sábado, 16 de mayo de 2026

Sobre los principios del ser

En la base de toda desorientación existencial se halla un conocimiento inadecuado de la naturaleza de los principios del ser. Esos principios son los lentes a través de los cuáles leemos la realidad. Sin su ayuda no podemos atisbar el fondo existencial de las cosas de este mundo.  

Los principios del ser son los que nos permiten hablar de una estructura inteligible de la realidad asentada en la correspondencia entre el hombre y las cosas. Son el fundamento que evita que caigamos en una lectura absurda y sin cohesión de lo que se nos presenta. 

No los inferimos porque sí. Su presencia en nuestras vidas es una necesidad metafísica. La base de toda comprensión se asienta en ellos: cada objeto con el que trate nuestro entendimiento será rociado por su luz. 

Si se elude la tarea de seleccionar y utilizar principios para discernir la realidad, inevitablemente se caerá en una metafísica de los no-principios cuyos resultados existenciales no tardarán en aparecer. La metafísica que es arrojada por la puerta entra siempre por la ventana. 

Además, basta contemplar atentamente las cosas de este mundo para darse cuenta de que todas apuntan más allá de sí. Ninguna es capaz de testimoniarse a sí misma. La razón de que las sustenta parece ocultarse a la vista: toda desorientación existencial arranca de esa percepción elemental. Las cosas piden un principio que sea capaz de conferirles un sentido, nuestra incapacidad para aclarar o asimilar con nitidez su fisonomía es lo que genera en nosotros la sensación de extravío que tan a menudo experimentamos. 

Por eso, es importante interiorizar que la reflexión en torno a los principios no es una cuestión más. Un leve fallo o una sutil incorrección bastarían para sustentar una mala lectura de lo real. El peligro de tergiversar o malinterpretar las cosas por un conocimiento inadecuado de su principio fundamental es un riesgo que siempre debería interpelar a nuestra conciencia. 

El desconocimiento de los principios del ser lleva a una distorsión de nuestra lectura de la realidad, una hermenéutica incorrecta de las cosas lleva a una desencaminada actuación sobre las mismas, un curso de acción alejado de la verdad lleva a la pérdida del sentido vital. Cuánto más profundo y extenso sea nuestro conocimiento de los principios del ser, más acertada será nuestra acción sobre la realidad: seremos más conscientes de lo que verdaderamente nos concierne. 

Ahora bien, los principios del ser no son algo que el hombre pueda fijar. El ser es algo dado. En ese sentido, ser y principios son equivalentes. 

Las cosas del mundo son, todas participan de ese hecho bruto. Pero el ser no algo que posean en propiedad, sino que todas participan y contienen algo de su naturaleza. El ser está en todo porque lo sostiene todo. El ser es la premisa existencial de todo lo real. 

La pregunta por la naturaleza de los principios del ser es la misma que la que se interroga por el ser. La pregunta metafísica central pasa entonces a ser: ¿Qué es el ser? 

Formuló la pregunta para que se vea su tensión inherente. El ser no puede ser llenado por contenido alguno. El ser lo cubre todo, sin ser nada específico. La racionalización del ser es, por esencia, inviable.

Todo intento de intelección del ser exige un salto de fe. Pero no es un salto de fe absurdo, sino racionalmente necesario: el ser es la condición de posibilidad de cualquier otra realidad. Tener fe en el ser es puro sentido común. 

Pues bien, ¿qué tipo de fe permite al hombre apresar la naturaleza del ser? ¿Qué credo es el que abre verdaderamente las puertas del conocimiento del ser al hombre? 

La fe verdadera será aquella que proceda del mismo ser. Sin una revelación desde el otro lado, el hombre no sería capaz de penetrar en los entresijos de la raíz de toda realidad. El principio tiene que haber adoptado una forma inteligible para el hombre; de otra manera, el acceso seguiría cerrado. No se puede tener fe en un ser hermético, que sigue flotando en su órbita trascendente. 

En pocas palabras, solo podríamos conocer la realidad si el ser se hubiera encarnado. 


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