viernes, 8 de mayo de 2026

El relativismo como forma de desobediencia

Nada nos cuesta tanto en nuestros días como la obediencia. Pero ¿por qué la libertad traída por Cristo se concreta en términos de obediencia? María es la perfecta discípula de su hijo; nadie fue más humilde que ella. Su obediencia ha engendrado generaciones enteras, sus frutos crecen en abundancia infinita. Esa obediencia es a la que estamos llamados todos y, en el fondo, es una actitud profundamente sencilla. 

¿Qué quiere decir obedecer? Obediencia quiere decir sumisión a la verdad revelada, asunción de lo que se presenta como evidente. Obedecer es dejar de negar lo que acontece en nuestra vida y en nuestro corazón.  Obedecer significa buscar una respuesta desde el verdadero suelo de nuestra vida, nos guste más o nos guste menos, significa asumir la realidad, aún a costa de las falsas proyecciones mentales que nos habíamos construido. 

La libertad cristiana requiere obediencia porque el Dios oculto, fin último al que tienden todos los hombres, se ha hecho presente en el mundo. Obedecemos, porque hemos hallado la respuesta que buscábamos sin obviar nuestra realidad. La luz ha descendido a la tierra y se halla disponible para todos los hombres de buena voluntad que se rindan ante su resplandor. Jesucristo ha puesto al descubierto la vacuidad del resto de formas que buscan suplantar a la vida. La libertad pasa por el descubrimiento y reconocimiento del objeto anhelado por el corazón. 

La suya es una verdad amorosa, dulce y gozosa de acoger, que nos pone en comunión con los demás. La obediencia, en este caso, es una afirmación jubilosa del corazón que, en su anhelo de ser sanado, amado y llevado a la plenitud no duda en realizar la voluntad del único que puede concedérsela. La libertad se rinde así ante Aquel que puede elevarla a sus fines más altos. 

El relativismo de nuestro tiempo se enraíza en una premisa insostenible: la búsqueda de una libertad al margen de la verdad. Cuando la voluntad desobedece a la verdad a la que tiene que responder, la inteligencia se ve inevitablemente empañada por las sombras que ha elegido. En el seno de la mentalidad contemporánea, encontramos un desordenado impulso intencional de la conciencia en relación con la verdad: el hombre parte de que no puede alcanzarla porque adopta una actitud de desobediencia ante lo contemplado. 

Cristo ha revelado el sentido oculto de la historia y de los corazones. Nuestro encuentro con Él debe impulsarnos a emprender el camino que conduce a la verdad, sin ambages, sacando a la luz toda la potencialidad que encierra la libertad humana: la capacidad de crecer siempre en el amor. El relativismo solo puede vencerse a través de la confianza en el amor que nos lleva a conocerlo. Sin su presencia no tendríamos la esperanza de que todo acabe siendo iluminado. 

El relativismo solo resulta aceptable para quien no ha experimentado una vivencia plena de amor y donación como la suya. En Jesús, en el encuentro con su espíritu, las dudas acaban por desvanecerse. La magnitud del descubrimiento de su amor exige, al menos, reverencia y obediencia. 

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