Rezar y pensar guardan una curiosa semejanza. Ambas son formas de revelación. En el pensamiento aparecen ideas, en la oración la voluntad de Dios. ¿Qué pasaría si se uniesen y formasen un mismo canal? ¿Se unirían nuestras ideas con la voluntad de Dios?
Pensaríamos en contacto directamente con el cielo, el amor tendría espacio para llenar toda nuestra vida interior. El pensamiento puede convertirse en toda una fiesta agradable a Dios si quitamos de su curso todo lo que no proviene de su espíritu.
Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto. Porque en virtud de la gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de vosotros que no piense más alto de si que lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno.
Para encontrar la voluntad de Dios en un mundo perdido se precisa una renovación de la mente. Conviene abrirse a las ideas que provienen del Espíritu De Dios, única autoridad que puede arrojar luz donde reinan las tinieblas. No hay que responder a ideas humanas con más ideas humanas que lo único que hacen es aumentar la confusión, sino que es preciso disponerse a una renovación interior a la espera de las gracias del espíritu para alcanzar la verdad.
Entre los dones del espíritu se encuentran la ciencia, la sabiduría, la inteligencia, el consejo… todo lo que necesitamos para hallar la verdad se encuentra al cobijo de sus alas. Sin esa renovación es interior es imposible hallar las luces que provienen de la voluntad De Dios: lo bueno, lo aceptable, lo perfecto. San Pablo utiliza el pronombre lo, consciente de que la verdad a la que estamos llamados es una y no varias. El discernimiento en Dios nos lleva siempre a la unidad, a la verificación de la única verdad posible.
Automáticamente, conecta el pensamiento con la gracia. Repito, la oración y el pensamiento tienen, en el fondo, un mismo hilo conductor: ambas son influjos que penetran directamente en la tierra de nuestro corazón. Por eso, no es bueno que el pensamiento se eleve por encima de sus posibilidades. Debe ajustarse a la gracia de profundización que le conceda Dios. Ningún hombre puede internarse en la verdad si no es por concesión divina. La profundización aparte, estará profundamente vinculada con nuestro deseo de caridad. No podemos recibir lo que no estamos dispuestos a dar. Por eso hay que respetar los tiempos de Dios para cada uno de nosotros, son buenos y santos, existen para nuestro bien.
Buscar la medida de Dios en nuestra vida es el propósito de un pensamiento orientado a la verdad. Dios nos da justo lo que necesitamos para alcanzar la plenitud a la que estamos llamados.
Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, como obediencia racional.
Dios no quiere obediencias extrañas o llamativas, lo único que busca es que seamos fieles a la verdad. Que ejercitemos nuestra razón conforme a lo que la realidad nos revela, sin inventar o descartar nada. Si confiamos en Dios, confiemos en la verdad de las cosas. Pues no hay verdad en esta tierra que no haya salido de sus manos. La fe nos revela la semilla divina que se esconde en cada realidad, en cada corazón. La fe exige que cumplimentemos todo lo que está inmerso e implícito en el fondo de cada realidad, pero para hacerlo se nos pide que la acojamos tal como es.
La obediencia racional es la atención que dirigimos al pensamiento divino que se esconde debajo de todo, al designio maravilloso que permanece oculto a ojos del mundo.
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