen los siguientes. Como hemos dicho antes, el pensamiento es un torrente incesante de contenidos cuyo fondo no podemos atisbar. El pensamiento siempre da lugar a nuevos pensamientos que orientan al sujeto pensante en una dirección. Cuánto más se piensa, más pensamientos acaecen. El efecto cascada es una inercia cognitiva cuyo incremento no tiene límites y se desarrolla en sujetos que estiran al máximo el hilo de sus pensamientos. Además, la profundidad sigue la misma ley: el pensamiento va penetrando poco a poco en estructuras reales y conceptuales más hondas a medida que permanece en el ejercicio el pensamiento.
La inercia que adopte el pensamiento de cada hombre determinará su forma de vivir o de afrontar la realidad. El ritmo puede ser ascendente o descendente, dependiendo de la voluntad individual. Es crucial e importantísimo seleccionar correctamente los pensamientos que permitimos aflorar en nuestro interior. De ello depende que perdamos o encontremos el camino de nuestra verdad.
Pensamiento y realidad
Ahora bien, ¿qué tipo de pensamiento es el adecuado, el que más nos aproxima a la verdad y nos permite profundizar en el correcto orden que rige las cosas? En base a la manera de pensar que adoptemos se desarrollarán el resto de nuestras funciones vitales, morales y espirituales.
El pensamiento que acepte pensamientos malos o equivocados sembrará en sí mismo raíces de mentira que, a su vez, generarán nuevos pensamientos en el mismo curso erróneo. Ese pensamiento tenderá a alejarse de la realidad y a quedar estancado en idealizaciones sin ningún tipo de base que impiden su desarrollo.
En cambio, el pensamiento que únicamente acepte pensamientos contrastados en la verdad engendrará una dinámica de aproximación a la realidad que dará lugar a auténticas transformaciones que lo conducirán hacia una mayor plenitud. Lo más importante es que el pensamiento aprenda a detectar los contenidos verdaderos para poder sumergirse en ese proceso ascendente de aproximación a lo real.
¿Con qué dos señales inequívocas puede el pensamiento progresar hacia esa verdadera inercia cognoscitiva?
En primer lugar, el pensamiento tiene ser capaz de confrontar los contenidos recibidos a través del pensamiento con la realidad empírica y comprobable. El sujeto pensante tiene que someter toda la información de la que disponga al decreto de la realidad. El sentido común es una pieza fundamental en el proceso de discernimiento de los pensamientos: si los contenidos presentados no encajan con la experiencia más básica de la realidad tienen que ser descartados. Este criterio no suele fallar, la remisión a una instancia independiente del pensamiento es la mejor guía para juzgar los contenidos del pensamiento desde una perspectiva recta y neutral. Pensando usa el sentido común.
En segundo lugar, la persona tiene que ser capaz de entrar en un diálogo abierto con el resto de personas y maneras de pensar. Un sujeto verdaderamente abierto a la verdad no teme confrontar su forma de pensar con experiencias dispares. Buscará, por el contrario, integrarlas siempre en su elenco de pensamientos asumidos hasta el momento, corrigiendo y puliendo lo que considere necesario.
En todo caso, es imprescindible la escucha como estilo de progresión en el pensamiento. No una escucha pasiva que traga con todo lo que le echen, sino una escucha crítica que sepa discernir, separar y elegir entre las diferentes formas de pensamiento que el resto de sujetos le presenten.
Estas dos señales evidencian con bastante claridad cuando el pensamiento avanza por el buen camino que conduce a la verdad. Por un lado, ese camino le lleva a una mayor comprensión, escucha y comunión con los demás. Por otro lado, a una mayor adecuación con las realidades del mundo y su manifestación sensible más básica.
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