"Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió."
Toda determinación hacia la acción se asume porque parte de la consideración de un bien que se pretende alcanzar. Ningún hombre actúa si no considera que puede obtener un bien a cambio de su acción.
Sin embargo, es necesario tener cuidado, porque aunque las decisiones existenciales del ser humano estén siempre guiadas por la percepción de una cierta bondad, podemos tender hacia ella de manera desordenada. El primer pecado fue un pecado de bondad desobediente. Decidirnos por algo bueno no es suficiente: la justicia de una acción depende, sobre todo, del modo de alcanzar el bien; el elemento central es la intención que la guía. La plenitud no reside en el proyecto en sí, sino en la manera en que lo llevamos a cabo a lo largo del camino.
El mal es siempre parasitario: se aferra al bien y lo distorsiona. Sin el bien, el mal no podría sostenerse en la existencia. El mal hace que nos apartemos del camino que conduce a la plenitud, haciendo que tomemos algo bueno por lo bueno en sí.
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