martes, 19 de mayo de 2026

¿Por qué preguntamos al ser?

La metafísica tiene un punto ciego especulativo muy peligroso si no se parte de la perspectiva del ser adecuada. No se puede hacer metafísica desde cualquier prisma, no la puede hacer cualquier persona y el que la hace debe medir bien cada uno de sus pasos. 

Su objeto es a priori tan inefable, que lo más lógico sería dejarlo estar: ¿Qué es el ser? ¿Podemos hablar del ser? 

Sin embargo, no es para nada absurdo inquirir a tan misteriosa realidad. Al final, lo envuelve todo. Todo lo que nuestro entendimiento puede medir o con lo que puede interactuar está envuelto de ser. El ser es una realidad tan patente como latente. Está ahí presente, siempre delante nuestro. Pero a la vez, siempre debajo de las cosas, inaprehensible por su misma esencia. El ser sondea todo lo existente, cada elemento de la realidad sobre el que podemos reflexionar. Pero, ¿dónde está exactamente? ¿Podemos decir algo acerca de su naturaleza? 

La diatriba es evidente. No se puede hablar del ser de cualquier manera. La metafísica nace en un punto de consideración intelectual y existencial muy avanzado. En este sentido, las formas son muy importantes: ¿de qué manera preguntamos al ser? ¿Cuándo lo hacemos? ¿Bajo qué disposición de ánimo? Nadie nos enseña a encarar el misterio del ser. Su desnuda realidad exige de nosotros una profunda reflexión acerca de la mejor manera de tratarlo. 

Lo que sí está claro es que al ser no podemos acceder directamente. El ser no es susceptible de confrontación directa. ¿Quién ha visto su esencia metafísica en toda su pureza? El hombre es un ser limitado, incapaz de abrir un pasillo metafísico que le conduzca hasta el ser. De hecho, el ser lo primero que produce en el hombre es perplejidad. Su hermetismo y, a la vez, su palmaria latencia nos chocan profundamente. ¿Por qué algo tan evidente resulta al mismo tiempo tan inaccesible? Estamos inscritos en el ser, ¿por qué se esconde entonces? Algo de razón tenía Heidegger cuando dijo que el ser se manifiesta ocultándose. 

La pregunta entonces tiene que ser reconducida: ¿qué hacer ante la ocultación del ser? ¿Qué postura cabe adoptar cuando la base y principio de todo lo real parece hundirse en el silencio?

Porque, ¿qué esperamos del ser? ¿Cuáles son nuestras expectativas respecto a su revelación? Si nos preguntamos por el ser, es evidente que buscamos algo de su eventual conocimiento: ¿qué es? Igual no habíamos caído hasta ahora en esta obviedad. Pero es necesario recalar en el fondo que alimenta el interrogante. El hombre es un ente que se pregunta por el ser por algún motivo. ¿Lo conocemos? ¿Somos conscientes de nuestras motivaciones últimas en nuestra inquisición al ser? 

Preguntar al ser porque sí, preguntar al ser para sacar algún provecho o por intereses egoístas, preguntar al ser con tibieza y sin verdadero afán de profundidad, preguntar al ser por curiosidad... Es evidente que hay maneras y maneras de preguntar al ser: muchas de ellas, claramente equivocadas. La pregunta por el ser raramente es sincera y con verdadera vocación de escucha a lo que podamos percibir de su murmullo. Repito: la metafísica no puede hacerse de cualquier manera. Si hemos asistido al declive de la disciplina, se debe sobre todo a que la pregunta por el ser ha sido manipulada y distorsionada gravemente. Las maneras han contaminado el objeto de reflexión. El ser es de por sí misterioso, al tratarlo sin la debida cautela hemos oscurecido la senda que conduce a su encuentro. 

Por eso, si queremos reconsiderar nuestro acceso al ser, lo primero que debemos hacer es observar detenidamente nuestras motivaciones, incluso las más ocultas. Sin desvelar con toda claridad lo que pretendemos es imposible dar el siguiente paso. 

El ser, en el fondo, es una realidad bastante sencilla. Ha sido el hombre el que ha complicado las cosas. Desde los intentos de dominio de la modernidad hasta los laberintos lingüísticos contemporáneos, todos han camuflado el fondo último sobre el que se mueve la pregunta acerca del ser: ¿qué nos motiva a formularla? El ser está ahí, es el hombre el que, en sus retinencias, se ha alejado de esa realidad. 

Muchas veces, la excesiva acumulación de razones bloquea la intuición del ser que podría tener cualquier persona sencilla. Lo que una persona sana, sencilla y sincera capta sin demasiada dificultad, el filósofo tiende a complicarlo. No olvidemos, que el ser no es patrimonio filosófico, sino que recorre y penetra a todos lo hombres. Si bien, tiene una profundidad que la persona de la calle no es capaz de atisbar, también ella participa de la visión de su presencia. El gran deterioro metafísico seguramente ha tenido mucho que ver con el distanciamiento entre la filosofía y el sentido común que compartimos todas las personas. 

La pregunta por el ser no se agota en la reflexión filosófica, excede en mucho lo que el filósofo puede llegar a conocer. El ser es una cuestión que atañe a todos los hombres sin excepción. Su discernimiento es una empresa de la que ningún hombre puede ser excluido. Nos encontramos, vivimos y movemos todos en el ser. 

Pero volvamos sobre las motivaciones que alientan nuestra pregunta sobre el ser. ¿Qué buscamos cuando la planteamos? Parece que en el hombre se esconde un deseo de conocer el ser. Pero, ¿por qué? ¿Por mera complacencia intelectual, para regocijarnos en su conocimiento? ¿O buscamos algo más profundo? 

Lo que está claro es que la respuesta que seamos capaces de dar tendrá repercusiones sobre todas las facetas de nuestra vida. Conocer la naturaleza del ser no dejará a nadie indiferente. Conocer lo que el ser sea obliga al hombre a conformar todas sus potencias en la misma dirección. Uno no puede encontrarse con la verdad y hacer cómo si no pasará nada. 

El hombre pregunta al ser. Pero que le da más miedo: ¿el silencio u obtener una respuesta? Si el ser fuera susceptible de ser conocido, eso llevaría al hombre a una encrucijada: dejarse determinar por lo conocido o apartarlo de su mirada. Todo conocimiento descriptivo tiene repercusiones en un plano normativo. Si yo sé lo que es el ser, entonces tengo que actuar conforme a mi conocimiento. 

El engranaje fundamental que hace que se muevan las piezas de la pregunta metafísica son las intenciones o motivaciones del hombre que la formula. En el fondo, ¿está dispuesto a adecuar toda su vida en función de la respuesta que obtenga de su pregunta al ser? Vacilar ya es decantarse. 

El hombre busca la verdad de lo que las cosas sean. Pero, repito: ¿por qué lo hace? ¿qué motivaciones alimentan su deseo de conocimiento? He aquí el eje nuclear que permite a las personas orientarse a una respuesta o no. 

El conocimiento del ser implica una rendición total. ¿A costa de qué trampearemos con la verdad? Si nos lanzamos en su búsqueda, ¿no es para aprehenderla tal como ella es? El conocimiento del ser nos impele a dejar de lado todo lo que sea falso o erróneo, aquello que se oponga a su revelación. Si el hombre se resiste a abandonar todos sus falsos esquemas, entonces no será capaz de contemplar la verdad. La respuesta del ser implica abandonar todo afán de dominio o control por parte del hombre de lo que el ser sea. El hombre tiene que renovar su mente con la respuesta que obtenga. Toda ella, sin excepciones. 

Las motivaciones tienen mucho que ver con la disposición que el hombre tiene en relación al ser: ¿está dispuesto a dejarse determinar por lo que las cosas sean? ¿O va a resistirse, tratando de imponer sus esbozos individuales? La sencillez de la que hablaba antes, era sobre este punto: ¿Hay en el interior del hombre la sincera disposición a dejar al ser mostrarse y, está el hombre dispuesto a adecuar su vida conforme a lo que se le manifieste con claridad? En función de la inclinación interior de la persona podremos conocer el nivel de ser que es capaz de absorber. Es por eso, que muchas personas sencillas, en el fondo, tienen una inteligencia mucho mayor que la de los más eminentes filósofos. Unas están abiertas con sencillez a lo que la experiencia les vaya mostrando. Otros, en cambio, están más ocupados en hacer encajar la realidad de las cosas en sus esquemas intelectuales. 

Hoy es necesario volverse a preguntar: ¿por qué preguntamos al ser? 

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