La prioridad del sujeto en el orden del conocimiento al inicio de la modernidad, me refiero al triunfo del nominalismo sobre el realismo, vino acompañada por la predominancia del voluntarismo agustiniano frente a la ética de la prudencia aristotélico-tomista. La reforma protestante fue su síntoma más señalado. Según este planteamiento que se desprende de los escritos de Agustín, los hombres se dividen en dos grupos en función de su opción existencial fundamental: los que se aman a sí mismos y los que aman a Dios por encima de todo. Esta distinción que establece entre la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres tiene el peligro de degenerar en un gnosticismo camuflado si uno no se anda con cuidado. La moral agustiniana es la que más tarde se convertiría en la moral de la angustia luterana. Para ellos, no hay ninguna acción indiferente, todo acto por pequeño que sea tiene connotación moral. La angustia proviene de tener que estar constantemente tensionado y revisando los propios actos.
Pero lo cierto, es que el hombre no es un cuadro completamente negro o blanco, con bastante frecuencia es un fondo gris un poco mediocre. Importa poco si me como una tortilla de patatas o una tortilla francesa, seguramente ni lo uno ni lo otro me haga mejor persona. Lo verdaderamente importante es saber desarrollar una ética de la prudencia que me permita aprender a distinguir lo bueno de lo malo y actuar en consecuencia. La religión a veces hay que contenerla por sana prudencia, no puede desoír los consejos de la razón. La voluntad no se puede comer a la inteligencia, tiene que aprender a respetar sus tiempos y aprendizajes. Hay cuestiones que no afectan a la calidad de mi relación con Dios. Es tarea de la inteligencia aprender a distinguir las que no de las que sí.
Pongamos un ejemplo para ver los límites de la moral agustiniana. Es sano y natural en el hombre el amarse a uno mismo. De hecho, el hombre que busca vivir moralmente lo hace porque, en cierta manera se ama a sí mismo. Rechazar cualquier forma de egoísmo es una pretensión poco humana. Lo importante es aprender a reconducir el amor a uno mismo hacia formas mejores que puedan servir a a los demás. Hay sentimientos que si tratamos de reprimirlos generan un malestar de fondo que inhabilita al hombre para seguir progresando. Por eso, es importante aprender a discernir qué sentimientos conviene rechazar y cuáles encauzar.
Repito que no basta con una buena voluntad. Si esa voluntad no está guiada por una recta inteligencia orientada a la verdad puede volverse esclava de sí misma y acabar degenerando en formas peores. El conocimiento del bien precede a su realización, es un cuestión de sentido común.
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