jueves, 21 de mayo de 2026

En torno al lenguaje y la comunicación

El lenguaje es la criptografía de una disposición de signos cuyo sentido se halla latente en la realidad. Es el intento de formalización de un significado presente y oculto al mismo tiempo. El lenguaje construye un mundo interpretado que se superpone a la realidad, no la suplanta, sino que busca maneras de llegar a ella. 

No podemos igualar el lenguaje a la realidad, precisamente porque es su intento más elaborado de descifrar lo que ella sea. No podemos tomar la interpretación por el original. 

Uno de los grandes errores que se pueden cometer en filosofía es confundir los campos del pensar y el decir. No son lo mismo, las palabras pueden atrapar al pensamiento. Lo que yo digo muchas veces no se corresponde con lo que verdaderamente pienso. Ninguna palabra que utilice agotará el significado de mi experiencia interior, mis pensamientos en última instancia tienen un componente que no se puede explicitar. ¿Sé yo explicármelos a mí mismo? Claro que no. ¿Tengo claro de dónde vienen? ¿Por qué aparecen ante mi en un momento dado y no en otro? El fenómeno lingüístico, como el hombre mismo, resulta impotente a la hora de conferir un sentido pleno a la fisonomía del pensamiento y de la vida. 

El lenguaje es una representación de algo cuya presencia última se nos escapa. Lo propio del signo es evocar algo distinto de sí, algo que no sabe cómo acabar de interpretar.

No es que todo sean interpretaciones, sino que el hombre tiene que interpretar para explicarse de alguna manera lo real. Las cosas fuerzan al hombre a interpretar. El lenguaje como la vida, siempre puede alcanzar cuotas más elevadas de plenitud. Parte de esa plenitud consiste en reconocer su función limitada, pero no para abandonar su tarea de criptografía sobre la realidad, sino para explorar sus verdaderas posibilidades. 

No hay que ponerse normativos con el uso del lenguaje porque su misma realidad es ya una vasija de barro que trata de contener un auténtico tesoro: la verdad de lo que las cosas sean. 

Cada palabra genera una resonancia que se esparce entre las personas que la escuchan o la leen, el significado que llegue a cada una de ellas será distinto. Cada palabra llega a una vida concreta, particular, única, generando un eco que producirá un cambio nunca repetido anteriormente. Las palabras salen y revierten sobre vidas, son mensajes acompañados de esperanza, buscan anhelantes un enclave de comprensión que sea capaz de acogerlas. 

Las palabras tienen que funcionar como indicadores de algo más, algo que todavía tenemos que descubrir. Las palabras, para cumplir su función comunicativa, tienen que sacarnos de nosotros mismos, su resonancia debe provocar en nuestro interior un movimiento expansivo que nos disponga a una mayor escucha y receptividad. Ellas proponen una imagen del mundo que nos corresponde a nosotros verificar. 

Repito: El lenguaje es la criptografía de una disposición de signos cuyo sentido se halla latente en la realidad. El sentido está ahí, ante nosotros, inapelable: ni abierto del todo ni cerrado del todo. El sentido que captamos en las cosas nos invita a una mayor profundización. Las palabras siempre buscarán fijarlo, reducirlo a una serie de alocuciones, pero éste nunca acabará de mostrarse. 

Nuestro bagaje lingüístico es el componente visible de nuestro proceso de codificación del sentido presente en la realidad. Vamos haciendo el lenguaje a medida que vamos codificando el sentido de la verdad presente ante nosotros. El lenguaje y el sentido corren en paralelo a la vida, son realidades itinerantes que cambian con el tiempo. 

La confusión lingüística 

La confusión lingüística que impera en nuestros tiempos, en esta época posmoderna tiene una raíz en el debilitamiento de los canales de comunicación entre los hombres. 

Se ha corrido la voz, y esta es la opinión imperante, que la comunicación humana de la verdad es una tarea imposible, frágil e impotente. La imposibilidad de que me comprendan es una inercia vital que se ha instalado en el interior de muchos hombres. Nos comunicamos unos con otros casi como si la vida fuera un juego. Aparentamos una verdad interior que previamente nos compramos nosotros mismos y después se la vendemos a los demás. Asumimos que todo el mundo se halla inmerso en la misma lógica representativa y que la verdad o autenticidad es una realidad inexistente. De esta manera, se nos impone la soledad como única salida vital viable, la alteridad y la comprensión del otro se toman simplemente como sendas intransitables. 

La dinámica comunicativa con la que más a menudo me encuentro es la siguiente: un sujeto se dirige a mí con un constructo proyectivo en su interior que contiene lo que cree que soy yo y lo que cree ser él mismo, y trata de introducirme en su imaginario lúdico, animándome inconscientemente a participar en esa falsedad. Se parte de la premisa de que el otro nunca se me mostrará tal como es, de que siempre tenderá a encasquetarme una imagen distorsionada que tiene tanto de sí mismo como de mí. La comunicación ha perdido cualquier respaldo desde la comprensión y se configura, más bien, como un baile de esencias idealizadas proyectadas hacia el exterior. Nuestra dinámica lingüística social se basa en el enmascaramiento. ¿Cómo no vamos a confundirnos si el lenguaje contemporáneo se basa en esa trampa? 

La verdadera comunicación

¿Cómo va a establecerse una verdadera comunicación entre dos sujetos que no tienen plena conciencia de sí mismos? Para que un verdadero intercambio de sustancias tenga lugar hace falta que las dos partes hayan realizado una íntegra asunción de su propia condición. Si no se produce esa radical aceptación de la verdadera identidad, ¿cómo se espera que la identidad del otro se me aparezca? ¿A quién se supone que se le tiene que aparecer? 

Ahora bien, ¿puede el hombre realizar esta entera acogida de uno mismo? ¿Puede acogerse lo que está entre sombras? El hombre reclama una luz que alumbre su conciencia y le permita reconocerse hasta el final, una luz que le haga ver que no pasa nada por ser como es, una luz que le de la valentía necesaria para aceptar y corregir sus oscuridades interiores. El hombre necesita ser alumbrado por el Espíritu de Dios, necesita verse como hijo amado de un Padre que se muere por abrazarle. Para que bombee la sangre del corazón, el fondo más íntimo del ser, hace falta que se sienta completamente abrazado por Dios. Con esa base, tendrá la fuerza para acoger el resto de facetas que conforman su persona. 

La incapacidad de entender al otro encuentra sus raíces en la incapacidad que tiene el hombre de entenderse a sí mismo. La incapacidad de entenderse a uno mismo nace de la incapacidad de contemplarse bajo la mirada amorosa de un Dios que todo lo afirma. La vida es un proceso de aprendizaje que lleva al hombre al reconocimiento de sí mismo bajo la mirada de Dios, solo allí encuentra la profundidad que  colma su anhelo de ser. 

La verdadera comunicación solo puede darse entre dos personas habitadas por el mismo espíritu de verdad. 

"Allí solos conversábamos dulcísimamente; y olvidando las cosas pasadas, ocupados en lo por venir, nos preguntábamos los dos, delante de la verdad presente que eres Tú, cuál sería la vida eterna de los santos..." (...) "Y subimos todavía más arriba, pensando, hablando y admirando tus obras; y llegamos hasta nuestras almas y las sobrepasamos también, a fin de llegar a la región de la abundancia que no se agota, en donde Tú apacientas a Israel eternamente con el pasto de la verdad"(...) "Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón".

En este extracto de la conversación entre San Agustín y su madre Santa Mónica podemos ver a dos almas que se comunican un mismo sentir, casi rozándose sus corazones. Dos almas transidas de verdad que han alcanzado seguramente el nivel de comunicación más elevado al que, en esta vida imperfecta y limitada, podemos acceder. Evidentemente no podemos utilizar esta conversación como vara de medir en nuestro trato cotidiano con los demás, pero sirve de ejemplo para hacernos ver la necesidad de que los hombres estén en sintonía consigo mismos y con los demás para que se pueda producir una verdadera comunicación. 

El cristiano tiene que tomar conciencia de la importancia que tienen las palabras. El lenguaje es uno de los motores de transformación del mundo más poderosos, no podemos hablar de cualquier manera porque de lo que contiene el corazón habla la boca. Nos lo recuerda San Pablo al decirnos: "Ninguna palabra deshonesta salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes." Aprendamos de las palabras y silencios de Cristo. Él nunca pronunció ninguna que no fuera necesaria para el bien de los demás. 


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