sábado, 16 de mayo de 2026

Éxodo 3

 "Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios. Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama en medio de una zarza; y el miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: <<Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema>>. 

Persiguiendo otros propósitos, Moisés acaba llegando, sin saberlo, a un lugar santo consagrado a Dios: el monte Horeb. Un espacio elevado y apartado, propicio para una conversación íntima. Entonces se le presenta el Ángel del Señor en una llama ardiente; es decir,  Dios se le presenta bajo una forma sensible, accesible a su comprensión. Dios se encarna en una realidad del mundo sin consumirla o hacerle perder su identidad, para entablar un diálogo con Moisés. 

Ante este acontecimiento inesperado, Moisés reacciona con asombro y curiosidad. Por iniciativa propia, decide investigar la naturaleza de ese fenómeno inusual. Su primera actitud ante la revelación divina es inquisitiva: no por prepotencia, sino porque no conoce otra manera de enfrentarse a lo desconocido. 

Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo:<< ¡Moisés, Moisés!>> Y él respondió: <<Heme aquí>>. Y dijo: <<No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en el que estás, tierra santa es.>> Y añadió: <<Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.>> Entonces Moisés se cubrió su rostro, porque tenía temor de mirar a Dios. 

Al ver la disposición interior de Moisés,  su voluntad de acercarse al signo, Dios decide dirigirse a él personalmente y lo llama por su nombre. Moisés, al sentirse interpelado de manera íntima, responde con prontitud: <<Heme aquí>>. A continuación, Dios le ordena que no se acerque más, invitándolo a la prudencia: Moisés aún no es consciente de la magnitud del acontecimiento. 

Se le pide que se descalce, que abandone la protección de sus sandalias. A partir de ese momento, deberá caminar descalzo, midiendo cada paso, atento al suelo que pisa. Entra en un terreno santo, en una realidad que exige vigilancia y presencia. La comodidad anterior debe quedar atrás. 

Tras instarle a guardar  distancias y a tomar conciencia del lugar, Dios le revela su identidad: es el Dios de sus padres. Lo que hasta entonces era tradición escuchada cobra ahora realidad viva. Moisés experimenta en primera persona aquello que había recibido como relato.

Ante esta revelación, Moisés se cubre el rostro.  El temor lo invade. En un instante, percibe con claridad su pequeñez ante la presencia de lo divino. La intensidad de esa verdad lo desborda: no puede sostener su mirada ante ella.    

Dijo luego Jehová: <<Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus capataces; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de la mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jabuseo. El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen.>> Y añade: <<Ven, por tanto, ahora, y te enviaré al Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel>>. 

Dios revela así el sentido de su llamada. Dios no llama a Moisés por sus méritos, sino movido por la compasión hacia su pueblo. No escoge para crear élites, sino para extender su misericordia a todos los miembros de su rebaño. Podría haber dejado a Moisés en su vida ordinaria, pero decide servirse de él como instrumento de liberación. 

Dios no es indiferente al sufrimiento humano: está siempre escuchando las angustias de sus hijos e interviniendo en la historia. Cuando llama a alguien, lo hace para comunicar su amor y abrir un camino de libertad. 

Consciente de que el ser humano no puede liberarse por sí solo, envía mediadores que orienten ese proceso. Y no los abandona: les concede lo necesario para cumplir su misión. Su único propósito al hacerlo, es sacar a su pueblo del cautiverio y conducirlo hacia una tierra de plenitud.  

Entonces Moisés respondió a Dios: <<¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? >>Y el respondió: <<Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte>>. 

<<¿Quién soy yo?>>  es la pregunta propia de quien se enfrenta sinceramente a una llamada que lo supera. ¿Por qué yo? ¿Qué sentido tiene? Moisés reconoce su insuficiencia. La tarea es desproporcionada respecto a sus fuerzas. 

Nada en él habría podido originar un proyecto así. Cuando Dios interviene, lo hace de un modo que excede claramente la iniciativa humana. Sin embargo, frente al temor de Moisés frente a la magnitud del reto, Dios no elimina la dificultad, sino que ofrece su presencia: <<Yo estaré contigo>>. La garantía no está en Moisés, sino en quien lo envía.  

Y añade una señal: cuando la misión se cumpla, el pueblo volverá a ese mismo monte para dar culto a Dios. Dios emprende para que se le devuelva. Moisés no es el fin, sino el mediador. La liberación conduce de nuevo a Dios. 

Dijo Moisés a Dios: <<He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre? ¿qué les responderé?>> Y respondió Dios a Moisés: <<Yo soy el que soy.>> Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: <<Yo soy me envió a vosotros.>> 

Moisés, aún con cautela, se preocupa por la credibilidad de su misión. Sabe que su palabra puede ser cuestionada. No sería extraño que lo tomaran por un impostor.  

¿Cuál será entonces la señal que permitirá a los otros reconocer la presencia del Señor en Moisés? ¿Qué signo inequívoco les permitirá saber que viene de Dios? 

La señal no será externa, sino radical: <<Yo soy>>. La autoridad de su mensaje no reside en un signo espectacular, sino en la verdad misma que transmite. Moisés no llevará una prueba visible, sino una palabra que remite al ser. 

Su misión será recordar al pueblo su identidad, conducirlo de nuevo a la verdad de su propio ser en relación con Dios. Y en esa verdad reside el signo decisivo: solo de Dios procede el ser, y solo en Él se reconoce plenamente. 



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