viernes, 22 de mayo de 2026

No confundir la fe

En una entrevista he escuchado decir a uno de los obispos más influyentes de España que los dos problemas más graves a los que se enfrenta la iglesia actualmente son el pelagianimo y el gnosticismo. Ambas son formas de espiritualidad propias del movimiento conocido como la nueva era: una forma de espiritualidad, que promulga una interioridad sin Dios. Las dos formas se han extendido tanto, que incluso se hallan presentes en la iglesia.

El pelagianismo responde a la protestantización que progresivamente ha ido calando en la espiritualidad católica. Propugna un voluntarismo desligado de la gracia y de su asistencia. Es el sujeto, el que voluntariamente cumple el mensaje del evangelio, sin contar con la asistencia pacífica del espíritu. Se trata de una dinámica espiritual, muy peligrosa, ya que al basar la fe en las propias fuerzas rápidamente desemboca en la frustración y el desencanto ante la imposibilidad de cumplir con unas exigencias de amor tan altas. Incluso puede llegar a desembocar, en formas de resentimiento: la persona empieza a pensar mal de Dios al considerar que le pide un imposible. Suele venir acompañado de comparaciones con los demás, envidias y fantasías de santidad irrealizables. El pelagianismo nos lleva a apartar la mirada de nuestra verdad y de nuestra circunstancia vital, descuidando la caridad con los más cercanos. 

Digámoslo claro, la fe y la voluntad de Dios no son tareas imposibles de realizar. Dios, lo único que nos pide es que acojamos con sencillez la salvación que nos trae y que la alegría que se desprende de ello impregne todas nuestras acciones. 

El gnosticismo es un tipo de herejía mucho más difícil de detectar: tiende a camuflarse entre refinadas formas de espiritualidad. Solo se le puede atacar de raíz, con la sencillez de la verdad. Hay más sujetos gnósticos de lo que parece. En el fondo, el gnosticismo refleja el intento del ser humano por esconderse de Dios. Se rehuye el trato cara a cara con un Dios que nos llama personalmente. El gnosticismo es una espiritualidad idealizada que se resiste a aceptar las faltas y miserias que halla en su interior, a reconocerse plenamente dependiente de la misericordia de Dios. A menudo se delata por su excesiva seriedad, por la tendencia a tomarse demasiado en serio a uno mismo. El gnosticismo es la religión de los mayores, de los adultos, de los que controlan a Dios. Practican la más falsa de las humildades: la de creerse humildes. 

En nuestra época tiene mucha fuerza por el narcisismo imperante. Las personas tienden a colocarse a sí mismas en el escalafón de Dios. Hoy es más difícil que nunca realizar el abajamiento necesario para conocer a Dios. Vivimos instalados en un tipo de vida que nos proporciona una falsa sensación de autosuficiencia. ¿Porqué voy a buscar a Dios si no lo necesito? La dificultad consiste en que para vivir con Dios no es preciso un mero acto de humildad, sino un pleno reconocimiento de la propia condición. La verdad o se acepta hasta el fondo o no se acepta. 

Todo lo que no sea la verdad es dañino. Aunque suene muy espiritual, si no es la verdad acabará dañándonos. El peligro de estas dos herejías consiste en ofrecernos falsos pretextos para eludir nuestra responsabilidad como hijos amados de Dios. 

Decía Benedicto XVI que hay que proteger la fe de los sencillos y de los niños. Estoy totalmente de acuerdo. Los corazones de Jesús y de María necesitan teólogos que estén dispuestos a sacrificar todo en aras de la profundidad y la sencillez de la verdad. La teología está para alumbrar el camino que conduce al amor. Tenemos un Padre y una Madre en el cielo que nos aman con locura, no podemos dejar de reivindicarlo. 

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