lunes, 18 de mayo de 2026

El sentido que necesitamos

La pregunta sobre el sentido de la vida es la gran olvidada de nuestro tiempo. Sobre todo, en relación a la noción misma de sentido. ¿Qué quiere decir tener un sentido? 

El sentido nos remite a una captación significativa y profunda de la realidad que colma las necesidades más íntimas de nuestro ser. La persona que tiene un sentido es la que aprehende la realidad desde la verdadera raíz de sí misma. El sentido está estrechamente relacionado con la plenitud. Poseer un sentido equivale a poseerse a uno mismo en la verdad más radical.  

El sentido no es otra cosa que ser capaz de mirar el mundo desde lo que, con toda sinceridad interior, se considera verdadero. El sentido tiene mucho que ver con la fidelidad. 

El hombre es un ser limítrofe, bordea los contornos borrosos de un ser todavía velado y desconocido. Cuenta con su pequeña región de conocimientos, pero choca constantemente con los márgenes de lo comprensible. El hombre está llamado, por su misma constitución, a sondear los abismos de lo ignoto, a tender hacia una verdad más plena. 

Lo informe y caótico está siempre ahí fuera, de diversas formas: una persona cuya manera de pensar nos rompe los esquemas, un acontecimiento que no sabemos cómo interpretar desde nuestros conocimientos previos o una experiencia cuya asimilación se nos vuelve insoportable... La vida es una operación de encontrar sentido a lo que se aparece bajo el ropaje de lo incomprensible. 

Vivimos en un mundo muy duro y árido precisamente por eso: tenemos que confrontar constantemente, desde nosotros mismos, realidades cuyo sentido último no somos capaces de atisbar. Hemos perdido los núcleos de sentido capitales como eran Dios, la familia o la justicia y que nos permitían poco a poco, en un proceso de asimilación paulatina, ir contrastando e integrando en nosotros los diferentes elementos de la realidad. Ahora, lejos de cualquier núcleo de significado estable que nos oriente, tenemos que emprender nosotros mismos la ingente tarea de formar un marco semántico coherente sobre lo que vamos viviendo. La empresa resulta inasumible. Los sujetos contemporáneos se rinden al absurdo, muchas veces no porque quieran o piensen que es la solución más razonable, sino porque no cuentan con las fuerzas ni la ayuda necesaria para construir un marco de sentido estable sobre lo real. 

No es la tarea del hombre, en una vida corta, limitada y llena de penurias como la suya, elaborar el sentido de la realidad. Las personas necesitan marcos estables de significado que resulten de procesos de búsqueda largos, fiables y compartidos que puedan iluminar sus vidas y ayudarles a caminar hacia su verdad más plena. El hombre no tiene la capacidad para crear sus propios valores: colocar en su alforja esa tarea implica privarle de su capacidad para gozar de la vida con cierta estabilidad desde unos valores discernidos con sentido común y sinceridad a lo largo de los tiempos. 

Pues todos los hombres buscan la felicidad. En ese sentido, los contemporáneos no hemos descubierto la luna. Pero la felicidad solo puede hallarse en el sentido, y el sentido no puede construirse de manera individual. Para ser verdaderamente felices hace falta que nos acojamos a núcleos significativos fiables, construidos por muchos y grandes hombres a lo largo de la historia, que permitan nuestro desarrollo en plenitud. 

Empezamos con el abandono metafísicos de las tradiciones de la humanidad. Después fueron desmembrándose las formas sociales y colectivas que se apoyaban en esa base de sentido. Por último, los sujetos han quedado abandonados a sí mismos en la realización de una tarea de creación de sentido inasumible. 

El nihilismo es fruto de la impotencia del hombre ante la tarea que le asigna nuestro tiempo. 

La pregunta por el sentido tiene que ser reformulada. Tenemos que volver a considerar los marcos de sentido supraindividuales que nos permiten actuar sobre el mundo sin perdernos en cada decisión. Así el hombre dejará de preocuparse por el sentido que tiene que darle a cada acontecimiento, y podrá volver a gustar de las cosas en un marco de significado orientado hacia la verdad. El sentido creador se destruye en sus propios desvaríos, el sentido que acogemos y hacemos crecer nos lleva hacia una mejor versión de nosotros mismos, de la que siempre podemos alcanzar una mayor comprensión. 

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